Una playa puede parecer completamente limpia y no estarlo: la contaminación invisible que se esconde en la arena
Los microplásticos en las playas pueden pasar completamente inadvertidos a simple vista. Amparo Fernández, directora de Desarrollo de Negocio de Captoplastic, explica cómo llegan hasta la arena y por qué medirlos antes de que alcancen el mar se ha convertido en una de las claves para combatirlos
Una playa puede parecer completamente limpia a simple vista y, sin embargo, contener microplásticos invisibles mezclados con la arena o presentes en el agua.
Llegamos a la playa, extendemos la toalla y miramos alrededor. No hay botellas abandonadas, bolsas de plástico ni envoltorios entre la arena. El agua parece transparente. Conclusión casi automática: la playa está limpia. Pero nuestros ojos solo pueden evaluar una parte del problema.
Una arena aparentemente impecable puede contener partículas de plástico diminutas, algunas imposibles de distinguir a simple vista. Son los microplásticos, partículas de menos de cinco milímetros que pueden proceder de residuos degradados, fibras textiles y otras fuentes y desplazarse a través del agua hasta terminar en ríos, mares y playas.
"La limpieza visual de una playa no siempre refleja su estado real", advierte Amparo Fernández, directora de Desarrollo de Negocio de Captoplastic. La compañía española ha desarrollado tecnología propia para identificar, cuantificar y retirar microplásticos de medios acuosos. Su sistema de control emplea un método patentado para medirlos incluso en matrices complejas como las aguas residuales.
Y aquí está la parte menos intuitiva: que no veamos plástico no significa necesariamente que haya desaparecido.
Los microplásticos en la playa pueden estar delante de nosotros sin que los veamos
Por definición, hablamos de partículas diminutas. Captoplastic trabaja con microplásticos desde aproximadamente una micra hasta menos de cinco milímetros, un rango que explica por qué una parte de esta contaminación resulta prácticamente invisible para cualquier persona que simplemente pasee por la orilla.
La investigación científica lleva años encontrándolos en playas españolas. Un estudio realizado en seis playas de Tenerife, por ejemplo, detectó microplásticos en todas las localizaciones analizadas, aunque con concentraciones muy diferentes. Los polímeros predominantes fueron polietileno y polipropileno.
La cuestión no se limita a las playas urbanas o visiblemente sucias. Un trabajo realizado en tres playas de Canarias encontró que la mayor contaminación de las estudiadas correspondía a Lambra, una playa remota y poco frecuentada. Los investigadores relacionaron buena parte de aquellos residuos con materiales transportados por el océano.
"Muchos de los microplásticos que encontramos han recorrido cientos de kilómetros antes de llegar a la costa. Han sido transportados por ríos, corrientes marinas o aguas residuales, o proceden de la fragmentación de residuos plásticos que llevan años en el medio ambiente", explica Fernández.
Es decir, una playa puede heredar contaminación generada muy lejos de ella.
Los microplásticos no empiezan necesariamente en la playa
Esta es probablemente la idea más importante para entender el problema. La botella abandonada junto a una sombrilla es contaminación evidente, pero los microplásticos pueden iniciar su recorrido mucho antes de que alguien los encuentre en el mar.
Los residuos plásticos de mayor tamaño se fragmentan progresivamente por la radiación solar, el movimiento del agua y el desgaste. A ello se añaden otras fuentes, como determinadas fibras sintéticas liberadas por los textiles o partículas procedentes de actividades industriales.
"La playa suele ser el punto final de un recorrido que empieza en nuestras ciudades, en los sistemas de gestión de residuos o incluso en productos de uso cotidiano", señala Fernández.
La ciencia también muestra hasta qué punto ese recorrido es complejo. Una investigación publicada en 2026 y desarrollada en la playa de la Pletera, en Girona, estudió la acumulación de microplásticos en la arena y encontró que fibras y fragmentos representaban la inmensa mayoría de las partículas analizadas en las dos campañas de muestreo. El trabajo concluye además que características tan aparentemente simples como el tamaño de los granos de arena pueden influir en cómo se acumulan y distribuyen los microplásticos en una playa.
La contaminación que vemos en la superficie es, por tanto, solo una fotografía parcial.
Medir los microplásticos puede ser más importante que buscarlos a simple vista
Aquí aparece otro problema: para actuar hay que saber cuánto hay.
Contar únicamente con la percepción visual resulta insuficiente, por lo que la monitorización se ha convertido en una pieza fundamental. "Solo mediante la monitorización es posible identificar las principales fuentes de contaminación y diseñar estrategias eficaces para reducirlas", sostiene Fernández.
Captoplastic ha desarrollado precisamente una tecnología de control basada en un método patentado que permite identificar y cuantificar microplásticos en diferentes matrices de agua. La empresa dispone además de un dispositivo denominado Captolab destinado a cuantificar la cantidad presente en una muestra.
Pero medir es solo una parte de la estrategia. La compañía también trabaja con un sistema de captura continua basado en la aglomeración. Un captador introducido en la corriente de agua forma agregados con los microplásticos para poder separarlos posteriormente. Según los datos facilitados por la empresa, sus plantas piloto actualmente pueden tratar caudales de 3.000 y 5.000 litros por hora y está desarrollando instalaciones para escalar considerablemente esa capacidad.
La tecnología está planteada para instalaciones como depuradoras de aguas residuales, plantas de tratamiento de agua potable, industria textil, plantas de reciclaje o instalaciones relacionadas con la industria del plástico.
El secreto contra los microplásticos puede estar antes de que lleguen al mar
Retirar residuos de las playas sigue teniendo sentido, pero atacar únicamente lo que ya ha llegado a la costa supone intervenir al final de un recorrido mucho más largo.
"Una parte importante de los microplásticos ya circula por el ciclo del agua. Por eso es necesario combinar la prevención con tecnologías capaces de monitorizar y capturar estas partículas antes de que lleguen a ríos, mares y océanos. Si esperamos a encontrarlos en la playa, llegamos demasiado tarde", resume Fernández.
La economía circular entra directamente en esta ecuación. Mantener los materiales durante más tiempo dentro del ciclo productivo, diseñar productos duraderos y reciclables y mejorar la gestión de los residuos puede reducir las posibilidades de que determinados plásticos terminen abandonados y fragmentándose en el medio ambiente.
No existe, sin embargo, un único culpable ni una solución doméstica capaz de resolver por sí misma el problema. La contaminación por microplásticos obliga a combinar prevención, gestión de residuos, regulación, monitorización y tecnologías capaces de intervenir en determinados puntos del ciclo del agua.
"La protección de nuestros mares comienza mucho antes de llegar a la playa. Cada plástico que evitamos que termine en el medio ambiente supone menos microplásticos en el futuro", concluye Fernández.