Benditas vacaciones
Vacaciones
A mí me pasa como a mi admirada Rebeca Argudo -léanla en ABC, que ella sí que escribe bien, con soltura y con gracia- que cada vez me gustan más las vacaciones. Las de agosto, las de Navidades, las de Semana Santa y las Fallas, les Fogueres de Alicante y las Gaiatas de Castellón, y la de la Mare de Deu de la Salut en Algemesí. La feria de Julio en Valencia y las de San Agustín en La Iruela o el Cristo del Consuelo en Cazorla. Y cuando alguna vez he podido ir, la Feria de Abril en Sevilla, la de Córdoba y la de Málaga, San Isidro en Madrid, El Pilar en Zaragoza, los sanfermines de Pamplona, la Semana Grande en Bilbao, en Santander, en Gijón y en Donostia, La Merced y la de Gracia en Barcelona, la del Apóstol en Santiago, la de la Peregrina en Pontevedra, la del Caballo en Jerez, la del Ram en Palma de Mallorca, la de la Candelaria en Canarias. Otras las tengo pendientes, como la de la Virgen de la Victoria en Melilla y la de Santa María de África en Ceuta …
Y los “puentes” civiles y religiosos. El de la Constitución, el del 1 de mayo y el del 9 d’Octubre, el de la Inmaculada y el de San Vicent, el de todos los Santos y el del Corpus -ya casi lamentablemente inexistente- y el de la Mare de Deu dels Desemparats y su espléndida procesión.
Con sus aglomeraciones y ruidos, el calor y las colas en bares y chiringuitos, en casales y casetas, y los empujones, los pisotones y la carencia de taxis, que son corolario inevitable.
Vaya, que me gusta la gente y sentirme parte de ella sin complejos ni elitismos. Viajero o turista, tanto da.
En Kerala, y naturalmente en Vaikom, que cuenta con el templo de Mahadeva dedicado a Shiva y de imposible datación aunque más de mil años a sus espaldas, ahora se celebra Onam, con el inicio del año y el mes de Chingam en el calendario malayalam. Llueve y ha llovido a diario. “Miento”, como suelen decir los cursis y los que lo hacen habitualmente sin reparo, disimulo, ni advertencia, porque ha habido un día de tregua -sólo uno- en el que he podido nadar en el Muvattupuzha, un río inmenso que desemboca en el lago Kalathil, de aguas limpias y rebeldes salpicado de plásticos y basuras de todo tipo que conviene sortear sin demasiada dificultad.
Lo hago solo, apenas acompañado de las mujeres que acuden a lavar la ropa golpeándola enérgicamente contra las piedras de la orilla, de los hombres que lo hacen a diario para el baño vespertino o algún pequeño grupo de tipos ociosos consumiendo alcohol (hot le dicen). Algunos muchachos se remojan en pandilla sin alejarse de los márgenes. Es curioso, porque son los mismos que arrojan sin prejuicio la basura y arrancan los cartelitos en inglés y malayalam que este ingenuo urbanita coloca de vez en cuando con la no menos ingenua consigna “cuidemos nuestros ríos”.
A menudo disfruto de la compañía eventual del King Fisher, con su espectacular plumaje azul, que da nombre a la mejor y más conocida cerveza nacional, cuyo principal propietario residente en Londres hace años que mantiene litigios con la hacienda pública india. En sus aguas habita la tilapia común, aquí “kerala karimi”, a la que no solo el pájaro cervecero es aficionado, también los pescadores locales que la atrapan con cañas de bambú e hilo sin carrete. Y los “kaka”, pequeños mejillones de agua dulce, con bicho del tamaño de un berberecho, se cocinan muy fritos, especiados y picantes, cuyas conchas se comercializan para la industria medicinal del calcio y son fuente de trabajo y economía de los habitantes de la aldea. También un camarón más bien insípido que, muy frito y regado con “toddy”, el destilado por fermentación de la savia de la palma cocotera, entretiene las tardes en los pocos locales autorizados con horario restringido por el gobierno.
Por ahora soy el único extranjero en la contornada, “videshi”, aunque casi todos me llaman por mi nombre cambiando la jota por y griega, o más fácil, Pepe (apodo o “nick name”). Y me regalan diciendo que soy uno de ellos, un Kerala’s man.
Viajero o turista, tanto da, disfruto mogollón de mis vacaciones. Lo malo es cuantos no pueden permitírselas.
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