El observatorio del 29-N
El aprendiz de brujo de la Moncloa
Estación de metro de Sol, en la Puerta del Sol, rodeada por la acampada
Hay estrategias electorales que tienen algo de malabarismo con fuego en un polvorín. Pedro Sánchez, maestro en el arte de convertir cada crisis en un trampolín de movilización, parece haber visto en la acampada de la Puerta del Sol —esa que desde el 26 de septiembre exige respuestas a una crisis de vivienda con alquileres imposibles y desahucios que hielan la sangre— una mina de oro electoral. La jugada, sobre el papel, es impecable: el pueblo ocupa la calle, el Gobierno no desaloja (faltaría más), y el PSOE se erige en el único dique de contención frente a la “barbarie de la derecha”. ¿Quién podría resistirse a tan perfecto guion? Eh ahí el conejo en la chistera del “brujo” de la Moncloa
El problema, querido aprendiz de brujo, es que los hechizos a veces se vuelven contra quien los lanza. Porque mientras miraba complacido cómo las tiendas de campaña de Sol se convertían en el decorado perfecto para su relato de "izquierda contra la reacción", una parte nada desdeñable del electorado moderado —ese que no vive en un piso okupa ni necesita un máster en conciencia social para votar, pero que tampoco quiere que le den la charla— empezaba a sentir un cosquilleo incómodo en la nuca. Ese cosquilleo se llama miedo. Y el miedo, en política, no suele votar a la izquierda.
La acampada de Sol, con sus asambleas interminables y sus consignas a medio camino entre el 15-M y el sindicalismo de barricada, no es un mitin de Ferraz. Es un recordatorio visual de que algo se ha roto en el modelo. Y cuando la Moncloa, en lugar de mediar con la autoridad que se le supone, decide mirar para otro lado y utilizar la presión de los acampados para intentar doblegar a sus socios parlamentarios, el mensaje que cala en el votante centrado no es "qué valiente es Sánchez", sino "esto se me está yendo de las manos". Y cuando la calle se convierte en el principal argumento de un presidente, el electorado moderado no ve a un líder, ve a un gestor que ha perdido el control del patio.
Mientras tanto, en la acera de enfrente, la derecha frotase las manos. No hace falta ser un lince demoscópico para verlo: las encuestas que se manejan de cara al 29N dibujan una ventaja clara del bloque conservador, con el PP rondando los 137 escaños y Vox al acecho con 65, sumando con holgura más de 190 diputados. El PP, con la calculadora en la mano, ya está diseñando su campaña para pescar en el caladero del centro moderado, ese que empieza a estar hasta el gorro de la "política-espectáculo". Y Vox, por su parte, ha encontrado en la acampada un regalo envenenado: cada día que Sol amanece con tiendas de campaña, Ignacio Garriga y los suyos pueden señalar al Gobierno y susurrar al oído del votante asustado aquello de que "Sánchez siembra la coacción y la violencia para influir en las elecciones". El marco perfecto para quien quiere vender mano dura.
La ironía final es que Pedro Sánchez, que llegó a la Moncloa prometiendo diálogo y gestión emocional, puede terminar la legislatura como el líder que necesitaba una acampada para justificar su relato, pero que no supo —o no quiso— desactivarla a tiempo. Porque las plazas ocupadas no son un activo electoral; son un pasivo que se paga en forma de escaños perdidos en el centro. Y el 29N, cuando las urnas hablen, puede que Pedro Sánchez, el aprendiz de brujo, descubra que el fuego que encendió para iluminar su campaña terminó quemando su propia mayoría. La calle, al final, siempre cobra intereses.