opinión
El poder que confunde convicción con impunidad y gobierno con patrimonio
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa, en el Palacio de la Moncloa.
La democracia no se erosiona únicamente por los golpes bruscos de la ilegalidad probada; se debilita, sobre todo, por la normalización de lo impropio, por la tolerancia social hacia aquello que debería provocar una reacción inmediata de rechazo moral e institucional. Las democracias maduras no solo se miden por la fortaleza de sus leyes, sino por la exigencia ética que la ciudadanía —y muy especialmente las bases de los grandes partidos— imponen a quienes ejercen el poder en su nombre.
España atraviesa desde hace años una etapa de tensión política permanente, polarización discursiva y degradación del debate público. Sin embargo, por debajo de esa superficie ruidosa, discurre un debate mucho más profundo, más incómodo y, sin duda, más trascendental: el debate sobre la decencia ética en el ejercicio del poder. Un debate que ya no se limita a los pasillos del Congreso, ni a los editoriales de la prensa, ni a las conversaciones privadas, sino que se ha instalado en el corazón mismo de las instituciones del Estado.
La pregunta que hoy muchos ciudadanos formulan —a menudo en voz baja, pero cada vez con mayor firmeza— interpela directamente a uno de los pilares históricos de la democracia española: el Partido Socialista Obrero Español y, más concretamente, a sus bases. Viendo la resistencia de una parte significativa del electorado socialista ante los reiterados casos de presunta corrupción, los escándalos vinculados a cuestiones de igualdad, los episodios relacionados con conductas privadas incompatibles con el discurso público, y las informaciones sobre posibles irregularidades en procesos internos del partido, cabe preguntarse con serenidad, pero con claridad: ¿Avalan las bases socialistas estos comportamientos para seguir defendiendo las políticas de izquierdas? ¿Consideran que la corrupción, o al menos su tolerancia, es un peaje necesario para implementar una determinada agenda ideológica desde el poder público?
En definitiva, ¿se ha asumido que el fin —mantener el Gobierno de España— justifica los medios empleados para alcanzarlo o conservarlo? Esta no es una pregunta retórica ni partidista. Es una cuestión moral, institucional y democrática.
El socialismo histórico y su compromiso ético
Conviene recordar, con justicia histórica, que el socialismo democrático nació como una corriente política profundamente ligada a la ética pública, a la defensa de los trabajadores, a la dignidad humana y a la ejemplaridad en el ejercicio del poder. Durante décadas, el socialismo europeo —y el español en particular— se presentó como una alternativa moral frente a los abusos del poder económico, la corrupción sistémica y la desigualdad estructural.
Ese legado no puede ni debe ser borrado. Precisamente por ello, el análisis actual exige un rigor aún mayor. Porque no se trata de juzgar a una ideología en abstracto, sino de examinar si quienes hoy la administran desde las instituciones están siendo fieles a sus propios principios fundacionales o si, por el contrario, han optado por una lógica de poder en la que la ética queda subordinada a la supervivencia política.
La acumulación de presuntos escándalos y el desgaste
institucional
En los últimos años, la vida política española se ha visto salpicada por una sucesión de informaciones sobre presuntos casos de corrupción, irregularidades administrativas, utilización partidista de recursos públicos y comportamientos personales de responsables políticos que, sin necesidad de ser tipificados penalmente, resultan incompatibles con los estándares de ejemplaridad exigibles a cargos públicos de alto nivel.
La corrupción no es únicamente el delito probado en sede judicial. Corrupción es también la erosión de los valores constitucionales, la colonización partidista de las instituciones, el uso estratégico del silencio ante comportamientos reprobables y la construcción de un relato que justifica lo injustificable en nombre de una causa superior.
En paralelo, han emergido escándalos vinculados al ámbito de la igualdad y al discurso feminista institucional. Y aquí la contradicción resulta especialmente grave. Cuando quienes se erigen en abanderados de una política pública basada en la defensa de las mujeres, la lucha contra la violencia machista y la erradicación de la explotación sexual aparecen relacionados —directa o indirectamente— con conductas que chocan frontalmente con esos principios, el daño no es solo político: es moral y social.
