18 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Cruces amarillas: una invasión teledirigida que debe ser frenada por el Estado

La indefensión de la población catalana no nacionalista se visualiza en la llamada 'Guerra de las cruces amarillas': el nacionalismo asfixia y la respuesta no puede ser individual y heroica.

 

 

La proliferación de cruces amarillas en playas de Cataluña no es una manifestación improvisada de ciudadanos deseosos de expresarse en libertad, sino el bochornoso remate de una campaña endémica del nacionalismo teledirigida, como siempre, desde sus propias instituciones.

La usurpación del espacio público por el soberanismo es un clásico que responde, a su vez, al sentido patrimonialista que tiene de Cataluña, de sus instituciones, de sus medios de comunicación públicos y, por supuesto, de las playas. Que alguno de los paladines de esta propaganda capciosa haya llegado a comparar el simbolismo de las cruces con el de Srebenica, símbolo de las atrocidades de la guerra de los Balcanes, lo dice todo sobre el deterioro de una ideología sin límites que busca, sin más, la ruptura de la convivencia.

Las cruces y los lazos los ponen desde hace décadas la Generalitat, la TV3 y el soberanismo supremacista

Es inevitable que ciudadanos anónimos planten de cruces los arenales catalanes si ven que, de algún modo, hacen lo propio el nuevo presidente, Quim Torra; el presidente del Parlament, Roger Torrent; la televisión pública catalana; los partidos independentistas y algunos dirigentes que dicen no serlo, como Ada Colau, pero luego llenan Barcelona de lazos amarillos. O si atacan sedes de partidos como Ciudadanos y el PP y no pasa nada.

Una invasión constante

Esa colonización nacionalista del espacio compartido nace de arriba, está perfectamente dirigida, se sirve de todas las herramientas a su alcance -con la educación como primera de ellas- y finalmente aplaude a quienes, de manera voluntaria, emulan ese comportamiento y lo replican en la calle.

 

 

Comparar la instalación de cruces o lazos con la retirada de ambos, como intentan con valentía ciudadanos verdaderamente anónimos agotados de la invasión, es lamentable: los primeros actúan con todo el respaldo institucional; los segundos lo hacen desde el abandono de las instituciones, que son las responsables de evitar esas escenas pero o bien las promueven, en el caso de la Generalitat, o bien las toleran, en el caso de España.

Cada cruz retirada, cada lazo amarillo despojado, son un ejemplo de la resistencia de los catalanes respetuosos con la Constitución a dejarse vencer por el supremacismo independentista; pero también un ejemplo de la dejación que sufren y de la indefensión real que padecen quienes, en Cataluña, simplemente quieren vivir y convivir dentro del Estado de Derecho.

Resistir en Cataluña no puede ser cosa de héroes: frente a la coacción, ha de actuar el Estado

Esto último es tan anómalo como las agresiones previas, pues entrega a gente normal una respuesta heroica que, en realidad, pertenece al Estado, a sus tribunales, a la Policía y en definitiva a la ley: garantizar la convivencia no puede ser tarea de valerosas señoras capaces de arrancar un cruz delante de quienes las están plantando en ese mismo instante ni de ancianos dispuestos a quitar la placa que señala a su pueblo como municipio independentista.

Contra el acoso

Es obligación, inexcusable, de las instituciones. Y si muchas de ellas no cumplen, mirarn para otro lado o incentivan esa estrategia; ha de aparecer el Estado para asumirla sin contemplaciones. Lo demás es arrojar a su suerte la población civil y aceptar un acoso fascista incompatible con  una democracia digna de tal nombre.

 

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