Hacia una cultura de riesgo

Urge una base cultural de razonable inicio en la educación primaria y secundaria, extensible de este modo a las familias, que continuando hasta la docencia y la investigación universitaria, enfoque la política medioambiental de la administración y provea al mismo tiempo de habilidades de respuesta a la gente

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La proliferación de alertas por condiciones meteorológicas adversas de los últimos tiempos, no solo en la Comunitat Valenciana, sino también en el resto de España, además de responder a un cambio de actitud de los políticos -tal vez guiados por su responsabilidad de futuro- está siendo aceptada por la ciudadanía sin dramatismos ni mucho menos banalización. Pese a que se mantengan en la oscura profundidad de las redes sociales, torticeros mensajes sin otro objetivo que la oposición política a quien los dicta.

Y con independencia de que se opte por un lenguaje más tremendista repleto de calificativos y valoraciones sobre el cambio climático, su emergencia y sus consecuencias, o por el menos connotativo de calentamiento global, el fenómeno cierto y constatable al que ambas denominaciones corresponde, es cada vez menos contestado por la comunidad científica, más allá de intereses vinculados a la economía del hidrocarburo. Bien lo sabe el profesor Baldasano.

Como son también menos los ciudadanos ajenos a una realidad que viven a diario sin necesidad de militar en uno u otro discurso.

La fase inmediata, en la que administración y sociedad civil deben compartir protagonismo, es adiestrar a la población en la respuesta adecuada y proporcionada a la alerta anunciada y su nivel de incidencia en la vida laboral y escolar, sin perjuicio de que por los responsables políticos se dicten instrucciones complementarias mediante resoluciones o recomendaciones en los medios y las redes sociales.

Trabajo con el profesor José Durán -él más que yo- en su investigación territorial y arquitectónica sobre una “cultura de riesgo”. Entiéndase, en un contexto de riesgo. Científicos anglosajones, principalmente norteamericanos, y también japoneses, vienen trabajando desde hace tiempo en lo que denominan “cultura del desastre” en su traducción más literal. De la catástrofe, cabría decir. Y de sus implicaciones en la ordenación territorial y en la arquitectura que lo construye.

Simultánea a la reparación por elevación de las infraestructuras dañadas por cada evento fatal, urge una base cultural de razonable inicio en la educación primaria y secundaria, extensible de este modo a las familias, que continuando hasta la docencia y la investigación universitaria, enfoque la política medioambiental de la administración y provea al mismo tiempo de habilidades de respuesta a la gente.

En la extensa literatura que se está produciendo a diario en torno a la crisis de vivienda que atravesamos, en la trascendencia que el asunto ha cobrado en la competición electoral, ajena a la asunción de responsabilidades, hay un acertado diagnóstico: falta de previsión a largo plazo. Siquiera a medio, en este caso.

Poco puede hacer un necesario, imprescindible diría yo, plan de choque con el millonario objetivo de construcción de vivienda nueva, si en paralelo no se trabaja en una estrategia preferentemente compartida.

El territorio es sujeto, objeto y soporte de ambas cuestiones sustanciales en el estado de bienestar: la calidad medioambiental y el sistema habitacional. Su ordenación integral y predictiva, obviamente condicionada por un clima de alerta frecuente, deberá materializarse con una arquitectura avanzada y de anticipación.

Y es sabido que en materia de urbanismo y arquitectura, la disciplina y sus profesionales se deben a la sociedad para la que trabajan. El reconocimiento de una cultura de riesgo y la aceptación serena de los deberes y responsabilidades tanto de la administración como de la sociedad civil es tarea a abordar con urgencia.