OPINIÓN

Luis Motes

Periodista

El Papa en España: la desmemoria de Valencia

Lo que Valencia demostró en 2006 es que cuando el escenario es extraordinario y la voluntad artística está a su altura, la televisión deja de ser testimonio para convertirse en memoria.

El Papa León XIV en el CongresoVERONICA POVEDANO

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Remontémonos 20 años atrás. Con nuestro papanatismo habitual, en este caso a la hora de dar contexto a las relaciones entre España y El Vaticano y configurar los antecedentes de la actual visita papal, hemos enterrado bajo siete llaves la visita de Benedicto XVI a la Comunidad Valenciana, la última de un pontífice al Reino de Valencia. La omertá autoinflingida por los medios valencianos de cabecera obedece a la hipoteca reputacional que arrastró esa visita, en una de sus vertientes organizativas. Sin embargo, el hecho de que algún desalmado ―los Correa y compañía con las complicidades locales adecuadas― aprovechara el episodio histórico para hacer caja al margen de la Ley no debería significar una enmienda a la totalidad de aquel trascendental momento.

Estoy siguiendo con especial interés la visita de Robert Prevost a España, seguramente porque en una ocasión gocé de la irrepetible oportunidad de estar en la sala de máquinas de la difusión audiovisual urbi et orbe de aquel acontecimiento, motivo por el cual el equipo que tuve la suerte de comandar obtuvo el Premio de la Academia de la TV de España por la histórica retransmisión. Ni la retórica de las imágenes, ni la narrativa icónica, ni el motivo han cambiado demasiado. Los avances tecnológicos han enriquecido lo que muestran los 16/9 de la pantalla y hoy se supera en calidad la grandiosidad de lo exhibido entonces pero no de forma exponencial. Únicamente el uso de algunas herramientas ha actualizado el resultado para bien casi 20 años después. Y, sin embargo, Valencia 2006 es un hito televisivo porque alguien entendió que tenía entre manos algo más que un evento religioso: la oportunidad de presentar una ciudad al mundo. Con menos recursos y las máquinas de hace dos décadas, cada plano estaba medido al milímetro, cada movimiento estudiado con precisión para narrar un sentimiento. Se trabajaron los reflejos en el agua, los fondos arquitectónicos, las transiciones. Cada decisión estuvo al servicio de una narrativa que fusionaba la fe, la multitud y la belleza singular de un enclave irrepetible. El resultado fue poesía audiovisual, un relato en el que la imagen no ilustraba lo que ocurría, sino que lo elevaba, lo convertía en épica. Veinte años después, esas imágenes siguen siendo uno de los retratos más poderosos que Valencia ha dado al mundo.

La cobertura de la visita del Papa León XIV a España es solvente, profesional y vibrante por la fuerza del propio acontecimiento. Pero los escenarios elegidos en Madrid convocan otro pulso, hablan de poder y de historia, no de belleza contemplativa. El impacto que transmite esta visita reside en el contenido, en el mensaje, en la presencia del Papa y en la multitud que lo acompaña, no en la fusión entre espacio y relato. No es un defecto, es simplemente otra naturaleza. Lo que Valencia demostró en 2006 es que cuando el escenario es extraordinario y la voluntad artística está a su altura, la televisión deja de ser testimonio para convertirse en memoria. Aquello también tuvo apostasía, pero mucho apoyo. Al "Jo no t'espere" le siguió una marea de orgullo y, en el caso de la televisión pública, de reconocimiento. El esquema televisivo de Valencia se siguió en las siguientes expediciones vaticanas. Valencia creó escuela.

Si nos venimos al presente, lo importante radica en el mensaje, en la naturaleza conversacional del viaje. Desde cierta distancia, observamos la generosa tinta corrida tras el momento institucional más importante de la visita, el discurso ante las Cortes Generales en Madrid. El pasado lunes, el Congreso de los Diputados vivió un momento que no tiene precedente en la historia de la democracia española: un Papa tomó la palabra y recibió una ovación casi eterna, de siete minutos. Esos siete minutos es el tiempo que los diputados de todo pelaje, esos mismos que se interrumpen, se insultan y se niegan el saludo en los pasillos, dedicaron a aplaudir sin fisuras a un hombre que acababa de reprocharles, con toda la delicadeza que permite el protocolo vaticano, buena parte de lo que llevan años haciendo. Para entendernos, no fue un aplauso de convicción. Fue un aplauso de reparto.

