Las inteligencias artificiales prometían cambiarlo todo (pero siguen sin saber hacer casi nada)
Ni ChatGPT ni Gemini ni Copilot: las máquinas más “inteligentes” del planeta aún se lían con lo básico (y a veces empeoran lo que ya funcionaba).
La IA sigue sin poder poner en marcha muchas tareas.
Durante meses se habló de una revolución. Que si el futuro del trabajo, que si el fin de los redactores, los diseñadores y hasta los profesores. Pero al final, la inteligencia artificial ha resultado ser más lenta, más cara y, en muchos casos, más torpe que las herramientas de siempre. Lo que iba a ser una era dorada de productividad se ha convertido en un desfile de prompts mal escritos y resultados que dan ganas de volver al papel y el boli.
Cuando lo rápido ya no es tan rápido (ni tan útil)
Prometían ahorrar tiempo, pero la mayoría de usuarios se pasan minutos (a veces horas) escribiendo instrucciones, ajustando detalles y corrigiendo errores que antes se resolvían con un clic. Generar una imagen sencilla puede requerir tres intentos, un curso acelerado de inglés y la paciencia de un santo. Y si la IA “no te entiende”, mejor empezar de cero.
Mientras tanto, muchos vuelven a los básicos: Photoshop de toda la vida, traductores humanos o plantillas de Canva. Herramientas imperfectas, sí, pero que funcionan sin pedirte que escribas un ensayo para generar una foto. (Lo de la inmediatez, parece, se ha quedado en los PowerPoints de las presentaciones).
Chismógrafo
Mi móvil acabó derretido al sol: qué pasa realmente cuando se recalienta (y cómo evitarlo)
I. Murillo
Creatividad de plástico y textos clonados (la gran estafa del genio digital)
Las máquinas escriben, sí, pero todas suenan igual. Cambia el tema, el tono o el idioma, y el resultado sigue siendo ese mismo texto tibio, correcto y aburrido. La supuesta creatividad artificial es más bien una fotocopia infinita con sonrisa de emoji. Detrás de cada respuesta brillante hay un refrito de lo que otros ya dijeron (y mejor).
Quien busca autenticidad empieza a mirar hacia los márgenes: boletines personales, microblogs, textos de autor o diseño artesanal. La imperfección humana ha vuelto a ser un lujo. (Y no hay algoritmo que lo copie sin parecer un becario con prisa).
Eliminar el fondo de una foto, corregir un texto o planificar un viaje eran tareas simples. Hoy, muchos recurren a una IA para hacerlo… y terminan con un fondo borroso, un texto sin alma o unas vacaciones imposibles.
El precio de la comodidad (y de la dependencia)
Usarlas gratis es una trampa. Casi todas las plataformas acaban empujando al usuario a versiones de pago que prometen “resultados profesionales” a cambio de cuotas mensuales. Pero lo más preocupante no es el dinero: es la sensación de que, poco a poco, la gente deja de pensar por sí misma. La máquina responde, tú asientes y listo.
Por eso proliferan los “movimientos de desconexión”: escribir a mano, volver al dibujo, recuperar oficios y pensar sin pantallas. Hay quien dice que el nuevo lujo es hacer las cosas despacio. (Y que lo “inteligente”, en realidad, es no delegar tanto en una máquina).
Lo que antes se hacía con un clic (ahora requiere inteligencia artificial)
Eliminar el fondo de una foto, corregir un texto o planificar un viaje eran tareas simples. Hoy, muchos recurren a una IA para hacerlo… y terminan con un fondo borroso, un texto sin alma o unas vacaciones imposibles. Quizá la verdadera inteligencia no sea artificial, sino saber cuándo no usarla.
En cambio, los usuarios más avispados están combinando lo mejor de ambos mundos: IA para inspirar, cerebro humano para decidir. Usan los modelos como brújula, no como piloto automático. (Porque si dejas que la máquina conduzca, no te sorprendas si acabas en dirección contraria).