La ciudad no es para mí. Hello NY, Bye Bye VLC

Ni el plan del Cabanyal que era proyecto estrella, ni las plazas principales, ni los colegios o las viviendas municipales, han llegado más allá del agit-prop.

Probablemente cruzar el charco no ha sido lo que más apetecía a quien parece - a diferencia de otros aficionados al falcon- sentirse más cómodo en las distancias cortas. (Aunque aquella bicicleta mítica de su primer día de trabajo, haya quien asegure que cultiva hoy telarañas)

Ya se habrán dado cuenta que estoy hablando del inefable Ribó, y de ese viajecito a la Gran Manzana que, aun pasando bastante desapercibido, ha suscitado algunas críticas razonables. Las más acertadas las de la candidata popular María José Catalá.

Mucho de alimentación sostenible –lo que está bien y es encomiable- en el capítulo de la gestualidad y la propaganda –lo que resulta insuficiente y hasta perverso- y poco en la práctica. Que no es lo mismo predicar que dar trigo. Y esta vez hay que tomarlo con literalidad.

Lo cierto es que el primer edil viaja alegremente a Nueva York (que New York no es Terrasa) mientras cancela ayudas humanitarias que no vayan a “los suyos”, o que simplemente cree innecesarias, sin mayor justificación.

Es lo que tiene elegir a un paleto para la Alcaldía de una gran ciudad. Y que nadie se me ponga estrecho. Ni en Compromís ni en el amplio colectivo de paletos. Porque se puede ser doctor en ingeniería y paleto, como se puede ser pijo-progre y doctor en economía, sin que se ofendan los pijo-progres. Lo que es más jodido es que un pijo-progre presida el gobierno de una nación avanzada (a la vista ha estado) o un paleto la corporación municipal de una gran ciudad.

La responsabilidad es compartida con Calabuig –que prefirió el calorcito de Bruselas, aunque él sin reivindicar exilio- y con Peris –que parece renacer, precisamente con la formación naranja local- y, si me apuran, también de Giner -naranja nacional- al poner distancia con Rita. De manera que la crónica de este mandato municipal puede parecer una crónica de viajes.

Han pasado cuatro años que, a algunos, se nos han hecho eternos. Lastrados por las ocurrencias de Grezzi, el radicalismo de Oliver y la inoperancia de Gómez. Ni el plan del Cabanyal que era proyecto estrella, ni las plazas principales, ni los colegios o las viviendas municipales, han llegado más allá del agit-prop. Sólo los culos y los hierros de escape de las motos, que protagonizan el “paisaje urbano” de la calle Colón -todo un símbolo- permanecen. (Tal vez por poco tiempo).

Sé de buena tinta que parte de la nómina de enchufados en lo que fue convento de San Francisco, andan haciendo equipaje para trayectos más cortos. Porque mucho me temo que entre el hello NY y el bye, bye Valencia pueden mediar apenas tres meses.

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