opinión

Luis Motes

Periodista

A este verano le falta una gorra

La política está llena de símbolos, inopinados o no, que cambian de significado sin cambiar de forma.

Begoña Gómez y Pedro Sánchez en sus vacaciones en Lanzarote

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Yo también llevo gorra cuando estoy de vacaciones. De hecho, mientras escribo estas líneas, pasando unos días en el sur de España, veo a decenas de personas con una. Protege del sol y poco más. Para cualquiera de nosotros, una gorra no significa absolutamente nada. O casi. Que se lo digan, por ejemplo, a Ferran Torres, con su casquete trumpista en la rúa madrileña del Mundial, por el que fue criticado con encono. Ahora el delantero culé —de momento— ha sido elegido por la Generalitat Valenciana para representar nuestros valores turísticos y sociales; la imagen valenciana, vamos, que cabe también bajo una gorra.

Como digo, hay personas para las que una gorra nunca es solo una gorra. Vamos a la semiótica. Roland Barthes explicó hace décadas que los objetos cotidianos dejan de ser simples objetos cuando entran en la esfera pública. Se convierten en signos. En símbolos. En relatos. Escribo estas líneas cerca de Punta Paloma, Cádiz, a 720 millas náuticas de La Mareta, en línea recta, en la costa oriental de Lanzarote. Allí está veraneando, como saben, el presidente del Gobierno. Hay que retroceder algunos veranos para encontrar a Pedro Sánchez engorrado, porque la fotografía que ilustra este segundo fondillo estival no es del estío de 2026. Durante años, la gorra de Pedro Sánchez fue exactamente eso. Llegaba agosto y aparecía la fotografía en el palacete veraniego, el mercadillo, la bolsa con verduras y el presidente convertido, por unas horas, en un ciudadano más. La imagen construía un relato muy concreto: la normalidad.

Pero la normalidad también depende del contexto y el actual, por mucho que pretendan Sánchez y su ejército de camarlengos, hace imposible sostener aquel relato. Desde aquí, el norte de África no es una abstracción; forma parte del horizonte. Como digo, en días claros, cuando arrecia el poniente, puedes distinguir hasta la matrícula de los coches que circulan cerca de Tánger. Es un decir. Basta mirar al otro lado del mar para comprender que la actualidad nunca está tan lejos como parece y, quizá por eso, este verano echo de menos aquella gorra. Y no porque arda en deseos de verla, sino porque entiendo que hoy ya no contaría la misma historia.

La política está llena de símbolos, inopinados o no, que cambian de significado sin cambiar de forma. Miren lo de los chalecos: rojos, amarillos, negros… Un chaleco reflectante pretende comunicar liderazgo durante un incendio. El ya famoso chaleco rojo de Carlos Mazón durante la DANA probablemente perseguía el mismo objetivo. Sin embargo, una parte de la opinión pública terminó interpretándolo como el símbolo de una gestión fallida. El objeto era el mismo; el significado había cambiado y ya nadie lleva chalecos rojos. No los llevaban las autoridades del Consell durante los incendios recientes, por ejemplo. Han quedado proscritos. Con la gorra ocurre exactamente igual. Que se lo pregunten a Torres, volviendo al pelotero. Bastó una gorra para entusiasmar a Donald Trump, desconcertar a parte de la izquierda y demostrar que Barthes sigue teniendo razón: los símbolos no hacen carrera por lo que son, sino por lo que cada cual cree ver en ellos.

Mientras tanto, La Mareta continúa protegida por un importante dispositivo de seguridad. Es lógico que el presidente del Gobierno disponga de él; faltaría más. Que se implante una zona de exclusión marítima ya me parece un exceso, porque imagino que está planteada para evitar teleobjetivos incómodos. Pero incluso ese despliegue de seguridad comunica. Porque resulta difícil sostener visualmente el relato del ciudadano anónimo que compra fruta cuando alrededor existe un operativo extraordinario de protección. Ahí reside, quizá, la lección más interesante de Barthes. La comunicación nunca termina cuando se emite una imagen, sino cuando alguien la interpreta. El relato siempre se construye para un receptor y es él quien termina otorgándole sentido. A veces coincide con la intención de quien emite el mensaje. Otras veces la contradice por completo. En fin, eso creo que ocurre con una gorra, con un chaleco o con una fotografía cuidadosamente elegida. Y también con una fotografía que nunca llega a publicarse.

Quizá por eso la política contemporánea dedica tanto esfuerzo a controlar la imagen y tan poco a controlar su interpretación. Lo primero depende de quien posa ante la cámara; lo segundo, inevitablemente, pertenece al juicio de los ciudadanos. Y, como enseñó Barthes, entre lo que se pretende comunicar y lo que finalmente se entiende suele existir un espacio imposible de gobernar. Ahí, precisamente, es donde nacen los símbolos.