Verde que te quiero verde, verdecito, verde Vox
El presidente de VOX, Santiago Abascal, en una sesión en el Congreso de los Diputados.
En menos de un mes Javier Ortega-Smith, fundador, figura relevante y cara reconocible de Vox, miembro de su Comisión Ejecutiva Nacional (CEN), portavoz adjunto en el Congreso de los Diputados, portavoz en el Ayuntamiento de Madrid y otras muchas cosas más, es objeto de una “expulsión exprés”; lo han convertido en un “traidor” y un “pepero”. Dejar de ser portavoz del grupo municipal en el Ayuntamiento de Madrid, todo por negarse a obedecer una orden del “amado líder” Abascal -o del “jefe” Kiko, o del “clan” Ariza-.
Javier Ortega se ha revuelto contra esa arbitrariedad intentando en vano detener la decisión de la cúpula voxemita sin éxito. Hoy seguro que está lamentando el no haberse rebelado igual ante otras muchas injusticias como la suya que le precedieron -Macarena Olona, Espinosa de los Monteros, Elisa Núñez…- y maldecirá la hora en que participó en la redacción esos estatutos internos de Vox que dan el poder absoluto a Santiago Abascal, o a los que mueven sus hilos de marioneta de ultraderecha-
Al núcleo duro del Vox de Abascal le molestaba Javier Ortega, y “casualmente” se produce esa expulsión express- un tipo de expulsión de la que tanto abusan en Bambú- tras una noticia en la que aparecen unos pantallazos del grupo de WhatsApp del CEN en el que se deben aprobar las cuentas del partido, y ni uno solo de los participantes parece haberse leído el documento; no hay debate, ni pegas, ni enmiendas, hay solo aceptación de cualquier cosa que contuviese, que oigan, igual si lo abrían lo que salía era la foto del famoso “negro del whasapp”.
Antes de proseguir tenemos que preguntarnos: ¿puede la dirección de un partido político decidir quién es el portavoz? Pues hay que ver qué dice el Reglamento Orgánico del Pleno del Ayuntamiento en cuestión. Esta norma establece que cada grupo municipal designará un portavoz, no dice cómo y es el propio grupo quien lo determina. Y por lo publicado en varios medios, el grupo municipal no decide, sino que ejecuta una orden del CEN de Abascal.
A mí, muy democrático y muy en la línea del mandato representativo que exige la Constitución no me parece, pero a la vista de los hechos, sí es posible que sea así, pues ante la no determinación del cómo, entran en juego los estatutos del partido- sí, los mismos que perpetúan a Abascal en el poder “in aeternum” y que han permitido que rodaran tantas y tantas cabezas que molestaban al amado líder- Pero una cosa está clara: el acta le pertenece a Javier Ortega Smith, y esa no se la pueden quitar, ni suspender, ni pueden hacer ninguna “abascalada” con ella. Es más, Javier Ortega podría integrarse en otro grupo, o pasar al grupo de no adscritos. No creo que lo haga, pero la posibilidad ahí está.
Desde el punto de vista político, el mensaje es que la obediencia ciega al “amado líder” Abascal se impone al propio criterio, y en caso de discrepancia se les pasa el rodillo por encima, se purga a los fundadores- lo mismo le pasó a su fundador Alejo Vidal Quadras-, a los que fueron amigos, a los que le asistieron jurídicamente en momentos difíciles y eso convierte al Vox de Abascal en algo más parecido a una secta tóxica que a un partido democrático y moderno del s.XXI.
Y es que toda esta música suena mucho a ejecución-política- ejemplarizante. Los acordes son tres: rebeldía ante la injusticia, presunta filtración de whasapp y expulsión fulminante. Es la vieja melodía de todos los partidos muy jerarquizados: se inicia con la exaltación de la lealtad como virtud suprema, luego se confunde con la obediencia ciega, y se termina decretando que cualquier discrepancia es deslealtad, traición, y en Vox en este caso, y en otros, en “peperismo”; la acusación inquisitorial más grave conocida en las filas voxistas.
Vox nació de la mano de los que ya no están, entre ellos Ortega Smith, al son del desencanto de la política tradicional, del hartazgo de “los partidos de siempre”, con la ilusión de crear algo diferente, con personas brillantes y preparadas, que fuese alternativa al bipartidismo y, tras diez años de historia, aún presumen de ser distintos cuando la realidad es que reproducen los mismos vicios de los que suelen quejarse: la falta de democracia interna, unos métodos sectarios, la estafa emocional de vender regeneración mientras se practica la purga y el nepotismo, y la obsesión por perpetuarse en un poder que ni siquiera aún les ha llegado. Un caso más de una degradación permanente con expulsión exprés