05 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Mari Pau Domínguez: una novela sobre la nostalgia de todos los amores perdidos

En "La nostalgia del limonero", la escritora y periodista catalana evoca a la generación de andaluces que echó raíces en Barcelona con un mordisco en el corazón por la tierra abandonada.

A mediados del siglo XX (como a finales del siglo XIX, dos momentos de intenso desarrollo económico), Cataluña fue tierra de promisión para españoles de otras regiones menos favorecidas, que lo dejaron todo para iniciar una nueva existencia. Mari Pau Domínguez ha querido rendir un homenaje a esa generación emprendedora de los años 60, de la que ella misma procede.

La nostalgia del limonero (Espasa) es en buena medida su propia historia, y un recordatorio intencionado de que son catalanes los que han construido Cataluña con su esfuerzo y su determinación de salir adelante, aunque ahora el delirio independentista -sobre el que la autora ha escrito en otras ocasiones líneas bastante expresivas- comience a abrir matices entre puros e impuros y pretenda robar su patria grande a quienes hace medio siglo renunciaron a su patria chica para embeberse en Barcelona y poblar su poderoso cinturón industrial.

La nostalgia del limonero es la historia familiar de Paz y de sus padres, Diego y Concha, que abandonan Osuna en 1962 en busca de trabajo y del cumplimiento de sus sueños y se instalan en Cataluña, lugar destinado a hacerlos realidad. Allí se ven afectados, sin tiempo para asentarse, por las pavorosas inundaciones en el Vallés del 25 de septiembre de aquel año, que forman parte de la experiencia familiar de Mari Pau Domínguez. Su descripción en la novela es más un documento periodístico extraído de testimonios personales que un mero recurso narrativo.

En muy pocas horas fallecieron o desaparecieron entre 600 y 1.000 personas, casi todas venidas de fuera, en algún caso familias enteras. Para Diego y Concha ese acontecimiento es, además, el elemento que define su actitud ante su condición migrante. Forzados a regresar a Osuna al quedarse sin casa ni trabajo por la riada, su vida se enfrenta a la bifurcación esencial: o bien dar por finalizada la aventura (teñida de otros elementos, que no vamos a desvelar aquí, añadidos a la mera huida de la pobreza), o bien considerar la desgracia una prueba más, tragar saliva, apretar los dientes y volver a recorrer los mil kilómetros que separan el hogar conocido y controlable del hogar aún ignoto que se habían propuesto crear… y crearlo. Él se inclina por la tierra donde ha crecido: le puede y le podrá siempre la añoranza del huerto doméstico. Ella toma las riendas del matrimonio para hacer definitiva la ruptura con el pasado y el retorno juntos a la anhelada conquista de la prosperidad y de la libertad personal, más quizá por ésta que por aquélla.

Y nace Paz, que representa la visión de ese conflicto desde la perspectiva de quien ya es catalana y vive Andalucía a través del abrazo de los abuelos y de las peripecias infantiles y juveniles en vacaciones.

Pero esto es solo el contexto. La nostalgia del limonero no es una novela social. Las valoraciones políticas son sumarias, como lo es el abordaje de la lucha entre conceptos menguantes y nacientes sobre el trabajo de la mujer, la fidelidad conyugal o el sexo. Mari Pau Domínguez ha querido que sepamos que esta generación existió y que sus hijos existen, y en qué se parecen y distinguen los sentimientos de unos y otros con el correr y el cansancio de la vida y los cambios epocales acaecidos. Nos hace percibir hasta qué punto los tiempos mutan. Pero en donde profundiza de verdad es en sus pasiones y, sobre todo, en la búsqueda del amor por parte de Concha y de Paz y sus éxitos y frustraciones para lograrlo y ser felices.

En las primeras páginas, Paz, que protagonizó su propia huida (Barcelona fue su Osuna, Madrid su Barcelona), ha regresado junto a Concha para sobrellevar el inminente y complejo divorcio al que se enfrenta. Divorcio de su marido, sí. Pero también divorcio respecto a su madre… tan distinta a ella, tan igual a ella. Divorcio respecto a su ayer. Divorcio respecto a las decisiones que pudo tomar y no le dejaron. Cuando lleguemos a las últimas páginas, algunos de esos divorcios se habrán resuelto, pero otros no, y gustamos el sabor dulce de la nostalgia. Dulce porque lo que nos duele (nostalgia es, etimológicamente, dolor) es nuestro tiempo pretérito, que nos conforma e identifica. Es el dolor por nosotros mismos en cuanto que fuimos.

La nostalgia del limonero, el querer del terruño, es una constante en Diego, el padre de Paz. Pero Mari Pau Domínguez amplía su marco: la nostalgia de los amores que quedaron atrás, los posibles y los imposibles, los realizados y los equivocados, los que supimos y los que desconocíamos. Aquellos a los que renunciamos y aquellos a los que nunca debimos renunciar. Nuestros amores, nuestros limoneros.

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