Obituario. César Pelli, uno de los grandes

César Pelli, heróico de la arquitectura contemporánea, falleció el viernes en Tucumán. Las torres Petronas de Kuala Lumpur es la obra más emblemática del maestro argentino.

El gran arquitecto indio Balkrishna Doshi se va quedando sin coetáneos de su talla. La muerte la semana pasada del argentino (y estadounidense) César Pelli se une a otras pérdidas significativas muy recientes como la de Robert Venturi, Paul Andreu o Ieoh Ming Pei. Todos ellos temperamentos heroicos de la arquitectura contemporánea, de firme entrega profesional y muy distintos en los
modos y en las formas.

Tal vez cabe recordar el concepto de diversidad, tan conveniente para su libre concepción y, porqué no, para su libre disfrute. Y recordar a la vez el marco de rigor conceptual y constructivo que la limita.

Conocí al maestro en su Buenos Aires amado, cuya fundación creyó Borges cuento “tan eterna como el agua y el aire”, de la mano del inefable Jorge Glusberg, participando en su Bienal de 2007. Hoy sabemos de su desaparición tras conocer que Sadiq Khan, alcalde de Londres en la actualidad, considera que la Tulip (tulipán) tower que proyecta Norman Foster carece de la calidad necesaria (sic).

No sé si me atrevería yo a tanto, aunque confieso que tampoco me gusta. Ignoro lo que opinará mi amigo Helio Piñón ante mi consideración de que nos quedamos sin uno de los últimos constructores efectivos de rascacielos, desde que en 1988 irrumpiera con sus controvertidas Torres Petronas en Kuala Lumpur. Sé que estamos de acuerdo en lamentar la insípida trayectoria reciente de lo que fue SOM.

La polémica que suscitó la torre de oficinas de Sevilla, finalmente construida, y culturalmente “rescatada” por Caixa-Forum, fue de otro jaez. El skyline es otro y en poco se parecen el Támesis y el Guadalquivir. Siempre he defendido -a cierta distancia de mis colegas sevillanos- la discreta elegancia de la pieza de Pelli, que corta el cielo como un quejío y saluda, respetuosa, a la Giralda.
Con motivo de la Bienal del Fin del Mundo en Ushuaia (2011), en la que me ocupé de su museografía y de la muestra de arquitectura, me mandó un bonito dibujo de sus Petronas y tuve que confesarle, entre excusas, que no las había visto todavía, por lo que carecía de opinión fundada. Me sonrió generoso como con el cuadro que hoy conserva allí su Colegio de Arquitectos.

Nunca faltó a una Bienal de BBAA, siempre repletó la sala más grande y atendió a todos los estudiantes. Él fue profesor y Decano de la Facultad de Yale. En una de ellas fui testigo de excepción de una larga y afable charla con otro monstruo de la arquitectura argentina, Clorindo Testa. Tan diferentes en lo formal, tan coincidentes en la esencia. Una de esas privilegiadas lecciones de arquitectura que no se pueden aprender en los libros ni en las aulas.

Me he quedado sin preguntarle hasta dónde llegó la influencia de Eero Saarinen en los años que trabajaron como socios en su oficina. Me temo que no es obvia, más allá de compartir sensibilidad y finura. La misma –y no exageran sus exégetas argentinos como mi buen amigo Carlos Salaberry- que le permitió acabar la carrera de arquitectura a los veintidós años en la Universidad de su
Tucumán natal.

Imposibilitado para reseñar aquí su profusa y valiosa obra arquitectónica, desde que se estrenara con su socio desde 1977, Fred Clarke, con una estupenda y refrescante intervención en el MOMA niuyorquino, incluyendo museos, edificios civiles y culturales, públicos y privados, residenciales, educativos, deportivos … me fijaré en alguna de sus torres.

No es ningún descubrimiento, ni mucho menos un simple tópico, que para comprender la arquitectura hay que comprender el lugar en el que se erige. Suelo decir a mis estudiantes que por lugar hay que entender también -y cómo no iba a ser así- las personas que lo habitan. El lugar es el territorio y la vida, cultura, tradición y costumbres de sus habitantes.

La impronta de las Torres Petronas en Kuala Lumpur puede gustar a muchos y disgustar a tantos otros, como son igual y legítimamente opinables los minaretes de la Mezquita Azul de Estambul. Tras conocerlas allí, en su propio territorio y compleja cultura, atestadas de usuarios locales o visitantes, de día y de noche, me atrevo a afirmar que ambas comparten enraizamiento. En 2014 fueron galardonadas con el importantísimo Aga Khan Award de arquitectura.

Y nótese que Pelli raramente insistió en esa línea expresionista, amable para la opinión pública, rentable para el promotor, y habitualmente falsaria cuando carece de fundamento alguno.
Fiel a la Medalla de oro que le otorgó en 1995 el American Institute of Architects (AIA) los ejemplos construidos en España ensayan con la forma de manera sensual como al tango corresponde, estilizada y rotunda a la vez, como se baila en la Córdoba de otro buen arquitecto y amigo común, Miguel Ángel Roca.

La torre de cristal que desde 2007 forma parte de las cuatro de la Castellana madrileña, la de Iberdrola en Bilbao en 2011 y la ya citada de Sevilla (2013) dan cuenta de ello. Después ha seguido la impresionante Torre Mitikah de Ciudad de México (2014) y ahora, cuando la web de su oficina de Nueva York anuncia lacónicamente con dolor de corazón el “passing” del maestro argentino, nos toca seguir reflexionando y aprendiendo con su trabajo.


José María Lozano Velasco es catedrático de arquitectura de la UPV y presidente de la Comisión de las Ciencias del Consell Valencià de Cultura.

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