Un aniversario que no podemos pasar por alto
El análisis histórico nos invita a reflexionar sobre la importancia de defender siempre las instituciones democráticas frente a cualquier intento de ruptura violenta
Foto de una exposición de la Guerra Civil española/
Nos separan de aquello 89 años y son varias generaciones las acumuladas. Se trata del 18 de julio de 1936 que marcó un antes y un después en la historia de España; fue el inicio de una sublevación militar liderada principalmente por el Ejército de África, que desencadenó la Guerra Civil española. Este levantamiento no solo supuso un ataque directo a la legalidad republicana, sino que también abrió la puerta a los años de violencia, represión y división profunda en la sociedad española.
El Ejército de África, compuesto por unidades veteranas y experimentadas en las guerras del Rif, desplegadas en el protectorado español en Marruecos, fue el núcleo duro del golpe militar. Su lealtad a una visión autoritaria y conservadora chocaba frontalmente con los avances democráticos y sociales que la Segunda República había impulsado desde 1931. Los objetivos principales de esta sublevación eran derrocar al gobierno legítimo de la República, frenar las reformas sociales y políticas —como la reforma agraria, la autonomía regional o los derechos laborales— y restaurar un orden tradicional basado en el autoritarismo, el centralismo y el conservadurismo religioso.
Este golpe no fue un acto aislado sino parte de un plan coordinado por sectores militares, políticos y sociales que temían la modernización y democratización del país. La sublevación se extendió rápidamente, dividiendo España en dos bandos enfrentados: los sublevados y los defensores de la República. Una hecatombe en el contexto de la larga Guerra Civil europea de los años 20 y 30 del siglo pasado zanjada con el final de la 2ª Guerra Mundial. El resultado inmediato en territorio español fue una guerra civil que duró tres años, causando cientos de miles de muertos, desplazados, exiliados, y una fractura social profunda que marcó generaciones.
Las consecuencias del levantamiento fueron devastadoras. Más allá del enorme coste humano, político y económico, la Guerra Civil supuso el fin de la Segunda República y el inicio de una dictadura franquista que duraría casi cuatro décadas. La represión posterior fue brutal: miles de personas fueron encarceladas, exiliadas o ejecutadas por sus ideas políticas o simplemente por estar del lado perdedor. Además, se truncaron las esperanzas democráticas y se impuso un régimen que silenciaba cualquier expresión disidente.
Desde una perspectiva crítica, la sublevación del Ejército de África representa un rechazo violento a los valores democráticos que España intentaba consolidar en aquel momento. Fue un golpe contra la voluntad popular expresada en las urnas en febrero de 1936 y una muestra clara de cómo sectores privilegiados pueden recurrir a la violencia para preservar sus intereses frente al cambio social.
El 18 de julio no debe ser recordado como una fecha más en el calendario que trata de pasar desapercibida, sino como un símbolo del peligro que supone anteponer intereses autoritarios a los derechos democráticos. El análisis histórico nos invita a reflexionar sobre la importancia de defender siempre las instituciones democráticas frente a cualquier intento de ruptura violenta; unas instituciones como las actuales instauradas cuarenta años después de aquello, producto de la Reconciliación entre los herederos de los vencedores y de los vencidos con la Constitución Española de 1978. Y que, en el ambiente polarizado de nuestra época política, es nuestro deber cívico andar vigilantes ante quienes quieren malograrlas desde ambos extremos.