11 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La desvergüenza de exigir aislar a Vox mientras se pacta con Otegi y Puigdemont

 

 

De una manera despectiva y agresiva, buena parte de la izquierda española exige ya el aislamiento de Vox de todo pacto postelectoral, como si sus diputados no existieran o tuvieran una mancilla de origen que en la práctica, pese a proceder del voto individual y libre de muchos ciudadanos, les debería condenar al ostracismo.

Lo ha pedido Susana Díaz, de manera patética, lo ha exigido Pablo Iglesias, con una agresividad indecente y, antes de todos ellos, lo ha sembrado con infinito impudor el propio Pedro Sánchez, inductor principal del frentismo en la política española y mentor del sainete sobre "las derechas" con el que adjetiva a todos sus rivales políticos y que, este mismo lunes, ha relacionado a Vox con el "miedo" en su escasa, huidiza y lamentable reflexión de lo ocurrido en Andalucía.

Es indecente que un presidente sin votos crea legítimo pactar con Bildu y exija, a la vez, que se acordone a Vox

Con la complacencia de buena parte de las televisiones nacionales, incluyendo a la pública, se pretende así estigmatizar a un partido que, guste o no, se mueve en los parámetros constitucionales y representa una opción legítima que combate el populismo instalado en la izquierda con otro a la derecha bastante menos pernicioso: lo peligroso es querer destruir "el Régimen del 78", no hacer de la defensa de España un eje central del discurso.

Pero lo más lamentable de todo es constatar que, quienes más se empeñan en poner un cordón sanitario a un parido para compensar así sus desastres en las urnas, son los mismos que consideran razonable llegar a La Moncloa tras dos derrotas históricas y sustentados en los partidos que más trabajan por destruir el país que se quiere presidir por la puerta de atrás.

Presidente Moreno, sí

Como bien dijo Juanma Moreno, más que probable nuevo presidente de la Junta, es bastante más presentable dialogar con el partido de Ortega Lara, emblema involuntario de la resistencia al terror; que con un inductor de ese horror como Otegi u otros socios como Puigdemont y Junqueras, cuyos votos hicieron presidente a Pedro Sánchez con el único fin de tener menos resistencia en sus planes rupturistas.

 

¿Cómo se puede insultar al partido de Ortega Lara, secuestrado 532 días por ETA, mientras se acepta el apoyo de quienes le maltrataron?

Vox puede gustar o no, y obviamente debe ser respondido por todas aquellas formaciones que, a un lado y a otro del espectros, consideren negativas o improcedentes sus propuestas. Pero si alguien debe ser aislado, es quien se sirve de las institucionales constitucionales para acabar con ellas y se aprovecha de la mezcla de debilidad y ambición de Sánchez para lograrlo más fácilmente.

El actual presidente nunca debió llegar a La Moncloa contando con los votos de ERC, Bildu y el PdeCat; y tampoco incluso con los de Podemos si, como el propio Sánchez sostenía literalmente tiempo atrás, su plan para España era instalar el vigente chavismo de Venezuela. Pero lo hizo, apelando a una excusa tan etérea como la regeneración para compensar la lamentable calaña de sus respaldos y la falta de votos en las urnas.

El bochorno de Sánchez

Con ese bagaje, criticar un pacto como el que debe firmarse en Andalucía para abrir una nueva etapa tras 36 años de clientelismo y atraso, es un bochorno. El populismo, en el que también se ha instalado Sánchez por necesidad, ya tildaba de "derecha radical" a Rajoy. Después lo hizo con Pablo Casado al vencer en las primarias del PP y, a la vez, con Albert Rivera cuando empezó acertadamente a desmarcarse del PSOE.

En Andalucía debe gobernar el PP, con Cs en el Gobierno y Vox dando respaldo a la investidura. Y en España, llegado el caso, igual

Es un mantra manido, que acaba frivolizando un término inquietante y reservado para casos excepcionales entre los cuales no figura Vox, que intenta recubrir una trampa política para perpetuarse y genera una crispación social innecesaria.

La mejor respuesta es, simplemente, ignorar la propaganda retórica de la izquierda radical y proceder sin dudarlo a alcanzar acuerdos y pactos que luego puedan juzgar los electores. Algo a lo que, por cierto, se niega Sánchez, el presidente que nunca debió llegar así a La Moncloa y no tiene derecho alguno a eternizarse sin pasar con urgencia por las urnas.

Porque resulta impropio de un partido como el PSOE, decisivo para estructurar España durante toda su historia reciente, estar encabezado por su líder que, cuando pierde en las urnas, en lugar de marcharse busca atajos con cualquiera o exige que no cuenten los diputados de un tercero. Eso sí que da "miedo", señor Sánchez.

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