Una feminista desmonta al kioskero de Podemos en directo en ‘En boca de todos’

El dirigente morado quiso dar una lección de feminismo de manual, pero se topó con una ganadera que le devolvió al barro, al esfuerzo y a la España real que su partido lleva años sin entender

En boca de todos

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Lo que ocurrió este lunes en En boca de todos no fue un simple rifirrafe televisivo. Fue algo bastante peor para Pablo Fernández: un retrato en vivo y en directo. El dirigente de Podemos, instalado en ese tono de argumentario prefabricado que tan bien funciona en la burbuja militante y tan mal resiste el contraste con la realidad, intentó colocarse el disfraz de pedagogo feminista. Pero enfrente no tenía a una tertuliana domesticada ni a una portavoz de eslogan fácil. Tenía a Marta, una ganadera cántabra, que le hizo saltar el decorado por los aires. El choque fue emitido este 9 de marzo por el programa de Cuatro, que presentó a Marta como una voz muy crítica con el feminismo que identifica con Podemos.

Del sermón de pancarta al bofetón de realidad

Fernández salió con la cantinela habitual: hace 50 o 60 años las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria, trabajar, tener pasaporte o comprarse una casa sin permiso del marido; por eso, sostenía, el feminismo sigue siendo indispensable. En el fragmento transcrito que has pasado, el dirigente de Podemos remata ese argumentario con datos de violencia machista en Cantabria y en España para apuntalar su denuncia de un sistema todavía “patriarcal”.

El problema para el portavoz morado es que ese discurso, repetido como si leyera un folleto de partido en la ventanilla de un kiosco, se le vino abajo en cuanto Marta decidió hablar desde la experiencia y no desde la consigna. Porque una cosa es soltar cifras con gesto grave y otra muy distinta tener delante a alguien que no vive de la política, no cobra de la estructura del partido y no necesita pedir permiso para pensar.

Marta le baja del púlpito

La ganadera no tardó ni medio minuto en desmontar la función. Le vino a decir, sin rodeos, que ya está bien de mirar siempre al pasado y que lo urgente es hablar del presente y del futuro. Y, sobre todo, lanzó la pregunta que deja desnudo a tanto profesional del mitin: si los datos son tan terribles, ¿qué demonios están haciendo los diputados y los partidos para cambiarlos? Esa impugnación, recogida en la transcripción aportada, convierte a Fernández en lo que peor lleva un político de plató: en responsable, no en comentarista.

Ahí empezó el naufragio del “kioskero de Podemos”, acostumbrado a repartir doctrina como quien despacha titulares de saldo, pero bastante menos preparado para cuando una mujer le recuerda que la vida no se arregla con pancartas moradas ni con poses de superioridad ideológica.

La España que trabaja frente al podemismo de escaparate

Marta no se limitó a discutirle. Le desarmó. Se presentó como titular de su explotación ganadera desde 2013, reivindicó haber levantado su trabajo con “muchísimo esfuerzo” y denunció que desde la política le han puesto “muchos palos en las ruedas”. También recordó que fue la primera mujer ganadera en presidir una de las razas cárnicas de su tierra y que incluso tuvo que acudir a los tribunales cuando una candidatura rival, encabezada por un hombre, trató de atropellarla. Todo eso está en el texto que has facilitado y explica por qué su intervención tuvo tanta fuerza: no hablaba desde la teoría, sino desde la pelea diaria.

Y ahí está el choque que más duele a Podemos. Marta encarna justo lo que el partido morado no soporta: una mujer que no se considera víctima, que no necesita tutela política y que no admite que un dirigente de despacho le dé lecciones sobre igualdad mientras ella se deja la piel para sacar adelante una explotación. Eso, para el catecismo podemita, es casi una herejía.

El feminismo de folleto se estrella con la mujer de verdad

La propia pieza de Cuatro deja claro que Marta se declaró feminista “si vengo de un matriarcado”, pero muy crítica con lo que considera la degradación partidista del movimiento, llegando a señalar directamente a Irene Montero y a Podemos por esa deriva. También defendió que la igualdad se trabaja “día a día” y no únicamente con pancartas un día al año.

Ese es el punto en el que Fernández quedó más expuesto. Quiso apropiarse del feminismo como si llevara el sello de su partido, y se encontró con una mujer que le recordó algo elemental: que la dignidad femenina no nació en una asamblea de Podemos ni depende de que él la valide desde un plató. El secretario morado apareció como lo que fue durante todo el choque: un repartidor de consignas viejas, un kioskero ideológico vendiendo género averiado a quien ya no está dispuesto a comprarlo.

El remate que dejó a Fernández tiritando

La escena terminó con Marta cerrándole la puerta en las narices al monopolio moral de la izquierda. “Lecciones de igualdad, ni una. Y lecciones de feminismo, ni una palabra”, vino a sentenciar, según la transcripción del debate.

Pocas veces una frase ha retratado tan bien a un dirigente de Podemos. Fernández quiso ir de maestro de ceremonias del feminismo oficial y acabó como figurante de su propio desastre. Entró en el debate con aires de púlpito y salió reducido a un recitador de eslóganes, incapaz de aguantarle la mirada a una mujer que, sin manual, sin cuota y sin partido detrás, le recordó dónde está la autoridad de verdad.

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En resumen: Marta no solo le ganó el choque. Le arrancó la careta. Y Pablo Fernández, el kioskero de Podemos, volvió a demostrar que su partido puede seguir vendiendo propaganda a los convencidos, pero cada vez tiene más problemas cuando se cruza con alguien que conoce la vida fuera del escaparate.