¿El ego de la política o la política del ego? Nuevos cargos, viejos defectos

"El gran corruptor del hombre público es el ego. Mirar a los espejos distrae la atención de los problemas". Estamos asistiendo a la oda al narcisismo del reparto de cargos en los partidos

No encontraba las palabras para describirlo, hasta que la frase de un científico y filósofo alemán me las ha traído a la mente. "Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que que obedecen pierden el respeto", apuntaba con bastante tino George C. Lichtenberg. Esa sensación me dio al escuchar al presidente de la Generalitat, Ximo Puig, en el encuentro que organizó la Cadena Ser el pasado martes.

Mantuvo su característico y articulado tono de moderación, de respeto, de repetir hasta la saciedad palabras como consenso, negociación..., de buscar la parte positiva a todo lo que podía sonar a crítica hacia su gestión. No obstante, ya incurrió en dos pequeños deslices impensables antes de las elecciones. O, más bien, en dos muescas de alejamiento de la realidad y del caer en vicios que aquejan a bastantes políticos cuando afrontan su segundo mandato. 

El primero, cuando restó importancia a la proliferación de altos cargos y asesores. Y no solamente lo hizo, sino que defendió que contratarían a cuantos hicieran falta para la gestión. La dicotomía austeridad-despilfarro, con la equivalencia que trasladaba a Botànic-PP, empezó ahí a resquebrajarse. Ya no importa tanto. Ni tampoco demostrar que se es austero. Ya, acomodado en un sillón presidencial que no ve como algo nuevo, efímero..., sino más bien como hecho a su medida, la realidad se observa de forma distinta. No hace falta recato ni disimulo. Ya puede gastar y contratar lo que quiera y decirlo abiertamente. Para eso es el Molt Honorable President. ¿o no?

¿Y para qué pensar en límites cuando alguien se siente tan cómodo? Sí. La segunda demostración de que algo, bastante, ha variado, ocurrió cuando negó que este fuera su último mandato, que se retirará al concluir. Y utilizó el típico comentario que tanto hemos escuchado a políticos de todos los pelajes. El ego no entiende de colores. Respondió que lo decidirá "cuando corresponda". Ese cuando corresponda tan indefinido, que no aclara nada y que, en la práctica, constituye un eufemismo de "cuando me dé la gana o crea que me conviene más".

"Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos", decía Borges. Nos evitaría muchos giros en el carácter

"El gran corruptor del hombre público es el ego. Mirar a los espejos distrae la atención de los problemas", decía Dean Acheson con amplio conocimiento de causa como consejero de cuatro presidentes de los EEUU. El escritor Jorge Luis Borges ofrecía un astuto remedio: "Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos". Nos evitaría muchos giros en el carácter.

Como me comentó una vez un diputado provincial con amplia trayectoria, "cuando los políticos nuevos pisan moqueta, todo cambia para ellos". Se produce una especie de metamorfosis interna en bastantes. Que se lo digan a ese neófito concejal de Vox por Valencia que quiere ocupar todos los cargos habidos y por haber, de portavoz municipal a diputado provincial. Y eso que se quedó a las puertas también de copar escaño nacional en el Congreso.

Cuando los políticos nuevos pisan moqueta, todo cambia para ellos". Se produce una especie de metamorfosis interna

El narcisismo, ese sentimiento que definió con su nombre el engreído Narciso cuando se enamoró de su propia imagen reflejada en un estanque (sabia mitología griega), se acrecienta y desbarata en política. Lo contemplamos estas semanas, cuando líderes pequeños, medianos y altos de los tres partidos (y sus asociados) que constituyen el denominado Botànic II reclaman con insistencia y celeridad aquellos cargos públicos que consideran que les corresponden por su valía y capacidad. Sobre todo a quienes ya los han ejercido durante cuatro años y que los entienden como propios. Piensan que la fugacidad de la política no va con ellos o ellas, que aquí también existe igualdad y paridad.

Como digo, no depende de partidos ni de instituciones. Lo contemplamos en la pugna por los escaños de diputados provinciales en todas las formaciones. Ciudadanos, PP, Compromís... Incluido  el PSOE, que planteó casi una revolución de la militancia con la elección de Pedro Sánchez como secretario general aupado desde las bases. Y que ahora escoge sus diputados en Valencia con el dedo de la secretaria general provincial. Sin más consultas. O incluso desoyendo a las consultas.

Insisto. Esto no va de personas concretas, ni de partidos señalados, ni de países determinados. Forma parte del carácter del ser humano y, en particular, del microcosmos de la política, capaz de generar conversiones profundas. Así lo vio con claridad Antonio Montiel, cuando contemplaba sorprendido cómo compañeros suyos del activismo, ahora, apoltronados, no querían saber nada de aquellos con quienes antes reivindicaban. Decepcionado se marchó el exsíndic de Podem.

En fin, como decía el filósofo ateniense Antifonte, "el ambiente en el que se mueve la persona la mayor parte del día determina su carácter". En este caso, el de la política, que promueve un carácter muy contagioso. Y aquí recuerdo la frase con la que empecé el texto: "Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que que obedecen pierden el respeto". Y esa pérdida de respeto se traduce, en la práctica, en pérdida de elecciones por parte de quienes gobiernan. Que se lo pregunten a los Joan Lerma o Francisco Camps, que nunca vieron venir su caída.

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