De izquierda a derecha, con matices, todos los grupos parlamentarios presentes alabaron las palabras del pontífice y se quedaron con la parte que mejor representa sus posicionamientos. Lo cierto es que el Santo Padre hizo un discurso coherente con su obligación predicadora. El cumplió, los grupos parlamentarios no, porque asumieron premisas de las que apostatan en los debates habituales y en la conversación pública. Pudieron, al menos, matizar, modular o incluso reprochar al Papa ante los medios tras el discurso. No lo hicieron. Más bien todo lo contrario. La izquierda aplaudió lo de la migración, el derecho internacional y la paz. La derecha aplaudió la obligación de salvaguardar la dignidad de la vida, la familia y las raíces. Feijóo llegó a declarar que compartía el discurso "de la a la z", lo cual habría sido un prodigio de coherencia si no fuera porque el Papa también habló de acoger al inmigrante con dignidad, asunto en el que el PP prefiere la ambigüedad estratégica. Sánchez, por su parte, destacó las palabras sobre migración y paz, en un ejercicio de selectividad que convenientemente esquivó los pasajes sobre el aborto y la eutanasia, la dignidad humana en definitiva, desde el no nacido al ocaso natural, legislación que su Gobierno ha impulsado. Ninguno se dio por aludido en lo que le incomodaba. Todos se creyeron aludidos en lo que ya pensaban. Lo que nadie mencionó en sus valoraciones posteriores es lo más revelador.

No es ninguna novedad que los papas hablen ante los parlamentos. León XIV es el primer pontífice en pronunciar un discurso ante las Cortes Generales españolas, pero los obispos de Roma llevan décadas dirigiéndose a los parlamentarios. Juan Pablo II intervino en el Parlamento Europeo en octubre de 1988 y Francisco lo hizo el 25 de noviembre de 2014. Benedicto XVI se dirigió a las dos cámaras británicas en Westminster Hall en septiembre de 2010, y ese mismo pontífice pronunció su célebre discurso sobre los fundamentos del derecho ante el Bundestag en Berlín en 2011. Francisco habló ante el Congreso de los Estados Unidos en septiembre de 2015. En ningún caso los parlamentarios de aquellos países salieron del hemiciclo convertidos. Sí salieron, en cambio, con la sensación de haber asistido a algo importante. La política tiene esa habilidad: convertir la incomodidad en foto de archivo.

Horas después de ese discurso, la izquierda a la izquierda del PSOE comenzó a remugar sobre la aconfesionalidad del Estado y al exceso de pleitesía ante el Papa, algo inopinado pues se invitó al máximo pontífice a acceder por una puerta secundaria al hemiciclo y no por la Puerta de los Leones, por ejemplo. E intuyo que lo que peor lleva la derecha a estas alturas es que la visita se haya llevado a cabo en las postrimerías de una legislatura enferma, en los minutos de la basura de Sánchez. Pero conviene volviendo al punto anterior, el de la aconfesionalidad del Estado, no confundir lo que está en juego. Que un Papa hable en el Congreso no implica ninguna intromisión clerical en el Estado, y los que salieron corriendo a agitar el espantajo de la teocracia demuestran no haber leído ni la Constitución ni al propio León XIV. España es un Estado aconfesional —"ninguna confesión tendrá carácter estatal", dice el artículo 16.3—, pero eso no significa un Estado laicista en sentido excluyente ni hostil. El mismo artículo constitucional establece que los poderes públicos mantendrán relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones. No es una contradicción, es un modelo. La distinción no es menor: la aconfesionalidad se refiere al reconocimiento institucional, la cooperación se refiere a la práctica. En España, las dos cosas conviven con normalidad desde 1978, y hacerlo no convierte al Congreso en el Vaticano ni al Vaticano en el BOE.

Cataluña y Canarias cierran un viaje histórico en un país que no está elegido al azar. En plena marea de populismo en Europa y en el mundo, España parece un lugar donde todavía pervive el ecosistema político clásico en Occidente de las últimas décadas. León XIV llegó con un mensaje que, como mínimo, debería haber incomodado a nuestra clase política. Les invitó a alzar la mirada para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Es un reproche suave, formulado con la elegancia que da siglos de práctica diplomática, pero es un reproche. Y todos aplaudieron. Eso dice bastante de cómo funciona la clase política española. No es que no entendieran lo que el Papa decía. Es que lo entendieron perfectamente y prefirieron aplaudir de todos modos, cada uno con su propia versión del discurso en la cabeza. Siete minutos de ovación y ningún segundo de autocrítica. Si eso no es un retrato fiel de nuestra política, que venga Dios y lo vea. O su representante en tierra.