| 09 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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5 claves para un primer viaje a Islandia, la isla del hielo y del fuego

Cascadas ensordecedoras, fiordos, cráteres y el mayor glaciar de Europa. La obra del hielo y de la lava empezó hace 20 millones de años en el Atlántico y el resultado es esta maravilla.

| Javier M. Mansilla Viajes/Ecología

A pesar del éxito turístico cosechado en la última década, la isla mantiene su esencia salvaje y continúa situándose como destino de referencia para amantes de la naturaleza virgen. Exploramos este territorio de 103.000 km2, algo más grande que Castilla y León y Cantabria unidas, pero con tan solo 350.000 habitantes que la convierten en una isla desierta rozando el Círculo Polar Ártico. 

Más de doscientos volcanes han moldeado su orografía, que dibuja una costa de 5.000 kilómetros jalonada de fiordos, de acantilados donde anida el frailecillo y aguas agitadas donde avistar cetáceos como la ballena azul o el cachalote. 

Auroras boreales en otoño, invierno y primavera y el sol de medianoche en verano. Llegar a abarcar tanta magnificencia puede ser imposible y hasta frustrante para el viajero primerizo en territorio islandés.Estas son las claves para un primer viaje de una semana a la isla del hielo y el fuego en verano.

Reikiavik, la capital más al norte

Si bien la opción ideal para descubrir la isla es conducir por la carretera de circunvalación con pequeñas incursiones hacia el interior, es probable que el viajero no cuente con los días suficientes ni la energía para hacerlo. Al menos harán falta diez si lo que se quiere es explorar con calma los 1.340 kilómetros e incontables postales de la Carretera 1 o Hringvegur. De cualquier forma, el punto de partida será Reikiavik. 

La capital islandesa (123.000 habitantes) es también la más septentrional del mundo, además de una urbe cosmopolita y colorida a la que hay que dedicarle un día. Ni más ni menos. Este es el principal asentamiento de Islandia, el primero data del año 874, cuando el colono noruego Ingolfur Arnarson desembarcó en estas tierras. 

Partimos desde el Tjörnin, un bonito estanque de patos y cisnes rodeado por una zona ajardinada situado en el centro histórico, donde se encuentra el edificio del Parlamento y el del Ayuntamiento además de diferentes museos como el de historia, el de arte y fotografía. Caminaremos por la calle Laugavegur, la principal arteria comercial reluce con sus casas de madera y chapa que albergan coquetas tiendas de regalos y de moda, también animadas cafeterías y restaurantes. Quien quiera equiparse para las actividades en la naturaleza, este es el lugar. La iglesia Hallgrímskirkja (s. XX) sobresale sobre el skyline de la ciudad e invita al visitante a pasear hasta su explanada y contemplar este templo luterano de hormigón con su torre de 75 metros de altura y sus formas basálticas. 

El descenso hasta el paseo marítimo nos va mostrando la naturaleza que envuelve Reikiavik, o “bahía humeante” en islandés. Esta ciudad está acurrucada junto a un fiordo y el telón de fondo de las montañas nevadas al norte. Rumbo al Puerto Viejo, nos detendremos para contemplar la escultura de acero de El Viajero del Sol (Sólfar), de Jón Gunnar Árnason, antes de llegar al auditorio y centro cultural Harpa, cuyas fachadas cambiantes resplandecen a ras de mar. Esta zona portuaria se ha convertido en un polo cultural y de ocio donde se agrupan galerías de arte, salas de conciertos y exposiciones, museos y restaurantes. Para cenar, Hlemmur Mathöll o Mat Bar. Para una cerveza, Jaffibarinn y para un café Kaffi Vínyl.

