Veinticuatro banderas y una constante felonía

El ambiguo papel de Ciudadanos a nivel nacional y cierta falta de lealtad en el gobierno asociado de la autonomía capitalina favorecen los planes de acoso y derribo de Isabel Díaz Ayuso.

No he entendido esa puesta en escena a la americana de profusión de banderas de España y de la Comunidad de Madrid como fondo de la fingida conciliación de intereses que, debiendo ser comunes, cursan como adversos. Es de suponer que la iniciativa fue de la Casa de Correos, lo que aumenta mi desconcierto. Pero sea como fuere, el gesto anunciaba ser efímero. Y vaya que lo ha sido.

Al neologismo de cogobernanza siguieron sustantivos tan espurios como el de ayuda y colaboración, toda una cínica declaración de dejación de responsabilidad gubernamental. Y una demostración inequívoca del abandono definitivo de la gestión -más allá de la incapacidad para ejercerla- en favor de la propaganda.

No han tardado los hechos en desvanecer las esperanzas. Por lo que no es de extrañar que Antonio Martín Beaumont intuya que “Isabel caerá”. O que, al menos, es eso lo que se cuece en los fogones mediáticos de Moncloa (o Ferraz, que no es lo mismo pero es igual). El ambiguo papel de Ciudadanos a nivel nacional y cierta falta de lealtad en el gobierno asociado de la autonomía capitalina favorecen los planes de acoso y derribo de Isabel Díaz Ayuso.

Oír hablar de neutralidad a Calvo es como admitir empatía en un sicópata. Lo de Iglesias no tiene nombre, sí lo de Garzón.

Mientras tanto, la práctica constante de la felonía sanchista va dejando un via crucis de acciones y reacciones, de hechos y desechos, de anuncios y promesas, con el único objetivo de la destrucción de España y la perpetuidad en el poder (el orden podría ser inverso, tan íntimos resultan ambos postulados).

Enunciarlos, simplemente enunciarlos, es una tarea cansina y dolorosa que tiene más de ejercicio de libertad que de pretensión didáctica ante una España, abandonada por la dignidad y aun por la inteligencia, que dormita entre el miedo inducido y un peligro real que es superior al de la propia pandemia.

Ese calculado goteo de esperpentos contra la concordia nacional, de indisimulada bajeza moral, que Joaquín Leguina identifica con “tener abierto el enfrentamiento entre españoles” ha alcanzado un punto crítico con la ausencia del Jefe del Estado en la entrega de despachos a los nuevos jueces. Una maniobra de hipocresía institucional al servicio de la demolición de la Monarquía parlamentaria que
tantos réditos ha procurado (nacionalismos incluidos).

Resulta descorazonador leer que al Rey “le habría gustado” estar en Barcelona y es inadmisible que vicepresidentes y ministros enhebren insultos o chascarrillos en esa ofensiva sin precedentes contra la Constitución a la que deben sus poltronas. Oír hablar de neutralidad a Calvo es como admitir empatía en un sicópata. Lo de Iglesias no tiene nombre, sí lo de Garzón. La “originalidad” de Campo sustituyendo pueblos por montañas ante los dignos vivas al rey pronunciados con entusiasmo, es corolario de su reiterada chulería en el Congreso a cuenta de los presuntos indultos a los sediciosos o en la entrevista televisiva de la víspera. Mientras, el inefable Castells, dejando a Paco Umbral por tímido, nos recuerda sus cuarenta y cinco libros escritos y diagnostica su particular fin del mundo.

En el ámbito europeo, Borrell continúa con su complicidad con Maduro a espaldas de la presidencia de la Unión cuando el actual embajador, Jesús Silva, se entera de su inminente relevo.

¿Qué hemos hecho para merecer tanto despropósito? Duele, y asusta, esta impotencia en la que muchos nos encontramos sumidos.

En el popular bar Las Vegas de Cazorla -donde por cierto encontré un curioso grabado de Ripollés- un paisano maduro vociferaba insolente contra las pensiones de los octogenarios por mucho que hubieran cotizado en su vida laboral … muy probablemente siguiendo la consigna de su execrable jefe de filas. Es el fiel retrato de la ignominia predicada por dirigentes malvados, pero también el resultado letal de una política irracional y perversa que provoca insolidaridad e injusticia. El reflejo social de la constante felonía presidencial.

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