OPINIÓN
¡Que viene el lobo!
Es curioso observar cómo se genera tanta alarma social en torno a una especie que trata de recuperarse desde que se prohibió el uso del veneno en los años 70.
Monumento al lobo en Fafião, Portugal
Es sabido que generar un enemigo común es una estrategia para crear lazos en un grupo de personas. No son necesarias bases técnicas fehacientes para justificar que el enemigo lo es. El odio no necesita datos. Los prejuicios, el miedo y la ignorancia son sus mejores aliados.
El lobo es otro de los enemigos comunes que, desgraciadamente, algunos utilizan como bandera política. Pero ¿acaso hay algo más patrio que defender al lobo ibérico?
Ese perverso afán por desviar la atención de lo importante para focalizarla en un supuesto problema ha llevado al incomprensible absurdo de, a través de la Ley de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario, facilitar la desprotección del lobo para permitir que se siga masacrando. La excusa, el supuesto incremento de ataques que ejercen sobre los animales explotados en ganaderías donde existen poblaciones de lobos.
Sin embargo, quienes han convertido al lobo en diana, nunca cuentan que mueren muchos más animales en las ganaderías por enfermedad o por accidente. Ni que casi todos los ataques se producen cuando no hay medidas preventivas en las instalaciones o cuando se deja a los animales en el monte, sin vigilancia, porque esa bucólica imagen del ganadero sacrificado que pasa días en la montaña junto a sus animales, en la mayoría de los casos, pasó a la historia.
Y es que los lobos, a quienes hemos estado a punto de exterminar y hemos dejado sin apenas hábitats porque nos hemos apropiado de todo el territorio, destruyéndolo, transformándolo y utilizándolo a nuestro antojo, no atacan a rebaños cuando están vigilados porque, entre otras cosas, la presencia humana, no sin motivo, les aterroriza. Tampoco atacan a los animales cuando por la noche se les protege en instalaciones adecuadas.
De hecho, son cada vez más los ganaderos que se posicionan abiertamente en contra de la eliminación del lobo. Es curioso observar cómo se genera tanta alarma social en torno a una especie que trata de recuperarse desde que se prohibió el uso del veneno en los años 70 y que, pese a ello y pese a estar protegida, cuenta con menos de 300 manadas en todo el territorio nacional. El número de grupos parece que no se ha incrementado en las últimas décadas. Cada manada podría contar con entre 3 y 6 individuos, según la época del año, tal como explica la Asociación para la Conservación y Estudio del Lobo Ibérico (ASCEL).
No obstante, conocer el número de lobos realmente existentes, no es motivo de interés para las administraciones. Imagino que es más fácil dejar que se especule y se genere ruido en torno a este animal que simplemente trata de sobrevivir como puede en un ambiente sumamente hostil, en lugar de atajar los verdaderos problemas que afectan al mundo rural, del que algunos intentan apropiarse y con el que a todos se les llena la boca.
En cualquier caso, hasta asumiendo las cifras interesadas en que haya muchos lobos, ni siquiera contamos con 3.000 ejemplares en un país de más de medio millón de kilómetros cuadrados.
El lobo es un animal oportunista, depredador y carroñero, de gran interés, desde el punto de vista ecológico, porque regula los ecosistemas. Sin embargo, esta característica, entra en conflicto con los intereses de quienes se autodenominan garantes de la naturaleza y, escopeta en mano, se dedican a matar animales en el monte (muchas veces aquellos que crían en granjas cinegéticas y liberan posteriormente). Con lobos, no pueden excusarse en un supuesto “exceso” poblacional. Y si el lobo está protegido, no pueden cazarlo de forma legal, ni a él, ni al resto de animales que les sirven de sustento.
Por su parte, quienes nos gobiernan, prefieren sucumbir a los intereses de los violentos, que asumir la responsabilidad. Al final cada voto cuenta, aunque algunos estén manchados de sangre y vayan en contra del interés general. Porque no lo olvidemos: la conservación del territorio es un derecho por el que pagamos con nuestros impuestos y por el que se reciben numerosas subvenciones de Europa. Y esta conservación está por encima de cualquier interés particular.
Y ya que los detractores del lobo lo presentan siempre como un mal a combatir, culpable de todos los descalabros económicos del mundo rural, deberían mirar hacia quienes, no sólo han conseguido la coexistencia con este animal, sino que les ha servido como recurso, para atraer un turismo en alza, responsable y respetuoso, basado en la observación de estos animales, seguimiento de sus rastros, …que mueve millones de euros cada año en nuestro país. O incluso generar festivales para poner en valor y transmitir la cultura tradicional, como el Festival Aldeia de Lobos, que desde hace años celebran en el Parque Nacional da Peneda-Gerês nuestros vecinos de Portugal.
Así que, dejemos de ver enemigos donde no los hay. Asumamos que el lobo es un compañero de viaje. Levantemos la voz por él quienes no tenemos oscuros intereses particulares en su desaparición y aprendamos de estos animales inteligentes, esquivos con las personas y sociales que solo buscan, como nosotros, poder vivir en paz.