La última voluntad de Irene de Grecia que hiela Zarzuela y a la Familia Real tras su muerte
La Princesa griega ha fallecido en Palacio y ahora trascienden sus últimas voluntades tras triste desenlace. Quería volver a casa y pensaba en Constantino.
Doña Sofía e Irene de Grecia, en una foto de archivo en Atenas.
En los pasillos silenciosos del Palacio de La Zarzuela se ha producido en los últimos días un giro tan inesperado como profundamente humano en la vida de una de las familias reales más antiguas de Europa. La Reina Sofía, a sus 87 años, ha tomado una decisión poco habitual en su larga trayectoria institucional: cancelar su agenda pública para no separarse de su hermana menor, la Princesa Irene de Grecia.
Tras años de extrema discreción, la salud de Irene, de 83 años, experimentaba un deterioro evidente que encendía todas las alarmas en su entorno más cercano. Fuentes próximas a la familia hablaban de un declive físico y cognitivo progresivo que se habría agravado en las últimas semanas. Una situación delicada que obligaba a la Reina Sofía a anteponer lo personal a cualquier compromiso oficial, por relevante que fuera.
Lo que hasta ahora había permanecido en el ámbito estrictamente privado ha terminado saliendo a la luz, no tanto por comunicados oficiales como por gestos elocuentes. La cancelación de actos previstos en Canarias y la ausencia de la Reina Emérita en citas ya confirmadas han dejado claro que la prioridad absoluta en esos momentos era una sola: estar al lado de Irene en sus últimas horas.
Ahora, ya fallecida este jueves 15, la relación entre ambas hermanas ha sido siempre excepcional. Hijas del Rey Pablo y la Reina Federica de Grecia, compartieron desde jóvenes el exilio, la incertidumbre y los vaivenes de una Europa convulsa. Irene, de carácter reservado, profundamente espiritual y con una vida alejada de los focos, nunca formó una familia propia. Su hogar, durante décadas, ha sido el de su hermana. Primero en Grecia, después en España y finalmente en La Zarzuela, donde se convirtió en una presencia constante, silenciosa y fundamental.
Durante años fue confidente, apoyo y acompañante fiel de Sofía en los momentos más complejos de su vida personal y pública. Por eso, ahora que las fuerzas flaquean y la salud de Irene se resiente, el papel se invierte de forma natural. La reina emérita no se separa de ella y ha decidido detener su rutina institucional para vivir este momento con la intimidad y la serenidad que la situación exige.
La última aparición pública significativa de la princesa Irene se produjo hace meses y desde entonces su presencia ha sido prácticamente inexistente. Un silencio que hoy adquiere un significado distinto y que explica la preocupación que se respira en el entorno más cercano a la familia real. No hay comunicados alarmistas, pero sí gestos claros que apuntan a una etapa especialmente sensible.
La decisión de Doña Sofía de suspender compromisos oficiales, entre ellos reconocimientos y actos académicos ya anunciados, ha sido interpretada como algo más que un simple ajuste de agenda. Es la confirmación de un vínculo que ha marcado toda una vida y que, llegado este punto, pesa más que cualquier protocolo.
La Princesa Irene siempre fue una figura atípica en la realeza europea. Amante de la música, la cultura y la vida interior, rehuyó protagonismos y titulares, eligiendo siempre la cercanía familiar frente a los grandes escenarios. Hoy, cuando su salud se apaga lentamente, ese legado de discreción y afecto se convierte en el centro de una historia profundamente humana.
Ahora el luto se ha apoderado de La Zarzuela. Y la preocupación ha pasado de la ya fallecida Irene de Grecia a cómo pueda afectar al estado emocional de la querida Reina Emérita.
Chismógrafo
Alerta máxima en Zarzuela: el estado crítico de Irene de Grecia hunde a la Reina Sofía
David Lozano