| 29 de Mayo de 2024 Director Benjamín López

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'Me gusta la fruta': Las enseñanzas en el campamento El Copero

Tampoco lo entiendo para Isabel Díaz Ayuso, porque ese insulto, de haberlo pronunciado, pierde todo su sentido textual para convertirse en un exabrupto absolutamente abstracto.

Cuando en alguna de aquellas guerras púnicas llegué al campamento sevillano de El Copero con cientos de reclutas desde toda España para iniciar nuestra instrucción de mili obligatoria, en la primera charla que nos dieron a todos y antes de separarnos por compañías, el oficial metido a lingüista, no sé si chusquero, y conociendo nuestras distintas procedencias y jergas nos advirtió de las habituales frases malsonantes, pero con muy distinto significado léxico según nacencia y educación de quienes las pronunciaran; por lo tanto, deberíamos de ser tolerantes (hasta cierto punto) y no tomarlas al pie de la letra (semántica), porque incluso el tono o el contexto dentro de una comunicación podían variar absolutamente su sentido real o figurado.

Hijo de puta, cambrón o me cago en tus muertos…, dicho por un andaluz con su gracejo habitual, no debían ser tomados a mal en su literalidad por un español Despeñaperros arriba. Y sensu contrario ciscarse de vientre en la Santísima Virgen, su Hijo y todos los santos llegando a la más alta magistratura divina, tan habitual entonces en el resto de los españoles, tampoco debería resultar ofensivo ni lacerante a los tradicionalmente reverentes oídos andaluces.

Al día siguiente varios quintos fueron al calabozo por haber hecho caso omiso a las muy experimentadas instrucciones del oficial instructor, dejando brotar su espontaneidad (lenguaje aprendido desde la infancia) y acabando en más que palabras, o sea: hostias, leches, trompazos, etc., según naturalezas de los contrincantes. Todavía recuerdo como un cordobés estuvo a punto de perder un ojo, dándole la blanca por “tuerto”; mientras a otro de Albacete, tras breve exploración médica, le diagnosticaron que no sabían si podría ser padre en un futuro, y como no hay mal que por bien no venga, aquel patadón inguinal también lo devolvió a casa ya licenciado.

Viene todo esto a cuento por el revuelo que se ha armado en el gallinero mediático y en las siempre desaforadas, hiperbólicas e incontinentes redes sociales cuando la bella Ayuso, sentada en la tribuna de un parlamento que no era el suyo propiamente, y ante las mendaces acusaciones de corrupta por parte del guapo Pedro Sánchez, saliéndose del guion de las Cortes Españolas para entrometerse impropiamente en asuntos de la Comunidad de Madrid, le soltó al socialista (por lo bajini) un “¡hijo de puta!”, o tal que así lo interpretamos muchos, provocando la presidenta madrileña tal convulsión nacional que inmediatamente debió rectificar por la vía del absurdo y la descontextualización significativa asegurando que sus palabras textuales fueron: “me gusta la fruta”.

Una clara “Paronomasia”: 1. f. Semejanza entre dos o más vocablos que no se diferencian sino por la vocal acentuada en cada uno de ellos o por algún otro rasgo fonético (RAE). Un claro exempla de “Donde dije digo, digo Diego”, truncando lo que, sin el conveniente filtro cerebral, y más para un político/a le salió de la bilis más cabreada en mujer de tantísimo carácter.

Los socialistas como no pueden romperle su cara desmelenada intentarán rasgarle el alma de su futuro político

Desconozco si la presidenta Ayuso se atraca cada mañana de la rica frutería hispana y excolonias; pudiéramos convenir en que es estupenda dieta para aminorar desproporciones donde la espalda pierde su honesto nombre, pero también un sinsentido cuando tu principal y más poderoso adversario político intenta fulminarte sabiendo que eres la gran esperanza blanca de la derecha si un día, Dios no lo quiera, faltase Núñez Feijóo. Este año a buen seguro no le van a faltar cestas hortofrutícolas del Levante español en el acomodado piso que comparte con su propietario y novio ¿o para la izquierda Isabelita debería de vivir en loor de virginidad como una Santa Teresa de la cosa pública? Eso sí, cada mañana deberá cantar ante el espejo aquella canción de: “no lo volveré hacer más”, a sabiendas de que los socialistas como no pueden romperle su hermosa cara desmelenada intentarán rasgarle el alma de su futuro político.

Claro está, pues otra parte, no entendería que ningún español/a siquiera piense que la señora madre del presidente haya ejercido oficio de mujer pública (hubo otros más antiguos) tan milenario como deleznable, sino todo lo contrario, y por lo que se sabe, siempre se ha dedicado a su familia y a ejercer como una estupenda ama de casa y soporte de su hijo como profesional de la política. Tampoco lo entiendo para Isabel Díaz Ayuso, porque ese insulto, de haberlo pronunciado, pierde todo su sentido textual para convertirse en un exabrupto absolutamente abstracto. Pobres de las madres de futbolistas, toreros, compañeros/as de colegios y cualquier otro adversario y adversaria que en la vida han sido. Toda España un lupanar, todos los españoles, vikingos sin poder quitarse el casco.

Claro que en el fondo del arrabal subyace el horrendo y hortera cariz que está tomando la prosodia parlamentaria con tanto boca de hacha, mal hablado, lenguaraz, faltón y muchos más emporcados apelativos que ustedes quieran para nuestros dilectos representantes, que en lugar de paradigmas en oratoria, parlamentarismo inteligente y modelo para las generaciones más jóvenes (quizá por eso desconfían tanto de la política), se nos muestran ellos/ellas como “arremangás” verduleras de baja estofa y arrieros más acostumbrados a dirigirse a los animales de tiro que a las personas con las que apenas conviven.

Lo malo de todo esto es que, como tantas veces en España, ya haya quien piense pasar de las palabras a los hechos.