20 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sánchez no fue al funeral de las víctimas porque no se atreve a verlas de cerca

La Familia Real, con Meritxell Batet y Carmen Calvo

La Familia Real, con Meritxell Batet y Carmen Calvo

¿Qué podía haber más importante que acompañar a las familias de los 44.000 muertos por coronavirus? Nada, pero Sánchez los despreció marchándose a Portugal.

 

 

 

Pedro Sánchez decidió no acudir este lunes al funeral por las víctimas del coronavirus que, en presencia de los Reyes, ofició el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en la madrileña catedral de La Almudena. Improvisó un viaje a Portugal para esquivar el primer homenaje público a los 44.000 fallecidos por la epidemia, de los cuales cerca de 17.000 no son aún reconocidos por el Gobierno, de manera incomprensible e indignante.

El presidente pudo hacer antes o después ese viaje, o simplemente no hacerlo: nada había más importante ayer que ponerse al lado de los muertos y de sus familiares, para darles el calor que no han tenido y el abrazo colectivo que merecen: reconocer el dolor es el primer paso para empezar a superarlo.

Que sea con un formato religioso o civil es menos importante que su mera celebración, su profundo significado y su valía. Alegar e carácter confesional del acto es una mala excusa: la religión también es una herramienta cívica y social en momentos de zozobra, con independencia del credo de cada uno, y la mera presencia de familiares de las víctimas lo convertía en una cita ineludible para los poderes públicos.

No tiene disculpa, pues, el presidente del Gobierno. Y enviar en su lugar a Carmen Calvo demuestra que conocía la dimensión del acto, que la excusa laicista era improcedente y que, simplemente, no se personó porque no le pareció necesario. Un desprecio a las víctimas que refleja, además, un temor a ellas.

 

 

Porque Sánchez sabe perfectamente que la envergadura de la mortalidad en España, hasta 30 veces superior a la de Grecia y mayor que la de los países más afectados, es consecuencia directa del retraso en la adopción de medidas preventivas.

Pese a acumular e informes y advertencias que reclamaban la distancia social y desechaban las aglomeraciones ya desde febrero; optó por forzar la maquinaria hasta después del 8M y contribuyó con ello a extender un contagio sin parangón.

¿Unidad?

Y es consciente, también, de que una vez producidos los estragos, ha estado más centrado en disimularlos y diluir su responsabilidad que en explicarlos y paliarlos: esconder a 17.000 de los fallecidos, a los que no se incluye en la estadística oficial, lo resume todo.

Que un presidente así, lastrado por los errores previos y el sectarismo posterior, se permita además exigir unidad y se atreva a estigmatizar a cualquiera que no repita su falseado relato oficial; lo dice todo de los valores y emociones que adornan a un personaje simplemente lamentable e inhumano.

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