el faro de motes
El gas pimienta y la naranja de Lizondo
El histrionismo no es un error de cálculo, es una economía: cuesta menos fabricar un icono que sostener un argumento
La diputada del PP, Ana Vázquez, tras ser expulsada por llevar un bote de gas pimienta durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados.
Para los no desmemoriados o los más jóvenes. Sitúense en 1989. Investidura de Felipe González para su tercer mandato, felipismo en su cénit, hegemonía absoluta. Un diputado único, Vicente González Lizondo, de un partido único, Unió Valenciana, sube a la tribuna con una naranja en la mano para denunciar el abandono de la citricultura valenciana frente al resto de autonomías, una marginación que perdura. Marketing político en estado puro, ni kingmakers, ni "ivanes redondo", "ni res", comunicación de impacto, la blitzkrieg del eslogan en sentido primigenio: "cuando acabe de arruinar Alicante, Castellón y Valencia, habrá arruinado España", suelta antes de depositar la fruta sobre el escaño presidencial. Treinta y siete años después seguimos recordando la naranja mejor que el discurso, y sin embargo aquel gesto no enterró la causa: la izó. Unió Valenciana vivió después su mejor década gracias, precisamente, a aquella naranja. Fue la excepción que confirma la regla, porque lo habitual es justo lo contrario. Lo habitual es, a la vista de lo que suele acontecer los últimos tiempos en el ámbito parlamentario nacional o autonómico, Congreso de los Diputados o Corts Valencianes, lo opuesto: que el teatro se coma al actor y si me apuras, a la obra entera.
El PP no ha sido nunca el primero de la clase en cuanto a comunicación política se refiere y en tiempos postreros hemos visto a sus representantes desinflando las velas que tenían con viento de popa, pegarse tiros en el pie, disparar a los suyos -incluso sin querer-. La diputada del PP en la Cámara Baja Ana Vázquez ha sacado un bote de gas pimienta en el hemiciclo para hablar de Ceuta, y a partir de ahí ya no ha hablado nadie de Ceuta. Armengol, presidenta del Congreso, le ha sacado tarjeta roja, Feijóo se ha indignado en el pasillo, media España ha discutido si el bote estaba lleno o vacío, y la crisis migratoria que motivaba el numerito ha quedado, una vez más, en la sala de espera. Y el gas pimienta, por cierto, en el váter. El puro de aquel diputado de Vox, por Alicante, José María Sánchez, sacado en pleno debate para ilustrar no recuerdo ya qué agravio fiscal, consiguió que habláramos tres días del puro y ninguno del agravio. El adoquín que Albert Rivera plantó en la tribuna para denunciar los ataques callejeros a la policía en Cataluña acabó siendo, él solo, la noticia: un adoquín con vida propia, absolutamente ajeno ya a los agentes apedreados que le habían dado origen.
La diferencia con Lizondo no es de intención, es de época. En 1989 el objeto necesitaba una semana de prensa escrita para instalarse en la memoria colectiva. Hoy, como imaginarán, todo ha cambiado. Hoy necesita un máximo de cuarenta minutos de directo y dos millones de reproducciones en vertical. La velocidad no perdona: cuanto más rápido corre la imagen, menos tiempo le queda al argumento para subirse al mismo tren, y acaba siempre perdiéndolo. El bote de pimienta ha hecho, en cinco minutos de titulares, lo que ningún portavoz socialista habría conseguido en un mes: borrar a los ceutíes del debate y devolvérselo a la propia diputada, convertida ya no en denunciante sino en protagonista de un lío reglamentario sobre armas y sprays homologados. La vamos a ver en los realitys pronto, a la procuradora digo.
Marshall McLuhan lo resumió hace más de sesenta años con una frase que la clase política española debería tener grabada en el atril: el medio es el mensaje. No importa lo que Ana Vázquez quisiera decir sobre Ceuta porque lo que ha dicho, en realidad, es "miren, un bote de espray", porque el aparato mediático procesa formas antes que contenidos, iconos antes que argumentos. El histrionismo no es un error de cálculo, es una economía: cuesta menos fabricar un icono que sostener un argumento. El problema es que ese ahorro, casi siempre, se lo cobra la propia causa y así que hoy, otra vez, Ceuta ha perdido su turno de palabra a manos de quien decía defenderla. El bote estaba vacío, ha insistido la diputada. Como casi todo lo demás.