Y después de la tempestad viene… la ruina

Tanto Mazón como Sánchez deben poner el dinero en ventanilla y de inmediato; menos visitas y mensajes de condolencia prometedora que ayudan espiritualmente, pero no solventan ni la gana, ni la enfermedad

El Ayuntamiento De Algemesí, En Coordinación Con Cruz Roja, Despliega Diversos Recursos Para Atender A La Población Afectada Por La Dana.AYUNTAMIENTO DE ALGEMESÍ

Creado:

Actualizado:

Desde Hiroshima y Nagasaki no veíamos fotos tan pavorosas y, mucho menos tan próximas; aquellas en Blanco y negro, estas secuenciadas en color como cortes informativos para las televisiones de todo el mundo. Desolación, ahogamiento y muerte. "Cañas y barro" como en la novela de Blasco Ibáñez que al final sólo traerán un final trágico cuando, si en aquella ficción del escritor valenciano destruyen indiscriminadamente familias de honestos “llauradors” envueltas en la situación y la tragedia de condición humana mismamente, en esta realidad inmediata de la madre naturaleza arrasan indiscriminadamente casas y labores, amén de sepultar cadáveres encharcados, así como mucho destrozo en muebles y enseres de los hogares que habitaban quienes jamás pudieron imaginar que el (en apariencia) insignificante y silvestre “barranco del Poyo” (222 muertos), pudiera reconvertirse, 44 años después, en el desbordado Turia de 1957. (81 muertos). Por cierto, menos mal que Franco (alguna buena ocurrencia tuvo en tantos años de dictadura) tras la riada aceleró el Plan Sur para desviar el cauce del río de la ciudad que atravesaba justo por en medio y que el resto de los españoles también pagamos con impuestos y con sellos conmemorativos. De lo contrario, hoy volveríamos a hablar de miles de víctimas como en la riada de Santa Teresa al paso del Segura por Murcia, Orihuela, etc.

Los japoneses supieron levantarse sobre sus cenizas iniciando la reconstrucción, pero los españoles, los valencianos, nosotros/as no tenemos ese sentido de la disciplina, que tanto les compromete a ellos para hacerse un haraquiri como para afanarse todos a una con el simple pago de la solidaridad cuando la tierra ha temblado tantas veces bajo el Sol Naciente. Tienen emperador, como nosotros tenemos rey, pero y además les gobierna una democracia de partidos políticos consolidados que, a diferencia nuestra, jamás se echan la culpa tras un desastre climático o geológico; bien al contrario, arriman el hombro, trabajan juntos y cuando han vuelto a poner en pie tanto estropicio, analizan y buscan culpables si los hubiera, porque de poco vale echar las culpas a los movimientos tectónicos de su subsuelo, o aquí a las Danas que vuelan por el Mediterráneo sin apenas avisar donde descargarán su diluvio.

No hay nada más descorazonador para un ciudadano demócrata, y sobre todo para aquellos que alguna vez hemos jurado o prometido en las urnas la Constitución y sus leyes, al observar cómo los partidos políticos y más gravemente los mayoritarios, se pelean responsabilizando al otro inmisericordes, poniendo a caldo dimisionario al oponente incapaz, que no incapacitado para aceptar su argumentario de cabo a rabo: igual que críos de los pasados 80 cuando se preguntaban por la tozudez mutua idónea rompiendo una pareja: “¿fuiste tú el culpable o lo fui yo?” (Alaska y Dinarama). Sánchez versus Mazón y viceversa PSOE y PP.

Y mientras las poblaciones afectadas mirando a la luna de Valencia por si acaso la vuelven a tapar los nubarrones. Yendo al banco para preguntar por las ayudas, muy acuciados vitalmente cuando el estómago no espera, la farmacia está sobrepasada, otra viga queda a punto de caer arrastrando el techo, andan de acogidos en casas familiares o de amigos, reconstruyen fábricas, talleres y negocios donde todavía imperan los barrizales. Peor imposible. Hechas las pertinentes comprobaciones (siempre habrá cafres y aprovechados de lo ajeno), tanto Mazón como Sánchez deben poner el dinero en ventanilla y de inmediato; menos visitas y mensajes de condolencia prometedora que ayudan espiritualmente, pero no solventan ni la gana, ni la enfermedad, ni mucho menos la desesperación del alicaído por tantos desaparecidos, por esa casa y mobiliarios que pagó con la austeridad de un sueldo mediano, porque no sabe si reedificarla o definitivamente marcharse a otro sitio donde no le caiga la espada del encolerizado Dios de la lluvia.

Cerca de las grandes metrópolis se han creado ciudades piloto-dormitorios, y aunque no es una solución inmediata, sí que puede coadyuvar existiendo una esperanza para ubicar a tanto desahuciado impotente. Por otra parte, el control de la situación postapocalíptica debería volver a los técnicos, y buenas razones son el haber puesto al mando de desbroces y derribos necesarios a un general del Ejército, quien por cierto ha dicho que no quiere saber nada de los políticos ni de sus inútiles y permanentes querellas, sino de cómo recomponer una ruina semejante. Y eso cuesta dinero, mucho dinero. Habrá que traer, pagar y mantener a trabajadores y técnicos, más o menos especializados, venidas de fuera, pues la vecindad es insuficiente para tan magna obra; reparar todo tipo de comercios y talleres; desviar barranqueras y vías de comunicación; derribar las casas que puedan ser presa de una nueva embestida (antes de ayer se decía que eso era probable cada 500 años, ayer cada 50, y, hoy quién sabe si dentro de un lustro o tal vez mañana). En definitiva, que de esta ruina colectiva de la Horta Sur no saldremos con un tente mientras cobro, sino con soluciones costosas y tajantes por dolorosas que puedan parecer.

Mazón no está por dimitir porque sería el reconocimiento de un fracaso previo, como lo es de Ximo Puig; a Pedro Sánchez le cuesta un codo tachar promesas programáticas para invertir parte de sus Presupuestos Generales en lo que el agua se llevó; pero ambos tienen que apretarse la faltriquera hasta el último euro. El dinero no es suyo sino de todos nosotros, y no entiendo a ningún español ni valenciano de la Comunitat capaz de racanear con sus impuestos, la naturaleza es indiscriminada, pero nosotros somos personas todavía inexpertos para domeñarla, y responsables tantas veces (planes urbanísticos, vías de comunicación, desagües, etc.) de provocar su ira arrebatando los cauces naturales como si ella no fuese a regresar para recobrar lo que desde hace millones de años fue suyo.