21 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

× España Medios Tribunales Opinión Estilo Chismógrafo Deportes Tecnología Tvcine Economía Medio Ambiente ESdiario TV Mundo C. Valenciana Vanidad
Escena de la película 'Plácido' de Luis García Berlanga

Berlanga y los abuelitos de las banderas y el silbato

El SEPE no abre ni da citas ni tiene el sistema operativo. Los centros de salud están cerrados. Salen abuelos vacunándose en televisión y leo en prensa que la lentitud es la norma

Ya vendrá alguno a decir que ofendo a los abuelos. Es imposible. Soy uno de ellos, aunque no vaya a la plaza del ayuntamiento a dar banderazos ni pitidos porque estoy convencido de la inutilidad de esas acciones. Me explicaré.

Es esencial, cuando se es un abuelo, conservar la tensión vital, mantener la actividad intelectual y física, la ilusión por hacer cosas y desarrollar proyectos. Lo contrario, dedicarse a la telebasura, dormitar en el orejero un día tras otro, es la muerte, el camino más rápido y seguro a estirar la pata y presentarte ante “Mulana”[1] conducido por el cancerbero de la laguna Estigia.

Este año se celebra el centenario de su nacimiento. Es el año de Berlanga, uno de los genios que ha dado este país en el último siglo. Berlanga –tuve la suerte de conocerlo y tratarlo a partir del año 93- fue un modelo de actividad en la madurez, un genio mantenido y aumentado con y pese a la edad.

No quise hacer el cameo que don Luis me propuso. Un gilipollas yo, que no quería identificarme con aquel director sinvergonzón

Mi cultura cinematográfica no es como para tirar cohetes. Confieso que, desde que mi mujer me dejó por otro, perdí la posibilidad de ver cine por dos razones: me duermo y no tengo quien me reconduzca en el desarrollo de la película –qué ha pasado, quién es el asesino, quién ha puesto los cuernos a quien y quien está preparando un desfalco, una puñalada trapera o cualquier otra perrería de las que conforman los thrillers de la cinematografía negra-.

Me he quedado –a la fuerza ahorcan- en El verdugo, una historia entrañable en la que Amadeo, funcionario del ministerio de justicia encargado de ejecutar  las penas de muerte por garrote vil, intenta que su yerno coja el puesto de verdugo para no perder el piso que el ministerio le tiene asignado. 

Me quedé en Plácido, otra genial  “berlanguianada”  que satiriza de manera inmisericorde aquel lema franquista y nacionalcatólico de “siente un pobre a su mesa”: los ricos haciendo caridad para tranquilizar sus conciencias, dar buena imagen y reservarse un sitio en el cielo clasista –el de las indulgencias, los jubileos y las misas perpetuas-.

Me quedé en Todos a la cárcel, la última genialidad del maestro. Ya he dicho que fui imbécil porque, tras autorizar su rodaje en mi cárcel vieja de Valencia que cerré para inaugurar Picassent, no quise hacer el cameo que don Luis me propuso. Un gilipollas yo, que no quería identificarme con aquel director sinvergonzón -el también genial Agustín González- que acaba la película fugándose con un travestí. Berlanga desnuda a los políticos y los ve a todos igual de chorizos: en el día del preso de conciencia, todos aprovechan la actividad altruista para hacer negocios. Lo mismo que en La escopeta nacional. La caza era lo de menos y el tráfico de influencias y los polvos espurios, lo que más.

Sean ciudadanos modelos, paguen sus impuestos, confínense y usen mascarilla, hagan caso al toque de queda

Todos –los políticos de Berlanga como los de ahora- en busca de su propio provecho so capa de entrega a los demás. Pura fachada lo de la generosidad y la entrega al bien común que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. ¡Qué listo Berlanga! ¡Qué genio! ¡Qué capacidad corrosiva para retratar miserias con una carcajada!

Haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, decía Jesús de Nazaret de los fariseos a los que llamaba sepulcros blanqueados. Sean ciudadanos modelos, paguen sus impuestos, confínense y usen mascarilla, hagan caso al toque de queda. ¿Han visto ese señor que ocupa un cargo sin el cual la gestión ciudadana y el bienestar de todos estaría en precario? Leo que el director general de participación ciudadana y derechos humanos de la Rioja - ¡cómo ha podido la Rioja sobrevivir tantos años sin ese cargo!- don Mario Herrera, empotró su BMW contra un árbol en la madrugada del 31 de diciembre. Él solo se salió de la carretera y se estrelló. Parece que se fue sin llamar a Guardia civil ni avisar. Las excusas no se las cree ni el que asó la manteca: un amigo se lesionó jugando con los perros y lo llevaba urgente al hospital. Me gustaría ver los partes ese affaire. Este señor parece el actor ideal para el batiburrillo de Berlanga en Todos a la cárcel. Todo son excusas, motivaciones tontunas, argumentos peregrinos e increíbles, persiguiendo lo fundamental: el puesto, el estatus, el sueldo.

Hablan de derechos y de seguridades para los ciudadanos, pero el SEPE no abre ni da citas ni tiene el sistema operativo. Los centros de salud están cerrados. Salen abuelos vacunándose en televisión y leo en prensa que la lentitud es la norma y el ritmo un desastre. Una residencia parece que vacuna a enchufados. De mi grupo de riesgo, todos jubilados y todos con mil goteras, no conozco a ni un vacunado. Se va a la mierda el eslogan de que “tenemos la mejor sanidad del mundo”.  Si tienes –caso real de una persona que puedo presentarles- un edema en un brazo que dura años y te lleva mártir, no pidas cita que no te cogen ni el teléfono. En un grupo ilustrado, para auxiliar a esta persona, propuse enviar una carta al Presidente Puig y a la Consellera Barceló. Ni se te ocurra – dijeron- tienen la contestación preparada: ¡Ni hablar del peluquín! Ese es el modelo. Se multiplican las bromas en las redes: pongan la vacuna en la cerveza y en tres días estamos todos vacunados.

El tema está en ocupar y mantener los sillones. Deme sus votos y le doy lo que pida

Los abuelitos me mandan videos de sus protestas y de sus lemas: ¡Las pensiones se defienden! ¡Las residencias no son un negocio, son una necesidad pública y un derecho! No se enteran. Les he dicho mil veces que, a los políticos, los silbatos y las manifestaciones se la sudan.

Vean a Sánchez –no personalizo que los otros lo hacían y lo harán igual-. Ha cedido en todo lo que le han pedido. ¿Por qué? Porque Podemos, PNV, ERC, Bildu, los puigdemones… tenían la llave con la cual él accede a su sillón monclovita. No se me amontonen que Aznar, cuando la derrota dulce de Felipe, pactó con Arzallus y hablaba catalán con Pujol y si repasan la hemeroteca verán que los populares acuerdan con los bildus, más de lo que confiesan, en esta última legislatura en el parlamento vasco. El tema está en ocupar y mantener los sillones.

¿Quiere usted transferencias? Deme sus votos y le doy lo que pida. ¿Quiere etarras trasladados?  Yo se los traslado –he escrito mucho sobre eso en este diario y estoy de acuerdo con que cada penado cumpla cerca de su ámbito social-. ¿Quiere usted que indulte a los junquerosos y a los puigdemones? No se preocupe que ya veremos. De momento los colocamos en un régimen muelle y en febrero hablamos. No sufran.

Abuelitos del silbato y la bandera. Quince o veinte votos en el parlamento, de esos que dan y quitan gobiernos, valen más que su peso en oro. Los silbatos y la agitación de banderitas ante los ayuntamientos no arreglan nada. Ni pensiones ni residencias ni nada y somos nueve millones. Seguiré dando la paliza. 

[1] Mi padre, que estuvo varios años de legionario en Larache hablaba de “Mulana” como una especie de demonio de los moros ante el que rendían cuentas en el juicio final. Muchos años después, en la cárcel de Benalúa, oí a algunos moros mencionar a Mulana en idéntico sentido. Desde entonces acepté a ese ser de los inframundos.