07 de junio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El relato de la desescalada del hombre que no se ha puesto aún corbata negra

Los estrategas monclovitas prescinden de la realidad dramáticas del país y de los estragos generados para presentar a Sánchez como portavoz de las "buenas" noticias.

 

 

Pedro Sánchez atisba la victoria parcial en su “batalla” contra el coronavirus. Eso empiezan a susurrarle sus asesores áulicos. De hecho, comienza a dejar atrás los discursos bélicos que le fue elaborando la gente de Iván Redondo. Ahora toca poner en marcha el contraataque.

Parecería todo sacado de un manual de guerra: minimizar los daños, evaluar las “bajas” y gestionar la victoria. En este caso, rentabilizar la salida de la pandemia.

Este fin de semana, La Moncloa ha decidido retirar de la pantalla a los uniformados y el presidente del Gobierno nos ha comunicado la buena nueva: comienza “la desescalada”. Lo hizo el sábado en su habitual Aló Presidente frente a las cámaras de televisión en hora de máxima audiencia.

Y el domingo, durante cuatro horas de videoconferencia con los mandatarios autonómicos, tuvo incluso que mostrarse rotundo a la hora de defender que será él quien pilote el proceso. Sobre todo tuvo que reivindicar el “mando único” ante Quim Torra e Íñigo Urkullu instalados en su sempiterna petición de ser “diferentes”.

El presidente y su reducidísimo grupo de asesores se dan cuenta de que a los españoles se les está agotando la paciencia. Cada día hay más balcones donde suenan las cacerolas. Algunos presidentes autonómicos han hecho los deberes con mayor eficacia que el “gobierno progresista” y reclaman sin tapujos aliviar ya la presión sobre sus ciudadanos.

 

No quieren esperar mucho más, ni que sea el ineficaz Ministerio de Sanidad, guiado por Salvador Illa, quien les marque los próximos pasos. El presidente de la Generalitat de Cataluña censura la imposición desde Madrid y el lendakari se reivindica como “autoridad competente” en su tierra.

Nada nuevo bajo el sol. Ambos siguen haciendo lo mismo que han hecho desde hace años: defender sus “corralitos”. Sus privilegios. No han abandonado la exigencia de “diferenciar” a vascos y catalanes de los demás ni en los momentos más duros de la pandemia.

 

 

No iba a ser ahora distinto. Sirva como ejemplo su boicot al Ejército cuando ha acudido a atender necesidades urgentes de los ciudadanos más afectados por el coronavirus. Pero tampoco los demás presidentes autonómicos, sin corsés separatistas o nacionalistas que les cieguen, están contentos con ese “mando único” del Gobierno.

Observan que tras las horas de reuniones telemáticas con Sánchez no hay plan alguno que permita afrontar con éxito el desconfinamiento. “Palabrería hueca”, señalan alarmados barones del PP.

Pedro Sánchez esta grogui. Lleva semanas así. Preside un Consejo de Ministros descoordinado, dividido y enfrentado. Algunos ministros han mostrado su enorme nivel de incompetencia. No dan más de sí. Cualquier observador moderado vería que no es la mejor idea seguir en las mismas manos que no fueron capaces de prever la llegada de la pandemia y luego han sido un desastre absoluto para gestionarla una vez extendida.

Pero ahora que se empiezan a ver señales de alivio, el presidente no desea bajo ningún concepto que nadie pueda arrebatarle ser el portador de las buenas nuevas que cree va a poder dar. La desescalada es cosa del Gobierno. De eso no deja lugar a dudas.

Los muertos

“Todos entramos juntos en la pandemia y saldremos juntos de ella” es una frase que estos días se le va a escuchar mucho a Sánchez. Al igual que, por mandato de sus asesores, evitó hablar de los muertos dejando esa tarea a otros portavoces, como el doctor Simón; al igual que no ha lucido corbata negra en sus interminables intervenciones televisivas por similares razones de imagen, pese a que se lo afease la oposición… esos mismos “rasputines” presidenciales le urgen para ser él quien ofrezca las noticias positivas según se vayan produciendo.

Ni las peores circunstancias le apartan del márketing a Sánchez. Cierto. Es capaz de hablar de “la nueva normalidad” en un país que llora a 23.000 españoles muertos. Volveremos a nuestros quehaceres diarios, sí, pero en esa “normalidad” que proclama sin empacho el presidente del Gobierno siempre nos faltarán aquellos a quienes se ha llevado el maldito virus.

Cada uno de ellos es un rostro bien reconocible, con nombre y seres queridos detrás que ni siquiera pudieron despedirle. Todo un drama que exigiría a los miembros del Gobierno pisar más la tierra y olvidarse de estrategias promocionales.

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