12 de agosto de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La temible revuelta de temporeros en Albacete que puede extenderse por España

La inacción del Gobierno en un caso con riesgo de contagio por toda España es inadmisible y se corresponde con su inanidad general tras el Estado de Alarma.

 

 

Un centenar de temporeros aterrorizó literalmente a Albacete este domingo al liberarse del confinamiento que, en unas condiciones ciertamente lamentables, mantenía por prescripción médica. Hacinados en una nave en un páramo, sometidos a altas temperaturas y con el temor a que el contagio por covid de alguno de ellos se extendiera al resto; su reacción era previsible.

Pero que ésta sea tomar las calles, amenazar a la población civil con la enfermedad que más atemoriza a todo el mundo y saltarse todos los controles es inadmisible: nada justifica que, para protestar por una situación determinada, se utilice de algún modo como rehenes al resto de ciudadanos.

Y eso es lo que hizo un centenar de inmigrantes para reclamar la atención que, sin duda, merece su deplorable estado: ningún ser humano, con papeles o sin ellos, se merece malvivir en un asentamiento ilegal, por irregular que sea su presencia en España en no pocos casos.

Garantizar la salud pública y la seguridad ciudadana son dos obligaciones innegociables de los poderes públicos que, antes que a nadie, corresponde atender al Gobierno de España: no tiene ningún sentido delegar un fenómeno así en el Ayuntamiento de Albacete, cuyos recursos y atribuciones quedan superadas en casos así de manera flagrante.

La falta de reacción del Ejecutivo se corresponde, por lo demás, con su inanidad general para gestionar la pandemia y sus efectos secundarios desde que decayó el Estado de Alarma, como si a partir de ahí los inquietantes rebrotes de Cataluña o los disturbios en Castilla-La Mancha fueran asuntos ajenos.

 

 

A la gravedad del episodio local se le añade la inquietud por su posible "contagio" a tantas otras comunidades de temporeros que se ubican en distintos puntos del campo español. La emulación de comportamientos así, en los que se mezclan razonables expectativas con  dramatizaciones raciales y nulo respeto a las normas, es habitual.

Basta con que se ubique el conflicto en un relato simplón sobre la inmigración, en el que unos se sienten víctimas de todo y otros les niegan casi todo, para que se prenda esa mecha y el fuego se vuelva inevitable.

Y aún plantea otra duda este caso. ¿Qué reacción social habría de tener que repetirse los confinamientos masivos? Sin llegar a la explosividad vista en Albacete, no parece sencillo esperar de la ciudadanía en general una aceptación acrítica de nuevas órdenes en ese sentido que ahondaran en la crisis económica y en la situación terminal de muchas familias y negocios.

Que todo eso coincida con la sospecha de que España ya vive una segunda oleada de coronavirus, mitigada por la sensación veraniega y la ausencia de medidas del Gobierno, genera un cóctel final de lo más inquietante.

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