| 21 de Septiembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Manuel Avilés siendo entrevistado para un documental sobre Berlanga
Manuel Avilés siendo entrevistado para un documental sobre Berlanga

Libros, cultura…felicidad

Una vez más me salva la literatura y el arte en medio de tanta mediocridad y tanto choricerio. Ando últimamente, como decía Fernando Fernán Gómez, como los titiriteros, de aquí para allá

| Manuel Avilés Edición Alicante

Empecemos con un latinajo para despertar a las mentes obtusas, ahora que los grandes dirigentes de la nación quieren cargarse de los bachilleratos para analfabetos las lenguas clásicas, la filosofía y hasta los exámenes, que se pasa de curso habiendo suspendido el anterior y ahí tenemos la garantía de instalar permanentemente el borreguismo en el país: “In ómnibus  réquiem quaesivit, et nusquam invenit nisi in angulo cum libro”. Así empieza El nombre de la rosa. En todas partes he buscado el descanso y no lo he encontrado en ningún sitio salvo en un rincón con un libro.

Corren tiempos turbulentos, como aquel “Puente sobre aguas…” que cantaban Simón y Garfunkel hace cincuenta años. Siempre han sido turbulentos los tiempos porque siempre ha privado el egoísmo, la guerra desatada por el poder y el tocamiento de cojones de tanto trastornado como ha sobrevivido sobre la faz de la tierra en cualquier lugar y época.

Las turbulencias llegan a la Moncloa y ya andan buscando culpables que se coman el muerto del batacazo que se prevé en las elecciones madrileñas. Sánchez, listo y avisado, hace mutis por el foro y deja estrellarse solo a Gabilondo. Conozco –levemente- a este metafísico, me parece un hombre brillante por más que ahora salgan cartas de alumnos despechados aludiendo al mote de “Cromagnon”, que ostentaba cuando formaba parte de los Corazonistas y a las collejas que repartía entre el rebaño salvaje al que pretendía educar. Si quieren que hablemos de hostias que impartían los curas de la época, pregúntenme a mí,  que hubo pocos curas en mi colegio que no me dieran unas cuantas. Castigado permanente los primeros años del bachillerato, aun arrastro el reuma en el hombro fruto de la humedad de aquel rincón gélido en el que pasé varios miles de recreos. Recuerdo dos hostias delictivas: la del cura de francés, Tomás López –omito lo de padre porque diría padrastro, que me tiro de la silla al suelo en un claro abuso de superioridad porque él tendría treinta años y yo diez-. También es memorable la del prefecto Furones, por la espalda y a traición. Yo tocaba la batería como Led Zeppelin, con los cubiertos sobre el mármol de la mesa, mientras esperaba a aquel camarero mariquita que se contoneaba con la sopera de fideos y decía piropos haciendo alusión a lo bien que olíamos. Mal olfato tenía aquel moñas porque con una ducha semanal y las clases amontonadas, nuestro perfume debía de ser una  mezcla de choto del real y sillín de ciclista en una etapa pirenaica. Cantaba yo, mucho antes de integrarme en el Coro del Colegio de Abogados de Alicante, imitando a Los Puntos, “Llorando por Granada”: Dicen que es verdad, que se oye hablar en la noche cuando hay luna en las murallas….y me sorprendió por la retaguardia un directo de derechas, del tal Furones, que dio conmigo en el suelo una vez más. Lo raro, después de estas experiencias traumáticas, es que yo saliera director de cárceles y no un asesino en serie.

Una vez más me salva la literatura y el arte en medio de tanta mediocridad y tanto choricerio

Sigo con los curas. Brevemente porque no voy a reventar antes de tiempo, tras el éxito de “De prisiones, putas y pistolas”, el contrato de una continuación que ya he pactado con mi editor, el nunca bien ponderado Gregori Kerrigan. Leo que la Iglesia española admite doscientos veinte casos de pederastia. Pocos me parecen. En honor a la verdad, en mi colegio, me llevé todas las hostias del mundo, pero meterme mano, lo que se dice meterme mano, nunca. Y no digo más porque lo dejo para el libro. En él, cuento el camino por el que acabé en la cárcel entre etarras, atracadores, yihadistas, mariconas de playa y sindicalistas vagos y golfos, amantes de las gambas y los días libres. Entre funcionarios ejemplares y maravillosos, orgullo del país al que servían, y unos cuantos sinvergüenzas que no se han ganado jamás ni el agua del grifo que podían beber en un día.

La jerarquía católica admite doscientos veinte casos de pederastia y afirma que la Congregación para la doctrina de la Fe, centraliza los casos que llegan de todas las diócesis – ver el País de 24 de abril – a la vez que habla del racaneo de los jerarcas españoles que no tienen la intención de investigar nada. Lo veo claro, en un colegio catalán han expedientado al informático por informar a la policía del hallazgo de material pedófilo. Treinta y nueve gigas, que eso debe de ser un pasote.  Lo acusan de perjudicar al centro y violar la cláusula de confidencialidad.

