La consellera "idílica" de Agricultura; del "paripé" a las 18 tortugas baleares

La consellera, con una tortuga

La consellera, con una tortuga

Desde los sindicatos agrarios critican la labor de una consellera con perfil muy político, al que el propio gobierno ha afeado esta semana que no pidiera ayudas contra el cotonet

La gestión de la anterior consellera de Agricultura, Elena Cebrián, tuvo sus críticas. También, el hecho de ser independiente aunque nombrada a propuesta de Compromís provocaba que ningún partido la defendiera con demasiada energía (aunque la vicepresidenta, Mónica Oltra, le mostrara su cariño en público siempre que podía) y viviera en ocasiones en su propio oasis político.

No obstante, había algo que nadie cuestionaba: su conocimiento de la materia, su autoridad al hablar sobre agricultura. Ingeniera agrónoma, especialista en Economía Agraria, alta funcionaria que también ejerció ante la Unión Europea..., su currículum le avalaba y hacia que gozara de un respeto en el sector que atenuaba las críticas.

La situación ha variado. Ahora los reproches, en poco tiempo, han aumentado, tanto a la gestión agraria como a la consellera que representa - y que en teoría debe defenderlo e impulsarlo- a ese sector en el Consell. Ya no existe esa figura con prestigio que rebaje las críticas.

Compromís dio un viraje de 180 grados a principios de legislatura y apostó por un nombramiento totalmente político, por una persona que desde los 25 años ocupa cargo de diputada autonómica y en cuyo currículum aparecen poco más que estudios (no titulación) en Estadística y algún trabajo administrativo esporádico.

Que insista en sus querencias ecologistas no constituye un plus para un sector agroalimentario valenciano que representa el 5,8% del PIB autonómico y que se desangra entre los bajos precios de sus productos, la falta de ayudas -las europeas apenas llegan al 10% frente al 50% que alcanzan en otros países- y la carencia de un relevo generacional, en cierta medida por no potenciarlo como una salida laboral real.

"Nos da la razón como a tontos" o "no pisa el terreno" fueron algunas críticas que cosechó Mireia Mollà en la protesta de hacer un par de semanas ante su conselleria, la de Agricultura, Desarrollo Rural, Emergencia Climática y Transición Ecológica. Muchos apellidos que sumar al nombre, el de agricultura, que representa a un sector fundamental en la historia y en la economía valenciana.

Esa protesta la realizaron conjuntamente las dos principales organizaciones del sector: AVA y la Unió de Llauradors, al unísono, como no siempre ha sido así, y con las mismas reivindicaciones y quejas hacia una consellera que, en sus redes sociales, prefiere hablar de crías de tortugas o poner fotos de árboles que anunciar medidas concretas para el sector. Como de "pensamientos idílicos" y "falta de compromiso" han llegado a definir su postura. O las acciones que realiza más de "paripé".

Si el sector agoniza, solamente le faltaba el ataque de plagas clásicas, que afectan a cultivos tan emblemáticos como los cítricos o los hortícolas. Primero calificaron su actuación contra la Xilella de "tarde y mal" y ahora una respuesta a una pregunta del PP en el Congreso afea, por parte del propio gobierno estatal, que no haya pedido ayudas frente al ´cotonet´o cochinilla blanca, que carcome en la actualidad la producción agrícola.

 

El perfil del agricultor valenciano se caracteriza, además de por ser minifundista, por su laboriosidad y discreción. Hace su trabajo y espera a obtener sus frutos mientras observa cada día el cielo rogando que no descargue una granizada o temiendo que una plaga no devaste el trabajo de meses. Mientras, busca que cultivos no tan tradicionales, como la vid en zonas que no eran eminentemente vitivinícolas o el caqui, le sean rentables y tengan buena aceptación en los mercados.

Todo ello a la vez que pide sobre todo dos cosas a los responsables políticos: que gestionen ayudas de la Unión Europea para coadyuvar a que su trabajo sea rentable y que, desde esa tarima, velen por evitar que la competencia de terceros países llegue sin los controles sanitarios adecuados y que, en segundo lugar, les escuche, que tengan empatía. Y si no cumplen lo primero, por lo menos que hagan lo segundo y demuestren que lo intenta.

Si en lugar de eso opta por derrochar simpatía hacia 18 tortugas baleares y a tratar "como a tontos", según palabras de los propios sindicatos convocantes, al sector agrícola, provoca que la situación con el sector que da el primer nombre a su conselleria, la situación se complica.

 

 

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