21 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Un paseo por el Monasterio de Yuste

El presidente no ha presentado aún un verdadero programa político, como es obligación constitucional. Y bajo una campaña de propaganda constante, en realidad se dedica a dinamitar puentes.

 

 

Días atrás tuve la oportunidad de volver visitar el Monasterio de Yuste, donde Carlos V, tan ahíto de poder como indigesto por su destructiva adicción, decidió retirarse. En este maravilloso vergel, escondido entre verdes parajes, la sierra exhala una suave fragancia que huele a naranjos y limoneros; de frondosas laderas tapizadas por bellos cerezos y viejos castaños, rodeado de pinos, eucaliptos y olivos centenarios, circundado por cascadas y pozas de aguas transparentes y gélidas, a pesar del abrasador calor que ha azotado a buena parte de España, fue enterrado el poderoso monarca, aquél en cuyo imperio el sol no dejaba de brillar.

Carlos V tan solo se permitió pescar en el maravilloso estanque de aguas esmeraldas que, noche tras noche y desde la balconada de sus habitaciones, a buen seguro utilizaba para contemplar cómo la Luna rielaba en su serena superficie.

El infumable nombramiento de su Primera Dama como nueva jefa de expansión en África, ahora que el reguero de subvenciones en materia de inmigración será el nuevo maná

Sus habitaciones, frugales para la pompa de la Corte, pero sin duda ciertamente alejadas del ideal estoico de la serena austeridad contemplativa de este duro transitar. Nadie que no sea Pablo Iglesias e Irene Montero, pues a Echenique le presupongo demasiado concentrado en arremeter contra el país que todo le ha dado, quizá en una nueva derivada del complejo freudiano que estudió la necesidad de matar al “padre” para así reafirmar en quien lo padece una personalidad tan poliédrica como inane, podrá negar la evidencia. A la vista del cortijo de Galapagar, tildar de suntuoso el dorado retiro monacal les parecerá a la regia pareja un exceso de claro corte fascista.

La Historia no deja de ofrecernos a diario ejemplos que hacen de la vieja máxima, de plena actualidad, según la cual nada nuevo hay bajo el Sol. Y en política, podría añadirse, menos. Pero a diferencia de Carlos V, o de Tiberio, que se retiró a la Isla de Capri harto de las conspiraciones palaciegas que él mismo alentó, o de un Lucio Cornelio Sila que tras alcanzar el poder en la vieja Roma, autor de unas proscripciones que dejaron las del Senador McCarthy en un juego de adolescentes, decidió retirarse al campo sin más, habiendo detentado un poder absoluto que tanto rechazaba la herida República romana, aquí, en España, hemos visto cómo el apego al Poder, con mayúsculas, es capaz de dominar hasta al más bravo de los espíritus.

El mordisco

El Poder es una sierpe de verano que en su mordisco inocula el irrefrenable deseo de alcanzarlo en tanto fin, no como un medio al servicio de aquello que le confiere plena legitimidad, que no es otro aquí que el interés general. Interés general tan ambiguo como manipulable, en estos tiempos en los que cuanto mayor es la precisión que requiere aportar soluciones que abarquen al mayor número de beneficiarios sin causar a la vez un perjuicio irrevocable a la minoría- nótese la ambigüedad de esta misma afirmación-, es el asidero al que muchos gobernantes se aferran para hacer de su capa un sayo.

 

 

Pedro Sánchez, presidente por accidente, es el nuevo paradigma de esta política recién instaurada; la del postureo y las gafas de diseño; la de unas manos, las del padre de la patria, en cuyo firmeza hemos –debemos- de confiar, el mismo de los vuelos en Falcon, de los conciertos FIB con posado Cinzano.

El mismo Presidente que por acción u omisión acepta que la alta magistratura que desempeña, que requiere e impone el deber de no solo ser, sino también parecer, digno de ella, zozobre ante el infumable nombramiento de su Primera Dama como nueva jefa de expansión en África, ahora que el reguero de subvenciones públicas en materia de inmigración será el nuevo maná y, al parecer, la solución a todos los problemas que acucian al país.

