Pedro Sánchez, guerra y urnas
Con la decisión de tensar al máximo el choque con Trump muestran una estrategia fría: reconstruir un eje emocional que movilice a una izquierda desmovilizada, convertir a Vox y al PP en la foto fija del “trumpismo” y reservarse la última bala…un adelanto electoral envolviéndose otra vez en la bandera zapaterista del “no a la guerra"
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez está utilizando la nueva guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán como un artefacto electoral: ha resucitado el “no a la guerra” de 2003 para colocarse como antagonista de Trump y, por extensión, de Feijóo con la inestimable ayuda de Abascal. Y si el encuadre le funciona, no es descartable que lo remate con un adelanto electoral cuidadosamente calculado
Efectivamente, Sánchez ha decidido condensar la posición oficial de España en “cuatro palabras: no a la guerra”, evocando explícitamente las movilizaciones masivas contra Irak que marcaron la caída de Aznar. Esta operación simbólica no es inocente: busca apropiarse de un recuerdo emocional potentísimo en la memoria de la izquierda, trasladando el plano moral de entonces (Aznar–Bush) al dúo Trump–Netanyahu con PP y Vox alineados con ellos.
En su comparecencia en la Moncloa del pasado miércoles, día 4 de marzo, Sánchez no solo rechazó la escalada bélica, sino que tejió una narrativa de continuidad: Irak generó terrorismo, crisis migratoria y crisis económica; hoy, repetir el esquema sería regalar al mundo “más inseguridad y una vida peor”. Su objetivo es movilizar a una base electoral de izquierdas desmovilizada o desencantada, creando la narrativa que le fue bien entonces a Zapatero: “hay una derecha que siempre termina en el mismo sitio, detrás de la bandera de Estados Unidos aunque la guerra sea ilegal”
Y es que Trump le ha hecho a Sánchez el mayor regalo electoral imaginable: amenazas de embargo, de ruptura comercial y acusaciones de “traición” por negar la utilización de las bases de Rota y Morón para ataques ofensivos contra Irán. A cambio, Sánchez se puede presentar dentro y fuera de España como el líder que se planta ante el presidente norteamericano, “defendiendo el derecho internacional y la soberanía nacional”.
Mientras el Gobierno recita “no a la guerra” y enfatiza su rechazo a usar las bases españolas, Vox se alinea con los bombardeos de Estados Unidos e Israel, denuncian un supuesto “aislamiento” de España y se coloca otra vez del lado de la guerra; Abascal acusa a Sánchez de poner en riesgo la seguridad y las relaciones con Washington, mientras le pinta como “mejor amigo de los ayatolás”, en un marco binario que el propio Sánchez desea: “sanchismo contra trumpismo”
El encuadre es tan básico como eficaz: quien esté contra Trump y Netanyahu se coloca con Sánchez. Vox está haciendo exactamente lo que el secretario general del PSOE necesita: atacar el “no a la guerra” y dramatizar la ruptura con Estados Unidos, permitiendo que el Gobierno se coloque como defensor de la paz, de la ONU y de la legalidad, mientras ellos parecen la España que siempre dice “sí” cuando Washington manda bombardear.
La convicción no excluye el cálculo, y en Sánchez el cálculo nunca descansa
Mientras tanto, Feijoo evita condenar los bombardeos ilegales y centra sus críticas en que Sánchez se plante ante Trump priorizando sus intereses electorales frente a la seguridad y las relaciones atlánticas. Pero el resultado es que el PP queda desdibujado y encajonado entre el seguidismo a Trump y el miedo a que la foto recuerde demasiado a Irak 2003 azuzado por la presión de Abascal.
En este contexto, en el PSOE ya contemplan seriamente la hipótesis de un adelanto electoral si el “no a la guerra” cristaliza como gran relato de resistencia frente al trumpismo exterior y al bloque PP–Vox que su secretario general pretende crear con su relato en el interior. En Ferraz la idea que circula es clara: si Cataluña entra en ciclo electoral, si Andalucía se suma y si el conflicto en Oriente Medio se estabiliza en un punto de alta tensión, pero sin catástrofe, Sánchez podría forzar un “superdomingo” con generales, catalanas y andaluzas a la vez, concentrando el voto de izquierdas en una gran batalla plebiscitaria, adelantando un año las elecciones.
Las encuestas llevan meses señalando la debilidad del bloque gubernamental y la consolidación del eje PP–Vox, pero en Ferraz algunos concluyen que no habrá otra ventana estratégica tan favorable en los próximos 15 meses. Sobre esa lectura pivota la tentación: o se vota ahora, con Trump amenazando a España y Vox alienado con él, o se llega a 2027 con el desgaste completo del ciclo económico, territorial e institucional, sin relato épico al que agarrarse ni “Derecha Unida” por combatir.
¿Cree Sánchez en lo que dice cuando apela al derecho internacional, a la diplomacia y al rechazo frontal de las guerras preventivas? Probablemente sí, al menos tanto como cualquier otro dirigente socialdemócrata europeo que ha interiorizado la lección de Irak y el coste político de apoyar aventuras militares ilegales. El problema es que la convicción no excluye el cálculo, y en Sánchez el cálculo nunca descansa.
Sánchez ha convertido un conflicto bélico externo en el escenario perfecto para ensayar su próxima campaña
La puesta en escena del pasado miércoles, con la decisión de tensar al máximo el choque con Trump muestran una estrategia fría: reconstruir un eje emocional que movilice a una izquierda desmovilizada, convertir a Vox y al PP en la foto fija del “trumpismo” y reservarse la última bala…un adelanto electoral envolviéndose otra vez en la bandera zapaterista del “no a la guerra.
En definitiva, Pedro Sánchez ha convertido un conflicto bélico externo en el escenario perfecto para ensayar su próxima campaña: si el relato prende en la calle y las encuestas se mueven, la tentación de pulsar el botón de elecciones anticipadas será demasiado grande como para confiar en que se resista. Todo un corsario de la política.