Qué hacer con la plaza del Ayuntamiento de Valencia

Ribó lanza un concurso para rediseñar la plaza del Ayuntamiento de Valencia. El eterno debate sobre la peatonalización a escena.

Peatonalizar, queridos lectores, es verbo que los correctores subrayan con desconcierto, por mucho que la RAE lo tenga hace tiempo incorporado al inventario lingüístico del español hablado y escrito. Pero es más, respetados académicos, que el significado operativo que el Diccionario entre los diccionarios adjudica a su primera y única acepción, cuando se limita a indicar “… impidiendo el tráfico de vehículos …”

Lo sabe el amigo Grezzi. Utilizo aquí la figura coloquial que no implica necesariamente -no es, desde luego, mi caso- una relación personal sostenida. Lo sabe mientras disfruta instalado en una suerte de movilidad entre naïf y kitsch, amparada en el calorcito de los legítimos votos valencianos.

Como lo sabe el tío Ribó. Haciendo uso de habitual expresión familiar para referirse a persona conocida, afable y propicia a una cercanía -forzada pero tenaz- que hace de lo gestual excusa para la ausencia de argumento.

Que le corten la cabeza … como si de la frívola reina de Caroll o del malvado Maduro -queda expropiado- se tratara, la acción de peatonalizar se ejerce más como un indicador de poder y un punitivo a la locomoción motora, que como la búsqueda, tan cacareada, de una mejora medioambiental urbana.

Inimaginable atravesar la Plaza Mayor de cualquiera de tantas ciudades españolas conduciendo un automóvil. Apenas llegaron a hacerlo en plena euforia del progreso motorizado. Niños, palomas y terrazas las ocupan a la espera del concierto, del teatro o del guiñol, de la proclamación o la fiesta que marcan hitos y congregan masas.

Imposible pretender hacerlo en la emblemática San Marcos –ni en el sinfín de campos y campielli que, recordando su origen agrícola, pueblan la geografía urbana de Venecia. Ni llegar por ese medio hasta el corazón de Santa Sofía o el Taj Mahall. Sólo en las películas americanas o, raramente en papamóvil, se circula por la Piazza de San Pietro.

Los coches se extinguirán, pacíficamente, probablemente antes que los toros en esta España que de la piel del mítico animal toma forma y romántico seudónimo. El transporte colectivo, también el público, perfeccionará modos y resultados sostenibles. Y el peatón -el pedestrian del Brexit- continuará queriendo ser el Rey León. Sabemos que lo somos de alguna manera. Pero renunciamos a
ejercer.

Hay cientos de estudios concurrentes. Se han hecho todos los números y comprobado todos los cálculos. Se conocen los riesgos y las oportunidades. Los comerciantes saben de los iniciales lucros cesantes y de la más tarde creciente cuenta de resultados. Los vecinos -los pocos vecinos pernoctas de lugares tan céntricos- sueñan y temen, por irregular turno, la paz deseada y cierto tedio adherido.

Doctos economistas, sociólogos y otros urbanistas de pluma y tintero, advierten sobre terciarización, pérdida de masa crítica y enarbolan el estigma de la gentrificación. Otros, más benévolos, y maliciosos, afirman: un poco de gentrificación no hace daño. Y, de inmediato, se lo hacen perdonar citando a Jane Jacobs y la perspectiva de género. O el cambio climático y la avaricia del capitalismo de última generación.

Yo también lo hago (las mismas citas, se hable de lo que se hable).

El diseño razonable de itinerarios alternativos -incluidos, por supuesto, los de emergencia- de distintas intensidades y cierta flexibilidad en su trazado que permita adaptabilidad temporal. La disposición de corredores urbanos, sembrados de jardines o de parques, liderados por equipamientos culturales y deportivos, preñados de espacios intermedios para el recogimiento del individuo, o para mostrar el amor a un tercero, la investiga tenazmente el profesor Durán con los
estudiantes de mi laboratorio de proyectos de la Escuela de Arquitectura de la UPV. Las estaciones intermodales y los aparcamientos periféricos disuasorios son ingrediente imprescindible en la dieta móvil de la ciudad moderna.

En íntima y dialéctica comunión con el transporte público, la nueva movilidad urbana, hará depender y dependerá de la inteligencia de aquél su excelencia. El grado de satisfacción del usuario es la prueba permanente para afianzar y modificar a un tiempo. Y para rectificar si toca.

Si pudiera evitar recordar los largos años que se llamó “del Caudillo” y los que se mantuvo albergando su estatuaria ecuestre, no recordaría la “Tortada” ni a Goerlich, ni ese particular destello de memoria olfativa, como agridulce, entre de flor marchita y orín de adolescente. Ni su última y poco afortunada pavimentación. Ni las largas horas dedicadas, con solemne devoción de eterno díscipulo, a escuchar a Román Jiménez a propósito, entendida en su conjunto, con la
arquitectura que la construye y la sustancia. Incluida la vulgaridad buscada del “courtain wall” de los hermanos Pascual. O el Rialto de Tano Borso di Carminati –a quien considero entre los maestros constructores de la Valencia moderna- remodelado después por Camilo y Cristina Grau.

Y las famosas “mascletaes” (que ya estoy extrañado de no oír reivindicar “femellaes” por alguna amiga mía), la bajada de la Senyera, o el Saludo de los Reyes Magos (y el de los de verdad; que ahora no recuerdo bien pero estuvieron hace quince años) desde el Balcón (otra vez Román, y Emilio Rieta. Y Francisco Mora y Carlos Carbonell ) y el más reciente, de las Magas, y otras ocurrencias y chorradas …

Me ha preguntado un colega si no me tienta el perezoso concurso municipal. Le he dicho que no. Y aquí lo confieso.

Aquejado por un grado de desafección por la ciudad -que con mi alter ego JM Felix comparto- rayano en la impotencia productiva y cautivo de imposibilidad erectiva alguna, no sabría qué hacer. Olvidarla tal vez. Huir de un centro que fue y habité, semoviente, un día. En el que construí también, colándome en la fiesta que los mejores ya dieron. Invitado por ignorancia o por exceso de bondad (que tantasveces es lo mismo) del anfitrión.

Dejarla dormir en paz. Nada de eutanasia urbana. Cuidados paliativos. No más utilización, no más relato, no más recuerdo, no más historia, no más memoria. Olvido total.

Un proyecto nihilista, convertirla en una instantánea, en un vídeo de muy corta duración si lo prefieren, se me antoja posible. Es más, lo compartan o no -y les juro que apuesto por lo primero- yo ya lo estoy haciendo.

He peatonalizado, hace rato que dicen mis hermanos venezolanos, la Plaza del Ayuntamiento. Tantas veces, que recordarlo reconforta, como aquel primer beso furtivo e inconcluso, sin tacha de acoso alguno, y en ello me conformo.

Corazón fibrilado de la ciudad imposible, pase por quirófano. Con epidural, por favor.

José María Lozano Velasco. Catedrático de arquitectura de la UPV. Presidente de la Comisión de las Ciencias del CVC

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