No se trata de señalar con ligereza ni de condenar sin pruebas. Se trata de asumir, desde la convicción del movimiento Me Too y de la comportamientos, aunque se refugien en la presunción de inocencia penal, no pueden ser políticamente tolerados ni éticamente relativizados.
Igualdad, coherencia y credibilidad
El Ministerio de Igualdad, como cualquier otro órgano del Estado, no está exento del escrutinio democrático. Al contrario: su naturaleza simbólica exige un plus de coherencia. Cada contradicción, cada incoherencia, cada escándalo —presunto o confirmado— tiene un impacto multiplicado sobre la credibilidad de las políticas públicas que dice representar.
Cuando se promueven discursos de máxima exigencia moral hacia la sociedad, pero se rebaja esa exigencia dentro de las propias filas, se produce una fractura profunda entre el mensaje y la realidad. Y esa fractura no la pagan los partidos; la paga la ciudadanía, la pagan las mujeres que ven banalizada su causa y la paga la democracia, que se vacía de contenido ético.
La prostitución de los valores constitucionales
Uno de los aspectos más preocupantes del momento actual es la percepción creciente de que los valores constitucionales están siendo instrumentalizados, negociados o directamente sacrificados en aras de la gobernabilidad. La Constitución no es un mero marco legal flexible al servicio del poder de turno; es un pacto moral y político que exige lealtad, respeto y contención.
La separación de poderes, la neutralidad institucional, la igualdad ante la ley y la limpieza de los procesos democráticos no son obstáculos a la acción política: son sus cimientos. Cualquier sospecha de manipulación interna, de amaños orgánicos o de utilización partidista de mecanismos que deberían ser ejemplares erosiona la confianza ciudadana de forma profunda y duradera.
Llegados a este punto, la cuestión central vuelve a emerger con fuerza. La resistencia de una parte de las bases socialistas a cuestionar estos episodios plantea una responsabilidad histórica ineludible. Defender políticas de izquierdas no puede implicar cerrar los ojos ante comportamientos que traicionan los valores que esas políticas dicen encarnar.
No es una disyuntiva entre izquierda y derecha. Es una disyuntiva entre decencia e indecencia. Entre ética pública y cinismo político. Entre un proyecto de país basado en principios y otro basado en la mera conservación del poder.
Aceptar, justificar o minimizar la corrupción —presunta o probada—, los escándalos sexuales, las incoherencias en igualdad o la degradación institucional en nombre de una causa política es asumir que el fin justifica los medios. Y ese es un camino que la historia ha demostrado siempre peligroso.
Un llamamiento a la oposición
En este contexto, la oposición democrática tiene una responsabilidad que trasciende el cálculo electoral. Plantear una moción de censura de peso, se gane o no, no debe entenderse únicamente como una herramienta aritmética, sino como un acto político y moral de primer orden. Un acto destinado a recentrar el debate nacional en torno a la ética pública, la decencia institucional y el respeto a los valores constitucionales.
Una moción de censura puede y debe servir para verbalizar lo que ya recorre los pasillos de todas las instituciones, lo que se comenta en despachos, universidades, empresas y hogares: basta ya de corrupción, basta ya de escándalos sexuales, basta ya de indecencia política por permanecer en el Gobierno. Basta ya de venderlo todo por seguir durmiendo en la Moncloa.
Conclusión: la pregunta que define una época
España no necesita unanimidades forzadas ni silencios cómplices. Necesita un debate honesto, valiente y profundamente democrático. La pregunta está planteada y no admite más aplazamientos: ¿Consideran las bases socialistas que necesitan la corrupción, la tolerancia al escándalo y la degradación ética para poder implementar su agenda ideológica desde lo público? ¿Creen realmente que el fin de gobernar España justifica cualquier medio utilizado para alcanzar o conservar ese poder?
La respuesta a esa pregunta no definirá solo el futuro de un partido, sino la calidad moral de nuestra democracia. Y esa es una responsabilidad que ningún ciudadano, ninguna militancia y ninguna institución puede eludir.