30 de mayo de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Necesita España otro Estado de Alarma o lo necesita Sánchez para esconderse?

El Gobierno ya tiene poderes máximos para gestionar la crisis sin acabar con el Estado de Derecho. O pacta su contenido, o no se puede prolongar una coartada escapista de Sánchez.

 

 

Desde el punto de vista sanitario, y una vez reducida la presión dramática sobre el sistema hospitalario (fruto de un contagio masivo que se alimentó entre febrero y marzo pese a los avisos internacionales), casi nada de lo sustantivo que prevé el Estado de Alarma debe dejarse de hacerse si esa prebenda decae y deja de estar vigente.

Al menos dos leyes, la General de Sanidad y la de Salud Pública, conceden al Gobierno la máxima potestad (y también la primera responsabilidad) en la gestión de tragedias como la presente. Algo que ni necesita de recursos excepcionales eternos ni de mandos únicos que ya preexisten para situaciones de esta naturaleza.

Y que, por cierto, aclaran quién tiene las competencias y derriban la falacia de que las Comunidades Autónomas fueron como poco igual de negligentes que el Gobierno al no detectar la terrible amenaza que se nos cernía, desde finales de febrero, cuando en lugar de tomar medidas preventivas se lanzó a la gente a las calles de manera casi kamikaze.

Esas leyes, además de la lógica, recalcan que solo Moncloa recibe las alertas internacionales y que a ésta compete trasladárselas a quien considere oportuno y tomar las medidas adecuadas.

Que no lo hizo es una evidencia, que eso tuvo efectos funestos también y que, sin embargo, el Gobierno intenta diluir su responsabilidad haciendo cómplices al resto por creerse sus mensajes tranquilizadores cuando el virus ya actuaba, resulta palmario.

 

 

En ese contexto de incompetencia previa, con resultados horribles en términos de mortandad disparada y ruina económica; el Estado de Alarma se ha servido de unos estragos que no han existido en casi ningún otro lugar del mundo para esconder el origen de todo, restringir las libertades y adoptar medidas traumáticas más fruto de su imprevisión que de la envergadura que hubiera tenido el coronavirus de haber actuado antes.

 

Que asuste a los ciudadanos haciéndoles ver que, de no renovarse esa mezcla de poderes máximos y transparencia mínima que caracteriza su gestión nepótica desde mediados de marzo, llegará el caos y subirán los muertos, es inaceptable. Pero muy coherente con un presidente que está más pendiente de fabricarse una coartada que de explicar lo que nos ha pasado y consensuar los mejores remedios.

Un relato falso

Para el PP no es fácil oponerse a un relato que, siendo falso, goza de una complicidad casi unánime en el monocultivo mediático que respalda a Sánchez: corre el riesgo de que el burdo intento de cargarle las consecuencias de acabar con el Estado de Alarma prospere. Pero tampoco puede sostener un falacia letal, plagada de mentiras y bulos, que ha derivado en un inmenso drama nacional.

Con un Sánchez abandonado por los mismos partidos que le hicieron presidente y dispuesto a utilizar el Estado de Alarma para restringir libertades, modificar leyes, esconder explicaciones e implantar un nefasto modelo ideológico en España; todo lo que no sea oponerse o abstenerse con condiciones será aún peor que exponerse a la propaganda adversa que sin duda sufrirá Casado si no acepta el chantaje de un Gobierno lamentable.

Comenta esta noticia