10 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Primarias, ¿el epitafio del PSOE?

Díaz, López y Sánchez, antes de su debate (EP)

Díaz, López y Sánchez, antes de su debate (EP)

Aunque se empeñe el PSOE en presentar el proceso como una fiesta, es un funeral achacable a Pedro Sánchez y, después, a quienes le dejaron llegar hasta aquí pese a sus fracasos y frivolidad.

 

Aunque todos los candidatos del PSOE han dedicado energías a presumir de la supuesta transparencia democrática de sus Primarias, coronadas por un debate entre los tres aspirantes tan público en su audiencia como privativo de los militantes a efectos de propuestas, en realidad no son más que el triste epílogo de una larga época de derrumbe del partido que más tiempo ha gobernado España.

Sánchez es Hamon y Corbyn a la vez, y antes que los dos: él ya ha fracasado y que siga ahí define el estado del PSOE

Casi todo ello es achacable a Pedro Sánchez, un dirigente frustrado que busca rivales y causas extravagantes con tal de no asumir su estrepitoso legado: desde que alcanzó la secretaría general, una dádiva de la propia Susana Díaz que ha pagado así su tibieza y sus cálculos para dar el salto desde Andalucía, el PSOE no ha hecho otra cosa que padecer hecatombes electorales (desde las autonómicas hasta las catalanas pasando por dos generales); alimentar a su verdadero enemigo en las urnas (Podemos) y desdibujar su propuesta política para el conjunto de la ciudadanía, haciéndola incomprensible, contradictoria, indefenida, inestable y, en definitiva, adaptada en exclusiva a sus caprichos y necesidades antes que a los intereses del PSOE o del país al que se debe.

Los balbuceos del exsecretario general para definir su concepto de nación a preguntas de Patxi López, impropias de un dirigente serio pero perfectas para definir la endeblez del candidato, resumen una era en el PSOE que tiene que terminar ya, este mismo domingo, si quiere volver a ocupar un espacio central en el paisaje político español. Porque si la socialdemocracia está en crisis en toda Europa, con los flagrantes ejemplos de Hamon en Francia y Corbyn en el Reino Unido, en España lo está especialmente por la insólita particularidad de que su principal elemento de desestabilización no es una incógnita: Sánchez ya se ha estrellado dos veces en las urnas, y ni siquiera el adverso contexto de corrupción y crisis que asola al PP ha sido suficiente para permitirle obtener algún resultado decente.

 

 

Sánchez, en fin, es Hamon y Corbyn a la vez y antes que los dos, y en ese sentido resulta sorprendente que siga políticamente vivo y con opciones de ganar en su partido, aunque ello equivalga a perder, sin la menor duda, ante el conjunto de una sociedad que ya le ha dicho dos veces en poco tiempo qué piensa de él: apelar a los militantes, cada vez menos, más avejentados y menos críticos; es una mediocre manera de empequeñecer aún más a un partido que, para ser importante, ha de dirigirse siempre antes a los ciudadanos que a los afiliados. Pero Sánchez sabe que, cuando ha sido así, le han indicado la puerta de salida. Y por eso se aferra al único ámbito que le queda para mantener una pose y un discurso lamentables.

Apelar a unos pocos militantes cuando los ciudadanos ya te han contestado es propio de un dirigente mediocre y de un partido pequeño

Pero ni el exsecretario general hubiera llegado a serlo ni mucho menos hubiese sobrevivido a dos hecatombes, saldadas con la paralización obscena de España en un momento crítico; de no ser por la lamentable falta de pulso general en un PSOE superado por el bajo perfil de sus dirigentes y su nula valentía política.

Las constantes resurrecciones de Sánchez le perfilan a él como un político con pocos escrúpulos, nula palabra y escasos principios al que le da igual pactar lo que sea con quien sea con tal de mantenerse en el poder: sea con Podemos en ayuntamientos y autonomías tras acusarles de querer implantar en España el régimen de Venezuela; con Ciudadanos en las primeras Generales o, tras la repetición de los comicios, con el partido de Pablo Iglesias y con los independentistas, únicas fuerzas que le aseguraban la mayoría suficiente a costa de hacer ingobernable España y acelerar su desestabilización.

Pero también retratan a Susana Díaz y, en general, a una generación de socialistas incapaces de confrontar con el centro-derecha con otra cosa que no sean caricaturas y brochazos sectarios y, a la vez, de medirse con el populismo, al que se entregan para lograr gobiernos en regiones y ciudades que no ganaron en las urnas para luego intentar distanciarse por el curioso método de suscribir su agenda sobre la economía o la organización de España, en una versión edulcorada y meliflua, en lugar de tener una propia.

Pese a todo, parece mejor que venza la actual presidenta andaluza, pues aunque su currículo está lleno de sombras, errores y estropicios; no parece nada probable que se vaya a sumar a la estrategia de Sánchez de legitimar a populistas e independentistas para compensar sus escasos votos. Si ya nada garantiza que el PSOE vaya a ser nunca el que fue -y no hay más que ver quién ejerce de oposición, burda y demagoga pero oposición, mientras los socialistas celebran su 'fiesta' artificial-, la elección de Sánchez acabaría con cualquier oportunidad que pudiera quedarle al respecto.

Que tantas y tan relevantes cosas dependan de 100.000 afiliados es, en sí mismo, la última y más penosa prueba de dónde están los socialistas y de por qué no es descartable que el mismo que les llevó al cementerio acabe siendo el responsable de escribir su epitafio.

 

ESD
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