Opinión
Feijóo al rescate de Abascal
Todo ello, además, en el momento más delicado posible: con Juanma Moreno intentando revalidar su mayoría absoluta en Andalucía sobre una premisa muy sencilla —y muy rentable—, que él no necesita a Vox para nada.
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el de VOX, Santiago Abascal
Hay decisiones políticas que se explican solas, y luego está lo de Extremadura. Cuando Vox empezaba a dar señales de fatiga —ese momento en el que el motor ya no ruge, las encuestas bostezan y en la sala de máquinas se escuchan más susurros que consignas—, aparece Alberto Núñez Feijóo con el traje de socorrista y decide lanzarle un flotador a Abascal. No porque se estuviera ahogando. Más bien por un “porque sí” por explicar.
La escena tiene algo de comedia involuntaria: el Partido Popular, que llevaba meses intentando convencer a medio país de que puede gobernar sin depender de nadie —exceptuando la Comunidad Valenciana… ¡siempre Valencia¡—, decide en el momento más inoportuno demostrar exactamente lo contrario. Y no por necesidad aritmética, sino por una especie de prisa nerviosa, como si alguien hubiera gritado “¡acuerdo!” y en Génova nadie se atreviera a preguntar “¿pero hace falta?”. Porque esa es la cuestión incómoda: no hacía falta.
Y es que Extremadura no era una trampa sin salida. Era, en todo caso, un tablero abierto donde el PP podía haber jugado a largo plazo. Dejar correr el reloj, dejar pasar Andalucía, forzar nuevas elecciones, observar cómo Vox seguía desinflándose y, de paso, no obligar a María Guardiola a tragarse un acuerdo que hace apenas semanas consideraba inasumible. Una estrategia aburrida, sí. Pero eficaz.
Pero en el PP ya no solo se debate la estrategia: también el desconcierto. Isabel Díaz Ayuso, que rara vez pierde la ocasión de marcar perfil propio, dejó caer su desacuerdo con una claridad poco habitual en estos casos. No era solo una discrepancia táctica, sino un aviso político: reforzar a Vox cuando se debilita es un error. Y hacerlo, además, en plena construcción del relato de “mayorías absolutas”, roza cierta contradicción estratégica por explicar
Ayuso no hablaba solo para Madrid. Hablaba, en realidad, para ese votante del PP que compra la idea de un partido autosuficiente y que ahora ve cómo, en cuanto se presenta la oportunidad, la dirección nacional corre a abrazar lo que decía querer evitar. Todo ello, además, en el momento más delicado posible: con Juanma Moreno intentando revalidar su mayoría absoluta en Andalucía sobre una premisa muy sencilla —y muy rentable—, que él no necesita a Vox para nada. Un relato que funcionaba. Un relato que ahora hace aguas.
Porque mientras Moreno vende autonomía, Feijóo firma dependencia. Mientras uno presume de estabilidad, el otro introduce incertidumbre. Y mientras Vox se desgasta solo, el PP decide hacerle campaña institucional gratuita. Observándolo críticamente, hay algo profundamente paradójico en todo esto. Durante meses, el análisis dominante en el entorno popular era que el tiempo jugaba a su favor y en contra de Vox. Que bastaba con esperar. Que la política, a veces, consiste precisamente en no precipitarse. Y, sin embargo, a la hora de la verdad, Feijóo ha hecho exactamente lo contrario: precipitarse… para rescatar a quien no hacía falta rescatar. Y hacerlo, además, asumiendo un coste interno que ya no se disimula, sino que empieza a verbalizarse.
Quizá sea miedo al bloqueo de Vox en unas inminentes elecciones generales con resultado anticipado. Quizá sea alergia al riesgo. O quizá, simplemente, esa vieja tentación de la política española de resolver hoy lo que podría ganarse mañana. En cualquier caso, el resultado es difícil de maquillar: Vox respira, el PP se explica —mal—, Ayuso marca distancias y el electorado asiste, una vez más, a ese espectáculo tan nuestro de líderes que tropiezan no con sus enemigos, sino con sus propias decisiones. Extremadura, al final, no será recordada por el pacto, sino por la pregunta que deja flotando: ¿quién necesitaba más el acuerdo?