¿Ven manchas de sangre en el artículo? Es que me acabo de cortar las venas de puro asombro. Dicen que ellos ya han dado aviso al arzobispado y al Vaticano. ¡Perdón, sujétenme el cubata! A ver si me aclaro. Hay un cura de 63 años – presuntamente todo hasta que se demuestre- embarrado hasta el pescuezo en asuntos de pederastia y la resolución es decirlo al arzobispo y a papa. ¡Me cago en to lo que se menea!

Suspéndanlo a divinis, prohíbanle decir misa, destitúyanlo de la parroquia….pero eso es un asunto judicial, policial y carcelario, no algo interno que se arregla con las penas del infierno en su caso, con una confesión general y unos ejercicios espirituales ignacianos.

El papa tiene trabajo. Se ve que los puntales de la vida religiosa: la castidad y la pobreza, que con la obediencia no me meto, hacen aguas por todos los sitios. Anda el pobre Francisco achicando el hundimiento porque ha tenido que entrar como el tío de la vara en el colegio cardenalicio por asuntos de cohechos, blanqueo de capitales, dispendios excesivos, nepotismo – pais 20 abril- y cribar a los empleados contra todo tipo de delitos. Un repaso al código penal con conductas muy poco evangélicas.

Una vez más me salva la literatura y el arte en medio de tanta mediocridad y tanto choricerio. Ando últimamente, como decía el genio Fernando Fernán Gómez, como puta por rastrojo, como los titiriteros, de aquí para allá. Ayer estuve en Valencia grabando un programa sobre el centenario de Berlanga en la vieja cárcel de Mislata en donde yo autoricé al gran director para que rodara en el verano del 93, “Todos a la cárcel”. ¡Que visionario Berlanga! La misma película llena de chorizos, embusteros y oportunistas, la podría rodar hoy mismo. Disfruté con los chicos de “Terres de cinema”, contando batallas del abuelo cebolleta. Ya os diré cuando lo ponen.

En los viajes para presentar las putas y las pistolas, en la incompetente Renfe – dos horas de retraso desde Valencia a Alicante-, para no sacar el cuchillo de Rambo que llevo en la faltriquera y apuñalar a tanto trastornado como anda suelto – recuerden lo de asesino en serie por los traumas del colegio- me solazo, me divierto, me evado y no pongo más verbos porque todos tendrían connotaciones sexuales, con lecturas impagables.

Aprendo sobre la avaricia y las degradaciones monárquicas con la “Leyenda de la Peregrina”, de mi amor platónico – correspondido- Carmen Posadas. Recorro el Madrid del Siglo de Oro, sus iglesias, sus tabernas, sus tugurios llenos de sinvergüenzas y buscavidas en el Libelo de sangre escrito por esa belleza de mujer que es Sandra Aza. Vivo la España de principios del siglo XX, los intereses y las trifulcas rurales, el odio, la opresión de la mujer, los matrimonios de conveniencia y las guerras por heredar con esa obra intensa y realista de una mujer que no conozco, Olga Luján que con “Entre vinos hablaos”, ha dado inicio con toda seguridad a una prometedora carrera.

Seguiría y no acabaría. Veo, con mi jefa, mi amiga, mi amor, mi líder…Marta Robles como tantos y tantos reyes, desde los visigodos, desde Don Rodrigo y Don Pelayo, han reinado más inspirados por la bragueta que por cualquier otra consideración. Lean sus “Pasiones carnales” y sufran con la imaginación como yo he sufrido. Me voy de fin de semana festivo y desmadrado al cumpleaños de Mónica Nombela  en su “A contratiempo” maldiciendo que no me lleve a uno de esos con amigas liberales.  Mato, como los trastornados  de “Todos buscan a Nora Roy” en el que Lorena Franco, de aspecto angelical, demuestra que la cara no es el espejo del alma porque esta mujer asesina apuñalando como nadie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Evelyn Kassner, que dice que es una escritora novel y escribe mejor que el noventa y cinco por ciento de los consagrados, me ha hecho vibrar con “La casa de las flores blancas”. ¡Qué mujer y qué escritora!

Leo todo esto, disfruto, me voy de varilla – incluso a destiempo, como el cura Agustín González en “La corte del Faraón”, malgasto tres erecciones y media, y me muero de la envidia porque las mujeres nos dan sopas con honda a la hora de escribir.

El infinito en un junco. Irene Vallejo. ¡Qué delicia de libro! ¡Qué mujer tan sabia! Y qué recorrido por las orillas del Nilo cortando juncos para hacer papiros, qué manera de entrar en las profundidades de Mesopotamia hablando de las tablillas  sumerias y ugaríticas, las de escritura cuneiforme. Es imposible reunir tanta sabiduría en una cabeza. ¡Qué acomplejado estoy! Cuando Irene nos lleva a Pérgamo – allí se descubrió el pergamino tras una guerra comercial con los egipcios- y a la creación de la imprenta para que los humanos analfabetos, pero con sed de saber, pudiésemos disfrutar con esa manera mágica de transmitir el pensamiento que es la escritura. Desde hoy soy ferviente seguidor de Irene Vallejo y su junco infinito.