opinión

Luis Motes

Periodista

El mérito de JFK

La Comunitat Valenciana es el territorio a batir y nadie en Madrid lo ignora: quien gane aquí puede ganar España porque lo de las generales será un plebiscito.

El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo (c), el presidente de la Generalitat Valenciana, Juanfran Pérez Llorca (i), y el presidente provincial del PP de Valencia, Vicente Mompórobersolsona

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Solo los muy iniciados saben que JFK, además de identificar al segundo de los Kennedy, es el socarrón acrónimo con el que se conoce a Juanfran Pérez "LlorKa" en la tierra media desde donde procede, la Marina Baixa. El "marinabajismo" es esa forma particular de entender la vida en esa franja de la provincia de Alicante, que tiene algo de la Mariña Lucense gallega, de donde llegó Fraga. Un mote cariñoso, casi familiar, casi fraternal, casi un título nobiliario de comarca, para quien lleva unos meses siendo el presidente elegido primus inter pares en un juego de tronos soterrado que se resolvió con La Nucía como campo base y Bernabé Cano haciendo de sherpa tras la caída de Mazón. Me voy a aplicar en los tutoriales en este mes de julio para acertar en el diagnóstico o afinar en el juicio sobre el PP porque confieso que se lo comentaba yo a un destacado miembro, con responsabilidad orgánica, en el PPCV: cada vez entiendo menos a tu partido, le dije. Lo cierto es que llevo años así, en una suerte de proceso de empobrecimiento cognitivo sobre los liberal-conservadores, que no remite sino que se acentúa. Él, mi interlocutor, con la honestidad que a veces regala la confianza, me reconoció que él tampoco.

La política valenciana pues todavía no ha abandonado la situación de excepcionalidad, es como el cubano "período especial", que se ha hecho un poco largo, justo desde el momento en que cayó el hermano soviético y se quedaron sin petroleo. La Dana ha generado sufrimiento en las personas e incertidumbre en las dinámicas políticas y la única certeza es que no hay nada sólido a nuestro alrededor, que todo parece provisional en un permanente "work in progress". Y ahora llegamos al tuétano de del verano, ahora que despierta julio, que es solo para campeones. Repasemos los liderazgos. Mónica Oltra sufre el jarabe democrático que alentó en sus albores en su campaña para dinamizar a la izquierda y desbordar las siglas. La verdad es que es loable esa capacidad mesiánica de quien se ve con fuerzas para desafiar a las urnas camino del banquillo. En la política de sectas se han perdido las formas y ya no encontramos seguidores en determinados liderazgos sino cófrades. También en julio veremos a Diana Morant corriendo a despejar dudas sobre su candidatura con su proclamación. Lo de Morant da algo de grima, cuando se olvida del concepto, o se queda en blanco ante las preguntas de los compañeros. A Morant le sucede que parece que el argumentario de Ferraz le llega siempre tarde. Julio es un mes realmente intenso porque al ungimiento de Morant, que será perpetrado por Sánchez en su vuelta a la zona cero, se le van a sumar las portadas sobre la corrupción, algunas más, y los incendios, forestales o no. Por eso, hablando del Consell, los errores no forzados los comete, cualquier gobierno, cuando baja la guardia en agosto.

Sánchez lo sabe perfectamente. Va a venir por la Dana, como decía. Necesita enterrar la leyenda del galgo de Paiporta. La Comunitat Valenciana es el territorio a batir y nadie en Madrid lo ignora: quien gane aquí puede ganar España porque lo de las generales será un plebiscito. Por eso resulta difícil de entender —por mi asombro con el PP— que Núñez Feijóo todavía no haya bendecido al ex alcalde de Finestrat, que tiene el mérito —nada menor— de haber recompuesto a duras penas el ademán del PP valenciano tras el desastre de la barrancada y la larga sobremesa como epicentro de un tiempo que todos querrían olvidar. Sánchez calcula, además, que a pesar de los escándalos que le rodean y los que vendrán, colocar las generales justo detrás de las locales y autonómicas —con la configuración actual de los gobiernos de derechas— pone a España exactamente donde él necesita para su última oportunidad de salvarse. Y si fracasa en el intento, el PSOE ya trabaja el relato alternativo: que el gobierno de Feijóo será corto, tensionado por movilizaciones sociales y laborales, con Vox lastrando la imagen de la coalición. En esas coordenadas, la mirada de Feijoo resulta demasiado larga. Demasiado estratégica para una tierra como esta, que necesita más neuronas y certezas y menos tablero. JFK, mientras tanto, espera su bendición. Como Fraga esperó siempre que Madrid entendiera Galicia. Tampoco lo consiguió del todo.