¿Y si los chinos compran el Valencia CF?
Ahora España es un mar de hules, y el único que va ganando en la cuenta de resultados es Decathlon
Futuro estadio del Valencia CF
Con poco más de diez años en mi haber me encantaba La Frontera Azul, mítica serie japonesa sobre menesteres chinos que emitió la única Televisión Española que había entonces. Un grupo de forajidos se hacía fuerte en el cerro de Liang Shan Po, así se bautizaron, años después, los barrios más conflictivos de nuestras ciudades y luchaba contra los tiranos. Aquí la maldad la personifica Peter Lim, nuestro Lex Luthor local, y yo lo que sueño cada noche es con que Geely o Gotion compren el Valencia CF y en la ciudad tengamos, por fin, una buena noticia después de tanto desconcertante desasosiego, tanta tienda de campaña y tanto cutrerío. Con la de chinos, en la mejor expresión del término, que están invirtiendo en la Comunitat Valenciana, que nadie les haya sugerido todavía a esas multinacionales aterrizadas en nuestro tejido universitario o automovilístico que esa sería la mejor opción para atrapar el corazón a los valencianos, además de su bolsillo o su futuro, me parece el colmo.
En esta campaña de disparates en la que nos encontramos, a mes y medio de unas elecciones generales convocadas por sorpresa, ese anuncio —la entrada de capital chino en Mestalla— sí que le serviría a Pérez Llorca para sacar del bucle melancólico a su equipo y a la ciudadanía, que para ser el primer día de la Comunitat que celebran desde que JFK juró el cargo pues les ha salido un poco raro, habida cuenta de las circunstancias. A los valencianos nos toca celebrar el 9 d'Octubre secuestrados por una de las múltiples acampadas que jalonan el territorio nacional, que ni en eso somos distintos.
Será un cuento chino, lo de los chinos y el Valencia, como lo es el dosier de Llorca, pero más o menos tanto como lo de las acampadas. El senador norteamericano Hiram Johnson lo dejó dicho hace más de un siglo: la primera víctima de toda contienda es la verdad. Aquí la contienda no es bélica, es electoral, pero el principio rige igual: primero cae la verdad, luego llega la pirotecnia -no habrá mascletá-, y de que no se celebre con normalidad el 9 d'Octubre tienen la culpa, como no podía ser de otra manera, los catalanes, ni Bernabé, ni los indignados, que son carne de cañón y colocados aquí como atrezzo. Miriam Nogueras es la Ayuso catalana, más mala que la propia novia de Luthor, Eve Teschmacher, a la que dio vida Sara Sampaio en Superman. Nogueras, además de ser una excelente tiktokera, es una gran y eficaz política, lo malo es que es independentista. Por cierto, qué bien le iría al PP valenciano una Nogueras. La diputada pactó con Pedro Sánchez —que no es socialista, a fuer de liberal, como decía Indalecio— el no a sus decretos de pega, y eso nos ha traído hasta aquí, a la campaña electoral más sucia que se recuerda.
Ahora España es un mar de hules, y el único que va ganando en la cuenta de resultados es Decathlon. Sánchez ha diseñado, con una trazabilidad manifiesta, una estrategia perversa que va desde Maricarmen, esa casualidad cósmica, hasta la bajada de la senyera, primera estación del despropósito nacional. Dijo alguien que cuando la imagen sustituye a la realidad, ya no se gobierna, se representa. Por eso da igual cómo se ponga la alcaldesa Català: la delegada Pilar Bernabé no va a quitar de allí a los cachorros quechua, unos engañados y otros motivados, porque no hay quien pueda contra un campamento de indignación bien iluminado y retransmitido día sí y día también.
Ya solo falta que un puñado de neonazis, de verdad o de pega, se pasee por el ayuntamiento y alguien se lleve un sopapo a cámara. Y entonces sí, habrá que darle a Sánchez el cum laude: no por gobernar España, sino por haber conseguido que todos miremos la foto y ninguno pregunte por el país que hay detrás.