A Yolanda no le mola la corrupción
Ella como jurista en su vida privada no puede ni debe pronunciarse sobre las escasas causas que penden sobre su tan austero y transparente gobierno de progreso
La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía, Yolanda Díaz (d), a su llegada a la clausura de las ‘V Jornadas Confederales LGTBI de UGT’, a 3 de julio. Eduardo Parra / Europa Press 03/7/2026
Pero ni una miajita. Es por eso que la más supervicepresidenta del gobierno, más superchulísima que conocieron los tiempos, tanto galegos cuanto espanholes, anda estos días con esa carita de yo no fui. Ella siempre tan dulce, tan amorosa y tan pedagógica.
Que es cierto. Que es así, que ella como jurista en su vida privada -de reconocido prestigio hemos de añadir, modesta que es la ferrolana- no puede ni debe pronunciarse sobre las escasas causas que penden sobre su tan austero y transparente gobierno de progreso. Por demás, todos ellos legajos insignificantes o embrionarios. Según con acierto estos días puntualiza también Rudolph, su otro entrañable compañero de gabinete.
Que ellos, llueva o truene, van a seguir erre que erre gobernando, para mejorar la vida de la gente; en especial la de los miles de violadores, pederastas y abusadores sexuales, que han salido a la calle o que pronto juran hacerlo. Y en favor de esos millones de jóvenes y jóvenas, que gracias al gobierno de Yolanda, adquieren sin parar su primer hogar, y con todas las facilidades. Habidas y por haber.
Porque desde que impera Yolanda, la cesta de la compra, además, no ha dejado de caer; aunque eso en el fondo, ha sido culpa del elefante de Trump, y del zorro de Milei, fauna repugnante, por demás, y de la Internacional Ultraderechista, según nuestra heroína social, que encima osan apostatar del dogma fundacional de la Justicia Social; no como Diaz-Canel o Maduro. O como nuestros populares comegambas. E Incluso, el hoy ya innombrable, José Antonio. Sobre todo para el tan imprescindible Rudolph.
De ahí que solo nos reste suplicar a doña Yolanda Díaz que resista: una miajita más al menos, como en su día bien lo hiciera la mítica Pasionaria. Que ya pronto, muy pronto, volverá a ser otoño en El Corte Inglés.