El Círculo Dorado y caminar entre dos continentes

Cubierta la parte cultural y urbanística del viaje, solo resta encomendarse a la naturaleza virgen que domina la isla. Quieran o no, aventureros de todoterreno y turistas de autobús, coincidirán en el Círculo Dorado. Este recorrido parte desde Reikiavik rumbo al interior de la isla, hacia las Tierras Altas, sin llegar a alcanzarlas, pero sí regalando al viajero unos cuantos imprescindibles de Islandia. 

La primera parada se encuentra a 40 km al noreste de la capital. El Parque Nacional Thingvellir aparece en mitad de la llanura sembrada de praderas donde pastan los caballos en libertad como una grieta que indica que este es el lugar donde se enfrentan la placa norteamericana y la euroasiática. Porque Islandia emergió de las profundidades sobre la dorsal mesoatlántica, la que divide el país en dos y dibuja la unión de estas dos placas tectónicas que cada año se separan varios centímetros. 

Caminamos por el interior de esta grieta entre paredes continentales donde los vikingos establecieron el primer parlamento democrático del mundo, en 930 d. C. El yacimiento de Alpingi es el lugar histórico más importante de Islandia. La senda nos guía hacia cascadas y estanques en el entorno de esta falla. Una de las actividades más populares es la de hacer esnórquel con traje seco en la fisura de Silfra, de aguas claras (y muy frías).

La isla se encuentra a su vez sobre un punto caliente (hotspot) donde el magma se acumula por debajo de la corteza terrestre y hace de las suyas cuando emana al exterior. Otro de los escenarios para entender este capricho geológico es Geysir. Nuestra siguiente parada se encuentra a 60 kilómetros de Thingvellir, cuyo nombre, “pozo surtidor”, se ha trasladado al resto de géiseres del planeta. 

Es esta una localización turística en la zona geotermal de Haukadalur, donde el gran Geysir arroja agua desde hace 800 años a más de cien metros de altura. Rara vez se puede admirar este acontecimiento geológico puesto que tiene que estar acompañado de grandes movimientos tectónicos. En cambio, el géiser Strokkur estalla cada 5 o 10 minutos con su flujo de hasta 30 metros de altura para maravillar a los visitantes de esta zona de aguas termales.

Gullfoss es sin duda la gran atracción del Círculo Dorado. Esta catarata irrumpe bajo la meseta y llama al viajero con su sonido estruendoso y niebla acuosa. El río Hvita se desploma desde 32 metros de altura con una corriente que arrastra 80 m3 de agua por segundo y que hipnotiza al espectador que no teme arrimarse al acantilado y empaparse por completo. 

Península de Snæfellsnes, una pequeña Islandia

El oeste de Islandia, o Vesturland, está situado cerca de la zona turística de Reikiavik, pero muy lejos en cuanto a acumulación de multitudes. Vamos camino a la Península de Snæfellsnes.  Aquí se encuadran glaciares, fiordos, volcanes, acantilados y playas de arena negra, lo que hace que para muchos este territorio se convierta en una pequeña Islandia. O una receta donde se pueden probar todos sus ingredientes.

La Carretera 54 abandona la pradera entre el macizo volcánico y el mar, con casitas diseminadas en este paisaje pastoril, y atraviesa la península hacia la costa norte.  Stykkishólmur es la localidad más importante de esta zona y Ólafsvik el mejor puerto para salir a navegar para observar ballenas. Merece la pena bordear este brazo de mar de 100 kilómetros de largo, coronado por el glaciar Snæfellsjökull y protegido como parque nacional. 

Julio Verne se sirvió de este escenario donde se une lo volcánico y la glaciación para ilustrar su “Viaje al centro de la Tierra”. En ruta será obligatorio detenerse en aldeas litorales como Rif, asomarse al faro de Malarrif, subir hasta el mirador del cráter de Saxhöll o fotografiar la solitaria iglesia de Ingjaldshóll. La playa de Djúpalónssandur, con restos de un antiguo naufragio, islotes de basalto y vistas al glaciar, es otro de esos lugares donde se puede perder bien el tiempo sin soltar la cámara.

