09 de abril de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Marcial Martelo

    Límite 140

    Twitter, frecuentemente culpable de grandes ocasiones perdidas para callar, termina proporcionando los retratos más inesperados, pero también más fieles, en forma de 140 caracteres. El mejor camino para leer los rastros que dejan las prisas, la concisión obligada y la imprudencia. 

El Watergate de Su Señoría

La tesis doctoral de Iñigo Errejón es bastante reveladora.

La tesis doctoral de Iñigo Errejón es bastante reveladora.

Vas a rematar al rival caído en el campo, y resulta que terminas dando un traspié y rompiéndote la crisma. Puede que a muchos les resulte difícil de comprender pero tiene una explicación.

@ierrejon: "Esperanza Aguirre quiso ser Thatcher pero acabó como Reagan: dimitiendo ante el acoso de su corrupción. Debe dimitir también en Ayto Madrid”.

No era ni Reagan ni un caso de corrupción, sino Nixon y una trama de espionaje político. Y sí, según dicen, éste es el listo.

En realidad, lo patético del tuit de Íñigo Errejón no fue el error en sí mismo, sino las clásicas circunstancias podemitas que lo rodearon.

La primera, el ansia, la rapidez felina en la reacción cuando se olfatea la sangre y se presiente la posibilidad de rematar al enemigo herido. Y es que ante el espectáculo de una Esperanza Aguirre en el papel de presa malherida, el bueno de Íñigo no pudo resistirse a aquel famoso mandamiento del inolvidable Bilardo, ejemplo de ética y maestro de caballerosidad en el campo: “¡Pisalo!” “¡Pisalo!”. Claro que el problema surge cuando vas a rematar al rival caído en el campo, y resulta que terminas dando un traspié y rompiéndote la crisma. 

La segunda, el eterno enfado. Hágase un repaso de las reacciones de los líderes de Podemos en estos últimos meses, y encontraremos un denominador común: un invariable cabreo. Y es que incluso en los hijos de altos funcionarios del Estado, millonarios empresarios de boticas y comunicaciones, consejeros de banco o espabilados usuarios de tarjetas black se adivina una suerte de permanente resentimiento por no se sabe bien qué afrenta, sufrida en un triste pasado lleno de penurias y vejaciones. Como si el mundo les debiera algo. Como si nunca nada fuera suficiente: cuando pierden, porque pierden, y cuando ganan, porque la diferencia no fue lo bastante.

Enfado indefinido hacia el mundo que se convierte en odio concreto hacia los demás, cuando salen de su ensimismamiento grupal y se percatan de que hay otros que respiran y piensan distinto. Y odio que sube a su vez un peldaño cuando perciben que al odiado no sólo le importa un bledo su odio, sino que, además, lo disfruta. Que, sobra aclararlo, es el caso de Aguirre.

Y la tercera, la vanidad y la condescendencia. ¿Cómo perdonar a Su Señoría el más mínimo desliz si parece estar siempre en posición permanente de Gran Pontífice, hastiado del irritante hatajo de analfabetos asilvestrados que es la Humanidad toda (menos Pablo Iglesias, naturalmente)?

No obstante, quizás haya algún motivo para la comprensión.

Lo encontramos en la tesis doctoral de Errejón. Dos frases que destacan en sus agradecimientos: “A mi padre, que me ha enseñado a pensar y combatir” y “Son much@s l@s compañer@s con los que he aprendido la ardua y preciosa tarea de “defender la alegría y organizar la rabia” (sic).

En una frase “pensar” y en otra “alegría”, pero siempre el “combate” y la “rabia”. Quizás eso lo explique todo. Errejón y sus camaradas han reducido su vida tan sólo a eso: una trinchera para odiar.

Por eso tienen que estar buscando permanente enemigos que combatir y fes ajenas que ridiculizar. Porque cuando se acaba el ruido y la furia, uno tiene que volver dentro de sí y ahí ya no queda nada.

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