el faro de motes

Luis Motes

Periodista

De la risa de Ábalos al caso de Vito Quiles

¿De qué se reía pues el peón? ¿De qué se reía Ábalos? Pues, de que ahora sí, ha comenzado el ocaso del Príncipe

Abalos y Koldo

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El ilicitano Vito Quiles, que estudió en la Complutense y no en la Miguel Hernández, transita entre el periodismo y la agitación y suele ser protagonista -activo o pasivo- de una versión berlanguiana de la violencia política de la que se habla tanto estos días y que ha tenido en el episodio con Begoña Gómez su último estertor. Sin embargo, contra lo que muchos peroran, este tipo de agresividad no se fomenta en el mundo ultra tanto como en la otra orilla. 

Maruja Torres ha escrito estos días que “en mis tiempos jóvenes los magnicidas se organizaban mejor y tenían buena puntería” en referencia al intento de asesinato de Donald Trump. Imaginen que esto lo llega a escribir Carlos Flores. Arde Troya. Estos espectáculos de violencia política a los que asistimos no son de generación espontánea, si no que están provocados por un clima irrespirable, producto del fracaso de los servicios públicos esenciales -huelgas en la educación y la sanidad- y mala gestión en obligaciones sustanciales del Estado como los transportes ferroviarios y la movilidad. Y, sobre todo, de la corrupción.

Weber identificó el carisma como uno de los pilares del poder legítimo: ese que permite sobrevivir a escándalos que habrían sepultado a cualquier mortal sin vocación de permanencia. Mazón asumió responsabilidades y se fue, por su mala cabeza, en cuanto se quedó sin apoyos. Trump, Putin o Berlusconi no sostienen su poder sobre las normas ni sobre la tradición, sino sobre la adhesión emocional de sus seguidores. De ahí su aparente inmunidad al escándalo y a la corrupción: no es que no existan, es que han dejado de ser relevantes para quienes importan. Las comparecencias de Aldama, Koldo o Ábalos en el juicio de las mascarillas son de un tufo insoportable. Aldama, además ha señalado directamente al Presidente del Gobierno. Podemos dudar de la solvencia de su relato, si quieren, pero si alguien se autoinculpa y no lo hace en Tómbola sino en el Supremo, ofrece trazabilidad y coherencia en su testimonio, declara con todas las garantías y detalla que el “1” era Sánchez, no se entiende como no existe ninguna instancia actuando de oficio.

No pasará. Sánchez ha desplegado su manual maquiavélico con la serenidad de quien no lee nada nuevo. El florentino lo dejó escrito hace cinco siglos con precisión que no ha envejecido: el príncipe no necesita ser honrado, sino parecerlo, porque los hombres juzgan más por los ojos que por los hechos. La estrategia en su momento respondió a su manual de resistencia: silencio calculado, ataques a los jueces bajo el paraguas del lawfare y llamamientos solemnes a la "estabilidad" —palabra que, en boca del poder, suele significar que nada cambie demasiado deprisa—. Maquiavelo habría reconocido la táctica sin necesidad de presentación: convertir al juez en el problema para que el acusado deje de serlo. Y, como segundo movimiento, sacrificar al peón. Con gratitud, se entiende.

Veo reírse a Ábalos, frivolizando con el asalto al Estado e intuyo la complicidad de los más altos estamentos del Gobierno, y pienso que, efectivamente, la historia no se repite, pero rima

¿De qué se reía pues el peón? ¿De qué se reía Ábalos? Pues, de que ahora sí, ha comenzado el ocaso del Príncipe. Pero ¿por qué ha sobrevivido hasta ahora? Pues porque la autoridad de Sánchez dentro del PSOE no descansa en normas ni en principios morales, sino en el carisma personal y en el control milimétrico de los resortes del partido. El ejemplo está en la geografía humana de su corte, que ha acabado como las naves de Hernán Cortés, sacrificada para impedir la vuelta a casa. Morant, Montero, Alegría… pensándolo bien, es una forma de liderazgo como cualquier otra.

Es curioso que la izquierda suele desmarcarse del mapa de responsabilidades cuando se habla de la crispación o la polarización en España. Y de violencia política, por tanto. Cuando desde determinadas élites se señala a los conservadores como responsables históricos de la polarización y del fomento de la violencia política, conviene no olvidar que de la ultraizquierda salieron las balas que se llevaron por la vía rápida a cinco presidentes del gobierno en España, y que un sexto —José María Aznar— se salvó por una geometría favorable. Un detalle que, curiosamente, tiende a no aparecer en los análisis más rigurosos sobre la cultura de la violencia. Porque esa es la clave del momento político: no tanto lo que se hace, sino quién lo hace y, sobre todo, cómo se llama después. Para muchos la violencia es “jarabe democrático”.

España practica, además, una memoria selectiva de gran eficacia. Se señala a la derecha como sospechosa habitual de la violencia política, pero se pasa de puntillas sobre episodios considerablemente más incómodos: hubo una banda terrorista que violentó durante décadas nuestras vidas. Y hoy, sin excesivo rubor, sus herederos políticos forman parte del engranaje parlamentario que sostiene al Gobierno. Todo muy normal. Yo es que veo reírse a Ábalos, frivolizando con el asalto al Estado e intuyo la complicidad de los más altos estamentos del Gobierno, y pienso que, efectivamente, la historia no se repite, pero rima. La madre del premier soviético Leónidas Brézhnev, con más lucidez que muchos analistas actuales, le dijo a su hijo: "No sé si es buena idea tener tantos coches de lujo… no sea que vuelvan los comunistas." El fenómeno permanece intacto: hay ideologías que condenan la opulencia con ardor evangélico. Salvo, claro está, cuando son ellas quienes la organizan. Qué risa.