Cataratas y frailecillos

El sur de Islandia es una zona protegida como geoparque, comprendida entre el océano Atlántico y el cinturón montañoso cubierto de verde desde donde se precipitan varias cascadas que parecen sacadas de fábulas vikingas. La carretera de circunvalación se convierte en el último rastro de civilización entre pequeñas aldeas, campamentos y algunas hospederías que se dispersan en este llano cubierto de esculturas basálticas abrazadas por el musgo.

El rugido de Sljalandsfoss se escucha a kilómetros de distancia. Esta es una de las cataratas que caen hacia el páramo desde el macizo que envuelve el volcán Eyjafjallajökull. Un sendero resbaladizo conduce a la parte trasera de este salto de agua de 60 metros de altura y otro hasta la gruta que descubre la cascada Gljufrafoss, escondida en una cavidad de la roca.

Pero si hablamos de cataratas hablamos de Skogafoss, quizás la más icónica de este paradero, 30 kilómetros hacia el este por la Hringvegur. Conviene acercarse hasta la base de la catarata y subir por las escaleras hasta la parte más alta, donde se puede continuar la excursión de 23 kilómetros hacia Fimmvorduhals y luego hasta Pormork, la llamada "la tierra de los dioses”.

En el extremo sur de Islandia se encuentra la localidad de Vík, la más lluviosa del país, famosa por sus playas de arena negra. Entre ellas destaca Reynisfjara de farallones, columnas negras de basalto, islotes fotogénicos y acantilados donde sobrevuela el frailecillo. Un cártel alerta del peligro de bañarse en estas aguas de corrientes traicioneras. Mejor no arriesgarse.

El mayor glaciar de Europa 

En Islandia los lagos y los glaciares ocupan el 14% del territorio del país. Continuamos por la Carretera 1 hacia el este para adentrarnos en el campo de hielo más grande de Europa. Los brazos del Vatnajökull, una extensión congelada de 8.100 metros cuadrados, se extienden por todo el sudeste de la isla. Aparecen como morrenas que se acercan hacia la explanada desierta donde se encuentran diminutas poblaciones como Skaftafell, Svínafell o Hof. Son los principales puntos de encuentro donde parten las expediciones por este microcosmos gélido. Uno de los grandes vestigios de la última glaciación, hace 10.000 años, y amenazado por el calentamiento global. La caminata en hielo con crampones y piolet guiada por expertos es la más popular de las actividades por la zona. 

Antes de llegar a Reynivellir, encontramos Jökulsárlón, una laguna atrapada entre la costa y el glaciar Vatnajökull. Este es el mayor y más popular lago glaciar de Islandia, de 18 km2, repleto de témpanos de todas las formas y tamaños imaginables, donde nada la foca común a sus anchas, impasible ante los visitantes. Los icebergs que se desprenden de la lengua de hielo Breiðamerkurjökull terminan en el océano Atlántico y sus restos en la rebautizada playa de los diamantes.

Guía de viaje

Cómo ir. La aerolínea low cost PLAY opera vuelos directos a Islandia desde Madrid y Barcelona durante todo el año. Desde la capital de España contarán con dos frecuencias semanales y tres desde la ciudad condal en verano. El resto del año Barcelona operará dos vuelos a la semana con el aeropuerto internacional de Keflavik.

Dónde dormir. Una cabaña solitaria de madera a orillas de un fiordo, un apartamento en el centro de Reikiavik o una casa típica islandesa bajo el glaciar. La plataforma HomeExchange ofrece diferentes tipos de alojamiento perfectos para conectar con la población y la cultura local. 

Dónde relajarse. Blue Lagoon es una de las atracciones más populares de Islandia y la última parada del viaje antes de volar desde Keflavik. Este centro de bienestar guarda una zona de aguas termales ricas en silicio en mitad de un entorno volcánico. Ideal para recuperar cuerpo y mente después de la aventura boreal.