Pérez-Reverte contempla el final de Occidente: "Es un privilegio ver morir una civilización"
El escritor culpa a las élites tecnológicas, las grandes corporaciones y los propios ciudadanos de aceptar voluntariamente una nueva forma de tiranía que devolverá al mundo abusos que parecían superados desde hace décadas
Arturo Pérez Reverte
Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a colocar a Europa frente al espejo sin necesidad de presentar una novela ni provocar una de sus habituales refriegas en X. El escritor expuso estas reflexiones durante un encuentro con jóvenes auspiciado por BBVA, en el que habló sobre la vejez y la pérdida progresiva de certezas.
En aquella conversación aseguró que contempla con curiosidad el final del mundo en el que fue educado. Algo parecido a lo que ya hizo en una entrevista concedida el pasado mes de abril al diario argentino La Nación, donde Pérez-Reverte amplió el diagnóstico: Occidente atraviesa un lento desmoronamiento que puede durar décadas y devolver tiranías que la democracia europea creía superadas.
Y entonces llega la frase que resume todo su diagnóstico. “Yo tengo el privilegio de estar asistiendo al final de un mundo, el final de Occidente, de Europa”, asegura. No sabe si el proceso necesitará décadas o un siglo, pero contemplar cómo desaparece aquello que parecía inmutable le parece “un espectáculo interesantísimo”.
No habla únicamente de fronteras, gobiernos o imperios. El mundo que Pérez-Reverte ve desvanecerse es una manera de entender la educación, la cultura, las relaciones humanas y la libertad individual. Un sistema imperfecto que aprendió a criticarse para mejorar, pero que, según observa, ha terminado utilizando esa misma autocrítica para destruirse desde dentro.
Trump y Putin tampoco serían la causa, sino síntomas de una enfermedad anterior. El verdadero poder del futuro no llegará necesariamente con uniforme, partido político o bandera. Vestirá zapatillas, trabajará en Silicon Valley, Pekín o Shanghái y manejará gobiernos, grandes corporaciones, grupos financieros y ciudadanos mediante una tecnología convertida en instrumento de control.
El teléfono móvil resume esa rendición voluntaria. “Esto es la cadena en torno al cuello de los nuevos esclavos”, sentencia mientras muestra el aparato. Ya no hace falta imponer la tiranía por la fuerza: entregamos datos, intimidad, hábitos y capacidad de decisión a cambio de comodidad, entretenimiento y una pantalla que llevamos orgullosamente en el bolsillo.
Su experiencia como reportero de guerra tampoco le permite confiar demasiado en la capacidad humana para aprender. Las grandes desgracias, dice Reverte, no nos mejoran: dejan rencores, frustraciones y una memoria bastante corta. Cambian los métodos, los uniformes y las herramientas, pero permanece la vieja pulsión. Porque “hoy hay otra manera de ser un bárbaro”.
Solo entonces cobra sentido la reflexión sobre la edad. Pérez-Reverte reconoce que cada año conserva menos certezas y acumula más preguntas. No parece angustiarle. Al contrario: observa el derrumbe con la curiosidad del reportero que pasó su vida contemplando cómo desaparecían otros mundos y ahora, por primera vez, asiste al naufragio del suyo.