opinión

Luis Motes

Periodista

Juanma... y Juanfran

No pasa nada por tener un discurso de derechas sin complejos. No pasa nada por asumir que PP y VOX están condenados a gobernar juntos en las autonomías y, en algún momento, en España.

Juanma Moreno y Juanfran Pérez Llorca

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Valencia fluye. Cada día, cada fin de semana, eventos y carpas sirven para camuflar encuentros de alto voltaje, como el cenáculo político que se montó a la sombra del abolengo de la Copa Faulcombridge de tenis —histórico torneo que data de 1933—, conversaciones discretas a la vista de todos, lo que resulta una contradicción. O no, porque a veces una imagen de dos susurrándose vale más que mil palabras. La ciudad es un organismo vivo en ebullición permanente, y los que mandan lo saben, o por lo menos lo intuyen, que no es lo mismo, pero casi.

Tras lo de Andalucía del domingo toca hablar de Juanfran Pérez Llorca y de Juanma Moreno Bonilla. Los dos presidentes de la Comunitat y de Andalucía con nombre compuesto, los dos que lo abrevian con idéntica lógica de proximidad, ambos convencidos de que la cercanía vende por encima de otros atajos. Uno desde Finestrat, el otro desde Málaga, y los dos, tarde o temprano, gobernando con VOX. El segundo ya lo sabe y lleva las cicatrices. El primero seguro que lo intuye, aunque el escenario valenciano tiene sus particularidades, que no son pocas, porque aquí, según rezan las encuestas, todavía hay partido y la derecha va a tener que hacerse perdonar varios pecados, empezando por la dana.

Pero que no se preocupe demasiado el PP de la Comunitat: entre traspasos hosteleros de órdago, compras internacionales y desembarcos ilustres, la actualidad fluye de forma paralela a las crónicas que se publican porque la recta final de la legislatura va a verse jalonada de inauguraciones, novedades urbanísticas, operaciones inmobiliarias de largo alcance y grandes proyectos en ciernes. Buenas noticias que ayudan, en suma.

Y, sobre todo, que los andaluces se lo han puesto fácil a los valencianos y al resto de los españoles. Da risa quien reprocha al PP su "fracaso" por no conservar la mayoría absoluta porque para sí quisieran esos números, con casi la mitad del hemiciclo para los conservadores. Nadie, salvo Ayuso —y ya veremos—, va a gobernar ni a derecha ni a izquierda con mayoría absoluta porque el bibloquismo se ha consolidado. Y nadie va a hacer desaparecer ni a VOX ni a las "izquierdas de las izquierdas", con más o menos dosis de soberanismo en sus filas.

Lo de Andalucía ha despejado el tablero, elimina equívocos, derriba complejos y eso, mal que les pese a algunos, es una buena nueva. La izquierda se felicita porque el PP ha perdido la mayoría con más votos que nunca, como si eso fuera un trofeo, cuando el Botànic no hubiera sido posible sin una negociación a dos. La derecha, por su parte, ya no tiene excusa para el tacticismo crónico ni para esa tensión sexual —entiendan la metáfora— no resuelta entre Feijóo y Abascal. VOX es el báculo, el contrapeso, el azimut constante, marcando altitud y latitud, con techos claros y lastres reconocibles. Lo fue primero aquí, en la Comunitat Valenciana, donde el cordón sanitario se liquidó en minutos y con una servilleta, sin los miles de folios de las grandes coaliciones alemanas. No hacía falta más. Y esto que hoy valida Andalucía no es otra cosa que el patrón valenciano, exportado al sur con eficiencia meridiana.

Y ¿cómo guiarse a través de aguas tan turbulentas? Pues hay quien no hace ascos a nada. Las inteligencias artificiales, cada vez más humanas, más listas y más metidas en la ética, ya rastrean de qué se habla y de qué no, ya envían briefings diarios, ya saben si la inmigración renta o no, si hay que viajar a tal sitio o evitarlo, si la cuota de autónomo es un valor al alza, si se conversa sobre igualdad o sobre viajes y a dónde. Pero hay una cosa que todavía no pueden hacer: decirle a nadie qué candidato es el óptimo. Eso sigue siendo artesanía.

Aquí entra el paradigma Morant. El problema no es la candidata socialista, sino la perversión del sistema que representa: si pones a una ministra al frente de una candidatura autonómica, el Gobierno deja de ser instrumento de todos para convertirse en agente opositor en cada autonomía del signo contrario. Resultado: desmovilización garantizada de, al menos, la mitad de la parroquia. Se vio en Andalucía. Por eso, paradójicamente, el mejor seguro de vida de Llorca es que Morant lidere la cruzada valenciana. No se puede ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Com repicar i anar a missa.

Mientras tanto, la ciudad amanece con una huelga que el gobierno perderá —la de los profesores—, porque el gran error es comprar el marco, querer convencer a quien no tiene ninguna intención de ser convencido. Las familias sí votarán. Los huelguistas, no. En el Botànic no hubo paros educativos porque eran los mismos: pasaron del despacho a la pancarta. Y la dana ya está amortizada en el discurso, aunque todavía queda algún respingo en las comisiones de investigación de Madrid sobre la tragedia.

Ahora toca la trampa educativa. Pero Llorca ya debería saberlo: ríndete y sigue. Ríndanse todos, en realidad. Ante las evidencias y la realidad. No pasa nada por tener un discurso de derechas sin complejos. No pasa nada por asumir que PP y VOX están condenados a gobernar juntos en las autonomías y, en algún momento, en España. Admitirlo no es derrota: es higiene política.