Intolerancias

"Gracias a Dios o a nuestro talento colectivo, la mayoría de los jóvenes ven la entrada de un teniente coronel en el Congreso pistola en mano: “¡quieto todo el mundo!”, como anecdotario histórico".

Antonio Tejero levanta la mano al grito de "¡Quieto todo el mundo!" en el Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

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Lo primero que hace un mexicano o centroamericano antes de intentar entrar en los Estados Unidos, sea de forma legal o subrepticia, es aprender un mínimo de vocabulario inglés, aunque los propios británicos matizan que lo que se habla en Norteamérica es otra cosa, y además aprenden ciertas frases muy tópicas y reiterativas, pero útiles para comunicarse con los nativos, aunque estos sean de apenas de dos o tres generaciones anteriores; incluso modismos y expresiones particularizadas son en según qué Estados.

Lo último que hace un magrebí antes de cruzar el estrecho gibraltareño siquiera es aprender lo mínimo de español sustituyendo el vocablo por una señalización digital sobre lo que desea obtener o recurrir. Deben pensar que los siete siglos de dominación islámica no acabaron con la expulsión ordenada paulatinamente por los Reyes Católicos desde la toma de Granada, o la definitiva de la restante morisca más tarde con la de Felipe III (1609-1614), y esto todavía debe ser terreno ganado a los godos e hispanorromanos.

Sin embargo en Cataluña, con su “solidaridad” habitual a los inmigrantes, vengan de donde vengan, se les enseña la letra y gramática de Pompeu i Fabra desde el primer día de escolarización (cierto, aunque no siempre, que en algunos colegios, esencialmente los privados, tienen una o dos asignaturas en castellano y otra en inglés).

Una intolerancia que mientras no se da en la Comunidad Valenciana, ejemplo de plurilingüismo sano y enriquecedor, sensu contrario se está poniendo con peligroso auge en las Islas Baleares, cada vez más inmersas en ese supuesto conglomerado feliz y distinto al resto de la Península Ibérica y que denominan Països Catalans, otorgándole la capitalidad a Barcelona, tanto política como idiomática y cultural en claras disposiciones contra “lo español” como anomalía insultante y despectiva. 

Naturalmente ese posicionamiento que puede tener su perfecto encaje en los enfrentamientos deportivos, el fútbol sin ir más lejos, o en las siempre comparativas Bellas Artes incluido el cine, o los topicazos antropológicos cuando la intransigencia llega a la política, la educación y la convivencia cotidiana se encona hasta límites preocupantes sobre todo en sus extremos cada vez más polarizados: unos a la izquierda procurando la fragmentación cuando no la disolución de la España monárquica y constitucional de 1978; otros, a la derecha propugnando la “Patria” franquista (una, aunque no sea libre) de 1940.

Desgraciadamente ambos extremismos estiran del bipartidismo clásico (populares y socialistas) que carece de la suficiente habilidad para no dejarse seducir por una mensajería intransigente con el adversario. Curiosamente Abascal, independentistas e izquierdistas extremos coinciden en terminar con la monarquía, lo cual supondría la desestabilización de nuestro actual sistema político.

Poco se ha hablado estos días del golpista “tejerazo” de las conversaciones aquella noche fatídica entre el rey don Juan Carlos y su padre don Juan de Borbón que estaba en Portugal. Tengo entendido que el padre le dijo al entonces jefe de Estado y Capitán General de los ejércitos que sólo tenía dos salidas: o apoyar el golpe y su reinado no duraría más de un año con todo el mundo libre en su contra, o pronunciarse, como hizo, por el mantenimiento de la refrendada Constitución de 1978 en todos sus deberes y obligaciones ciudadanas.

Tejero se ha venido morir en nuestras costas (Xàbia) como un degradado militar al que le hayan arrancado los galones y estrellas, quitándole el tricornio como atributo señero de la Benemérita. Supongo que era uno de los pocos conocedores del “elefante blanco” entre el generalato. Por otra parte, y seguimos con las intolerancias, los distintos gobiernos actual y predecesores no han dejado, hasta hoy que aparezca parte de la documentación necesaria para el periodismo y sobre todos los historiadores. Algo que en Alemania, Suecia, Estados Unidos, incluso la Suiza de los secretos bancarios o Francia… nunca se hubiese tolerado.

Ya lo demostró nuestro siglo XIX con multitud de golpes de Estado y pronunciamientos (siete), aunque luego todo volvía a la normalidad parlamentaria incluido el general Pavía, e incluso el siglo XX con Primo de Rivera y después el peor dictador, Francisco Franco, que aquí somos un país bastante intolerante, como que lo llevamos ancestralmente en las venas cual si fuera la marca de Caín. Felipe VI tendrá que considerar profundamente esta comparativa del carácter español, o volverán los garrotazos de Goya. 

Gracias a Dios o a nuestro talento colectivo, la mayoría de los jóvenes treintañeros ven la entrada de un teniente coronel en el Congreso pistola en mano: “¡quieto todo el mundo!”, como anecdotario histórico, tal y como nosotros veíamos la pérdida de Cuba y Filipinas en nuestros libros de texto. Si les aseguro que somos un pueblo “intolerante”, y que debemos-deben mostrar precauciones con los intransigentes salvapatrias o con la izquierda petardista, muestran una sardónica sonrisa como si estuvieran hablando con un neandertal. Ojalá lo seamos comparados con estos muchachos/as sapiens, señal de que aquello sólo fue un mal sueño, una intolerancia.