15 de agosto de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El Rey no puede pasar por alto la situación de España en su discurso navideño

Don Felipe tiene que lanzar un mensaje a la Nación claro, sin excesos pero sin cortapisas, sobre lo que el PSOE y ERC están negociando. No se entendería su silencio en Nochebuena.

 

 

El Rey Felipe se enfrenta esta Nochebuena a su mensaje navideño más complejo desde que llegara al trono, en 2014, tras la traumática abdicación de su padre, Juan Carlos I. Quizá la primera víctima del populismo en España, por aquel entonces incipiente y de enorme impacto en la opinión pública.

Viendo la hoja de servicios del anterior Jefe de Estado, resulta sorprendente que tuviera que marcharse por la puerta de atrás, empujado por el mismo tipo de políticos que hoy plagian tesis doctorales, viven en inmensas mansiones, pactan lo contrario de lo prometido, destruyen la autonomía del poder judicial y han hecho del nepotismo una forma de vida. Sin que les pase nada.

Conviene recordar esa secuencia para que Felipe VI, sin profanar sus competencias institucionales, entienda que su papel no puede limitarse a dejarse perdonar la vida por quienes han hecho del derribo de la Corona el mejor camino para deshacer España. Por eso su discurso de Navidad es relevante.

Don Felipe no puede mirar para otro lado mientras está a punto de elegirse un presidente intervenido y dependiente hasta el máximo del separatismo

Sabido es que el margen de maniobra del Rey está limitado y que sus mensajes cuentan con el conocimiento, el visto bueno o incluso el impulso del Gobierno de turno. Pero aún aceptando ese corsé, hay otro que le obliga y faculta más: el definido por la Constitución, en su Título II, sobre el papel de la Corona en un régimen de Monarquía Parlamentaria que ha coincidido con el periodo de mayor progreso de la historia de España.

Mesura... y claridad

Por eso don Felipe no puede mirar para otro lado mientras, a ojos vista de todos los ciudadanos, está a punto de elegirse un presidente intervenido y dependiente hasta el máximo del separatismo. Ni cuando parece escrita una vicepresidencia y cuatro ministerios para un partido que defiende abiertamente el fin de la Monarquía. Ni cuando se empieza a invadir la independencia de la Justicia, desde el poder ejecutivo, con una falta de pudor insólita.

Cómo combinar la debida lealtad al Gobierno con la lealtad absoluta que le debe a la Carta Magna y a los españoles es sin duda difícil. Pero encontrar la fórmula es tarea de un buen Rey. Porque nadie entendería que, para no ofender a unos pocos, se ofendiera al conjunto. Su discurso de Nochebuena, en fin, va a retratar a Felipe VI tal vez de por vida.

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