28 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Pedro Sánchez, Carmen Calvo y Nadia Calviño / E. Parra. POOL / Europa Press
Pedro Sánchez, Carmen Calvo y Nadia Calviño / E. Parra. POOL / Europa Press

De Calvo a Calviño

La tecnócrata Nadia Calviño ha sido ascendida a los altares, en un claro afán de Sánchez por complacer a Bruselas y que le dejen manejar el maná de los fondos europeos a su antojo

| Mónica Nombela Edición Alicante

Perdonen si me repito, pero estoy viendo el partido de la final de la Eurocopa por televisión, como un hecho excepcional, dado que no tengo tiempo ni para rascarme hasta agosto, y preguntándome por qué los espectadores van sin mascarillas. Como si no pasara nada. Me quedo muerta al percibirlo, mientras me pregunto quién anda detrás de esta decisión, ¿la UEFA? El italiano Chiesa le echa un cuento que no veas a su caída. Es verdad que los rivales le habían metido un buen empujón, pero se presupone que estos tíos son duros de pelar, que entiendo que para eso muestran su rudeza cuando escupen ante la cámara. No sé a ustedes, pero a mí esta me parece una costumbre asquerosa de estos pseudo gladiadores, entronizados a héroes del siglo XXI por pegarle bien al balón.

En línea con la despreocupada actitud de los asistentes al partido y obviando también al virus, nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sigue a la suya a vueltas con el tema de la recuperación económica, como si nos fuéramos a salir del mapa con el crecimiento que vaticina. Medios afines al Gobierno incluso hablan de un crecimiento del 6% este año y otro tanto en 2022, lo que califican de “cifras de posguerra” tras el castañazo del 11% en 2020. Habiendo hecho volar por los aires su gabinete, como la pulga circense de la peli “Bichos, una aventura en miniatura”, en el número llamado fuego letal, Sánchez parece que se crea imbatible. El momento ha sido efectista, no se puede negar, especialmente por tres de los salientes, pertenecientes a lo que creíamos su núcleo duro: me refiero a Iván Redondo, a Ábalos y a Carmen Calvo. Algunos de los ceses los ha justificado como relevo generacional. Sin ambages, que se los ha quitado de encima por viejos, aunque no lo sean tanto, lo que me parece simplemente indignante, ¿por qué esta manía de adorar la juventud, por encima de la experiencia? Esto no ocurre en otras partes del mundo, y Biden es un claro ejemplo de ello.

El banquillo ha corrido, al salir la vicepresidenta primera del Gobierno. No se enfade, señora Calvo, solo son negocios, que en política no hay amigos. De Calvo a Calviño, esto suena a lo mismo, pero venido a menos. La tecnócrata Nadia Calviño ha sido ascendida a los altares, en un claro afán de Sánchez por complacer a Bruselas y que le dejen manejar el maná de los fondos europeos a su antojo. Harán mal si se lo consienten y no lo atan corto. Necesitamos el dinero, pero que llegue realmente adonde se precisa y está previsto, no a financiar planes mesiánicos destinados a apuntalar al líder de esta nueva fe, que es el sanchismo. Con vista retrospectiva, y hablando de credos, me gustaba más cuando nos hacían rezar al principio de las clases en el colegio.

A ver si va a resultar que la que manda en la sombra es Irene Montero, lo que serviría de explicación de muchas de las últimas decisiones tomadas

A todo esto, solo puede haber una explicación para el cese del hasta ayer todopoderoso Iván Redondo: la cagó estrepitosamente con la maniobra de la alianza con Ciudadanos. Redondo había intentado derrocar al PP, a la par que fagocitar las exequias del partido naranja, con esa peligrosa jugada a tres bandas; pero una Ayuso más que viva le salió al paso y ha crecido como la espuma gracias al propio Redondo, lo que ha hecho nacer el deseo en Sánchez de potenciar la presencia femenina en su gabinete. Ya se murmura que Ayuso se postula como oposición a Sánchez, aunque hace nada juraba fidelidad a su Casado. Pero, insisto, en política los amigos no existen, quien crea lo contrario puede relajarse y no sentir el puñal del que hasta un momento antes se declaraba su íntimo, clavado hasta el corvejón. Parece que el sustituto de Redondo es también para echar cuerpo a tierra, un jurista ideólogo de las últimas leyes más espeluznantes y menos consensuadas y apenas reflexionadas en la Cámara, sobre cuestiones de enorme transcendencia como la eutanasia -insisto en el mal gusto a la hora de dictarla, en plena ola de miles de fallecimientos por el COVID-19-, o la de seguridad nacional -que menudo sustito tengo aún, me pone los pelos de punta, ya hablaremos de esto otro día-. Así que no se me vayan a relajar, que tranquilos, lo que se dice tranquilos, no podemos estar.

 

Lo más alucinante es que el boca-chanclas de Garzón, ese al que convendría decirle que no hable de lo que no sabe, que ha revolucionado las redes con sus desafortunados comentarios sobre el consumo de carne y puesto en pie de guerra a la España vaciada, donde están los productores, siga ahí de ministro. Me hago cruces. Por no hablar del ascenso de la ministra de Trabajo, que está demostrando ser una suertuda, a la que las desgracias ajenas han acabado situando de vicepresidenta segunda del Gobierno. Y eso, después de sus actuaciones al más puro estilo Muppet Show, es, como mínimo para quedarnos a cuadros escoceses. Podemos ha salido reforzado de todo este envite y sus ministros intactos, así que ya sabemos en el fondo quién manda aquí, con o sin Iglesias. A ver si va a resultar que la que manda en la sombra es Irene Montero, lo que serviría de explicación de muchas de las últimas decisiones tomadas.

Mónica Nombela Olmo

​Abogada y escritora