06 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El acoso a la Corona ya es un problema de Estado aunque Sánchez mire a otro lado

La Monarquía Parlamentaria está en la diana de Podemos y del separatismo, con un Sánchez en deuda con ambos que no sabe o no quiere frenar esa inquietante escalada.

 

 

Que la totalidad de los partidos políticos que auparon a Pedro Sánchez a la presidencia, impulsando con ello un Gobierno débil ante sus socios, hayan iniciado una contundente, prolongada y cada vez más organizada campaña de acoso y derribo de la Monarquía Parlamentaria; es un problema de Estado de primer orden por mucho que en Moncloa miren hacia otro lado.

De una parte, Podemos ha dicho en público que su gran objetivo es "romper" la Jefatura de Estado, literalmente. Y sus principales dirigentes impulsan medidas de reprobación de Felipe VI (Ada Colau en Barcelona; Alberto Garzón en cerca de mil municipios ya) coronadas por la petición pública de su máximo dirigente, Pablo Iglesias, de celebrar un referéndum sobre la continuidad de la institución o sus sustitución por una República bien poco parecida a las de Francia, Estados Unidos o Alemania.

Sánchez no puede o no quiere frenar la deriva destructiva del 78, impulsada por los partidos que le dieron la presidencia

De otra, el independentismo lleva meses boicoteando expresamente al Rey, declarándole persona non grata en ayuntamientos bajo su control y tratando de derribarle al considerarle el último obstáculo para conseguir sus objetivos.

Esa conjunción es en sí misma muy inquietante; pero enciende todas las alarmas al coincidir con un presidente del Gobierno que o bien no puede o bien no quiere frenar la escalada de nacionalistas y populistas, aliados de nuevo en la tarea de demoler y reconstruir a su antojo los cimientos del Estado de Derecho democrático que es España.

Su primera victoria

De poco sirve minusvalorar un problema que ya se ha cobrado su primera victoria: el debate, espurio e interesado, se ha instalado en la sociedad española, de una manera perversa y al calor de los fines nada defendibles de Podemos, PdeCat, Esquerra o Bildu. Y si es cierto que el CIS lo incorporará, escandalosamente, a sus preguntas mensuales, el estropicio estará hecho.

 

 

Atacar a la Jefatura del Estado tiene poco que ver con el legítimo debate sobre el sistema democrático del que se quiera dotar España y mucho más con el inconfesable deseo destructivo que mueve a los aliados de Sánchez. El nacionalismo cree, no sin razón, que derribar el penúltimo símbolo de la España de la Transición le acercará a su meta separatista.

La República es un cebo del populismo y del separatismo para otros objetivos que tienen poco que ver con el bien de España

Y Podemos, simplemente, es un partido antisistema que detesta el denominado régimen del 78 y considera que su hegemonía está vinculada al hundimiento de los valores y símbolos colectivos que recrean una idea de España más allá de colores e ideologías.

No es la República, es el control

Ni quienes intelectual y conceptualmente crean que una República cumple mejor los objetivos democráticos de un país moderno deben dejarse arrastrar por este engaño mayúsculo: la Corona ya cumple ese papel de representación, de orden, de ley y de disciplina que caracterizan también a los regímenes republicanos modernos. Y así lo vieron los españoles al apoyar de manera abrumadora una Constitución que incluía esa fórmula de organización y convivencia.

 

La Monarquía Parlamentaria española ya es, por funcionamiento, idéntica a una República moderna. La que preconizan algunos insiste en lo peor de que la que ya dio paso a una terrible Guerra Civil y a una larga dictadura: ruptura, confrontación, maniqueísmo, desorden y fracaso.

El populismo y el nacionalismo de aquella época ya tuvieron ese perverso efecto; es una lástima que el PSOE no lo entienda y por las necesidades de su líder pasajero esté blanqueando por acción u omisión ese pulso suicida de nuevo.

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