 

El mismo Presidente que premia con sinecuras la ciega sumisión de su corte de acólitos, mostrando que la gestión de la cosa pública solo importa cuando es el enemigo quien de ella se ocupa, pero que tan pronto se accede al poder, el único requisito habilitante es el de la sumisión y devoción al culto mesiánico de su redentora personalidad.

¿Y su programa político?

Un Presidente que si en el Congreso fue incapaz de exponer su programa político, requisito constitucionalmente ineludible, pero políticamente postergado por quien dueño de sus desvelos, reniega que sea el conjunto de la ciudadanía quien decida hasta dónde debe aquél gobernar la nave, pues por el momento parece obedecer exclusivamente a la perspicacia de sus inescrutables designios, aunque en el camino pague con retales de un país, el nuestro, cuyas costuras empiezan a resentirse.

 

 

 

Un Presidente que calla cuando el bloque fascista nacionalista del independentismo catalán agrade la pacífica conveniencia de un país que ha pasado por tantas cosas en tan poco tiempo, que ha conocido un nivel de bienestar como jamás antes lo tuvo en un trayecto de apenas cuarenta años, y que ante tan xenófobas como perseguibles atrocidades, calla y ordena no perseguirlas, porque no quiere judicializar más el citado conflicto.

¿Hasta cuándo callará este Presidente, que ha pactado con quienes defienden a ETA, hacen de las víctimas un problema, cuya presencia se ha convertido en una innecesaria molestia, para su estúpida política de que no hay vencedores ni vencidos, legitimando por igual a asesinos y asesinados? Por un puñado de votos, este Presidente se ha convertido en el artificiero que pretende hacer saltar por los aires el Estado de Derecho que todos no dimos, y dinamitar sus cimientos sin pasar antes por las urnas.

 

Exhiba Presidente su blanca túnica y cuente, de una vez por todas, qué es lo que pretende hacer, a plena luz del día y no entre conciliábulos celebrados en oscuras cavernas; no retuerza más la letra y el espíritu de la Constitución, esa que nos define como una monarquía parlamentaria, y deje de malversar la fuerza de un Poder Ejecutivo débil con acciones que tan solo le garantizarán un destacado lugar en las más negras páginas de nuestra historia. 

La Presidencia debe levantar puentes, no destruirlos; aunar voluntades, no enfrentarlas. Actuar como hombre de bien para que el mal no triunfe

No conozco, de este Presidente, sus grandes  aficiones intelectuales; es más, a  la vista de su misteriosa tesis, le presupongo una escasa capacidad reflexiva, pero no así una muy desarrollada capacidad ejecutiva, así como una más que preocupante adicción al Poder.

Quizá ahora más que nunca, resultaría más que necesario que Pedro Sánchez, entre viaje y viaje de su –nuestro- flamante Falcon, releyera a los clásicos y recuerde, entre otros, las palabras de Lincoln, cuando dijo que una casa dividida no podría mantenerse unida.

Hoy más que nunca, la Presidencia de este país debe levantar puentes, no destruirlos; aunar voluntades, no enfrentarlas. Actuar como hombre de bien para que el mal no triunfe, pues su inacción es nuestra condena.

El relato de la serpiente

Días atrás, muy cerca de ese Monasterio, en el Valle de Ambroz, y frente al pantano de Gabriel y Galán, releía los relatos de Hawthorne. Uno de ellos siempre llamó mi atención, “El Egoísmo o La Serpiente del pecho”. Roderick Elliston confesaba a todos cuantos se cruzaban en su penoso caminar “Me roe, me roe”, entre gritos de dolor y pánico cerval.

Al cabo del tiempo, su mal fue compartido con quienes tenían la mala fortuna de toparse en su camino. “¿Cómo está su serpiente?”, preguntaba, seguro que, de haber podido hablar con nuestro Presidente, Roderick habría descubierto que en su pecho anidaba una víbora insaciable de poder y vanidad.

Elecciones urgentes, señor Sánchez.

JRN
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