Cecilia Luna

Coach/Creadora del método Mind Evolution

Ikigai: el arte japonés de vivir con propósito

Un concepto que se puede traducir como “la razón de ser”. A nivel filosófico, se podría interpretar como una intersección que se produce entre lo que esperas de la vida y lo que la vida espera de ti.

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Hace apenas unas semanas, la Semana del Cerebro volvió a poner sobre la mesa algo que solemos olvidar: la mente necesita estímulo, pausa y sentido para funcionar mejor. Hoy en día es habitual “tenerlo todo” a nivel material, pero encontrarnos “vacíos” por dentro. Necesitamos un propósito alineado con nuestro sentir: no se trata de una idea abstracta ni de una moda en redes. Es una necesidad vital para sentirnos completos; una brújula diaria que puede ayudarnos a ordenar decisiones, cuidar nuestras relaciones y recuperar el foco en medio de tanto ruido. El ikigai es un concepto japonés que se puede traducir como “la razón de ser”. A nivel filosófico, se podría interpretar como una intersección que se produce entre lo que esperas de la vida y lo que la vida espera de ti.

Mientras aquí seguimos atrapados entre prisas, pantallas y agendas repletas, en Ogimi, una aldea de Japón, muchos de sus vecinos llegan a edades muy avanzadas manteniéndose activos, vinculados a su comunidad y con un “para qué” muy claro cada mañana. Esa imagen engancha porque no habla de una teoría lejana, sino de una pregunta real y muy cercana: ¿cuánto de tu cansancio viene de hacer muchas cosas y cuánto de no saber para qué las haces? Porque vivir más no es correr más, sino tener un motivo por el que levantarse cada mañana. El propósito no siempre se descubre de golpe, también se construye escuchando lo que te enciende, lo que aportas y lo que da coherencia a tus días. Llevado al terreno práctico, esto sirve para mucho más que “encontrarte a ti mismo”: sirve para decidir mejor, para decir no sin culpa y para dejar de vivir a reacción.

Una simple y eficaz herramienta de coaching para descubrir tu ikigai: al terminar el día, pregúntate qué te ha drenado, qué te ha dado energía y qué actividad, conversación o hábito te ha hecho sentir más tú.

Pensemos en una escena cotidiana. Pongamos que Luis, un coachee que tuve hace poco, cumplía, respondía, llegaba a todo y, sin embargo, sentía que vivía vacío y apagando fuegos. Tenía roces con su pareja porque siempre estaba “pero no estaba”, aceptaba tareas de más en el trabajo y terminaba la semana irritado. La pregunta poderosa fue: “¿estás agotado por exceso de esfuerzo o por falta de dirección?” Ahí cambió su mirada, se iluminó su sonrisa y se dio cuenta de que necesitaba un foco.

Ese fin de semana le puse como tarea un ejercicio sencillo. El domingo por la tarde dejó de correr e hizo algo distinto: en vez de planificar más, anotó tres momentos de la semana en los que se sintió útil, tranquilo o especialmente vivo. Con ello descubrió algo revelador: no eran los ratos de más prestigio ni de más ruido, sino momentos sencillos: cuando acompañaba a un compañero, cocinaba con calma en casa o avanzaba en una idea propia. A partir de ahí no abandonó su vida, pero la reorganizó. Y eso cambió su conversación con los demás y consigo mismo. Ahí suele haber más verdad que en muchos discursos grandilocuentes.

“Cuando tienes un propósito, el cerebro empieza a trabajar para ti”

Ese mismo punto nos enseñan los habitantes de Ogimi: el propósito no tiene por qué ser épico para ser poderoso. Puede ser cuidar un huerto, mantener una tradición, ayudar a otros, aprender algo nuevo o sentirse valioso dentro de una red de vínculos. Lo decisivo es que haya una razón concreta para implicarte en tu día a día. La neurocientífica Ana Ibáñez lo ha expresado con claridad: “Cuando tienes un propósito, el cerebro empieza a trabajar para ti”. No es una frase bonita sin contenido; es una invitación a revisar qué pensamientos, rutinas y decisiones se ordenan de otra manera cuando sabes qué merece de verdad tu atención y te enfocas en ello. Para no atosigar a nuestra mente, antes de hablar de cambios enormes, conviene probar con gestos pequeños y honestos. Pregúntate qué actividad te hace perder la noción del tiempo sin vaciarte, con qué personas sacas tu mejor versión y qué parte de tu agenda responde más al hábito o a la presión que a una elección consciente. Luego haz algo concreto con la respuesta: reserva tiempo para eso, pon un límite claro donde hoy solo hay resignación y atrévete a tener una conversación pendiente desde un lugar más sereno. A veces el propósito no aparece cuando buscas más, sino cuando dejas espacio para volver a ti a través de pequeños gestos cotidianos que te producen satisfacción.

Francesc Miralles, en el pódcast de Carlos Roca y en su propio libro junto a Héctor García, insiste en que el ikigai tiene menos que ver con grandes metas que con una vida con sentido. Quizá por eso Ogimi fascina tanto: porque nos enfrenta a una verdad incómoda y liberadora al mismo tiempo. No nos desgasta solo la cantidad de cosas que hacemos, sino la distancia entre lo que hacemos y lo que sentimos que merece la pena. Y tal vez la pregunta más importante no sea cuánto te queda por vivir, sino cuánto de lo que vives tiene alma, dirección y verdad. Hay diversos estudios que demuestran que, cuando miramos de frente a la muerte para repasar nuestra vida, nadie se arrepiente de las cosas que intentó, aunque fracasara en el proceso, sino de las cosas que nunca se atrevió a probar.

Te invito a descubrir tu ikigai y atreverte a cambiar lo que no te satisface en tu Vida… Al fin y al cabo, siempre tendrás tiempo de volver a hacer aquello que te tenía atrapado y lleno de insatisfacción sin remedio. Recuerda… ¡El cambio empieza en ti!