¿Cruzadas en pleno siglo XXI?

"La pregunta no puede ser más obvia: ¿estamos ante una guerra de religión o, como nos enseñaban ya en las universidades, una guerra económica, que se superpone a cualquier otra motivación?".

Super Hornet de la Armada de USA se aproxima para aterrizar en un portaaviones.Navy/U.S Navy

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Los de mi quinta, incluso generación arriba o abajo recordarán aquella asignatura de Historia donde se nos obligaba a estudiar bajo palio franquista y mnemotécnico que en el allá medieval cuando los árabes y bereberes entraron a la Península Ibérica de un salto en el año 711, pero batalla tras batalla y pacto tras pacto, ocho siglos después porque "Deus Vult" ("Dios lo quiere" – el nuestro, que no el suyo mahometano), volvieron expulsados por la fuerza al Magreb califal. Todo ello envuelto en un ámbito heroico de la armadura y la espada sobre el hábito signado como Cruzados bajo admonición papal y reinos cristianos discutidores entre ellos mismamente.

Fuimos creciendo de los “babis” al pantalón corto y después largo, el tocho de Historia cada vez más grueso y extensivo, pero poco se nos hablaba del relativamente reciente, ya en nuestro siglo XX: “desastre de Annual” con más de 13.500 españoles entre muertos en combate y aún más ejecutados fríamente (yo me enteré por boca de un pocero que estuvo allí preparando dinamita); pero sí nos vanagloriaban los textos y maestros del “desembarco de Alhucemas” cuando haciendo pinza con los franceses derrotamos a Abd el-Karim El-Jattabi (“el León” del Rif), restableciendo el absoluto dominio franco-español en Marruecos y Argel.

Con el tiempo y tras la guerra del Sahara con aquel Francisco Franco africanista, el posterior buen entendimiento entre monarcas Rabat-Madrid, aparte de algún sucedido puntual como la Marcha Verde, o la breve ocupación del improductivo islote Perejil, las relaciones se volvieron más colaborativas, remachando tratados agropecuarios Pedro Sánchez, que algunos consideran ignominioso para España por lo pactado más allá de la letra impresa oficial y el teletipo de agencia.

Sobradamente sabido es que Marruecos no renunciará nunca a Ceuta y Melilla, incluso, aunque más veladamente a las Islas Canarias, como España no lo hará respecto a Gibraltar. Pero una cosa es la declaración enfática para consumo nacional, y otra, muy otra enfrentarse entre países con las armas más allá de maniobras (regularmente) preventivas y demostrativas de que algo puede seguir pendiente.

Aunque en Occidente los cristianos en todas sus extensiones (católicos, protestantes, calvinistas, testigos de Jehová, u ortodoxos…, todavía sean mayoría quienes conservan no tanto la práctica como la fe en Cristo, porcentualmente crecen los agnósticos, ateos o indiferencia sin militancias. Mientras, al otro lado de las creencias, los ayatolás de tantos iraníes intentar levantar el portaestandarte de la media luna creciente, como si fueran Saladino redivivo, Donald Trump émula Ricardo Corazón de León atravesando Europa a la búsqueda de tropas aliadas que no parecen querer afiliarse a su causa en esta nueva Guerra Santa.

No parece que hayamos avanzado tanto desde el siglo XI cuando Jerusalén sigue en medio de todos los trances amenazada esta vez por los árabes que le han jurado a su todopoderoso Alá no dejar un judío vivo por ser la mala simiente divina causante, en su egocéntrico apartamiento como “pueblo elegido” de tantísimo conflicto secular allá donde llegaron a establecerse sin pretender mestizajes, empezando por las interpretaciones bíblicas, y siguiendo por la conservación de sus costumbres ancestrales en el convivir cotidiano.

Así pues la pregunta no puede ser más obvia: ¿estamos ante una guerra de religión o como nos enseñaban ya en las universidades, una guerra económica, que se superpone a cualquier otra motivación?

Como demuestra el estrecho de Ormuz no parece haber mayor motivo que el petróleo, y por eso en sus aguas se cruzan ahora enormes petroleros y de transporte de contenedores con navíos de combate, incluso se esperan portaviones cargador de misiles, en un amago de supremacía en el ámbito mundial; de ahí que España en otra de sus posiciones (un tanto ridículas) haya mandado una fragata junto al portaviones galo, mientras Pedro Sánchez intente monopolizar el “No a la guerra”. ¿En qué quedamos? ¿Detestamos el conflicto, pero mandamos una unidad militar de nuestra Armada? ¿Consentimos que atrapen a uno de nuestros soldados, aunque fuese inmediatamente devuelto por anecdótico y trasiego de embajadas respectivas?

Aquí y ahora sólo vamos detrás de los santos y demás ingeniería en las procesiones, lo del “Santiago y cierra España” quedó en folklore bélico. Por tanto, no entiendo por qué el Gobierno español se mete en un campo de minas a más de 5.000 kilómetros de nuestro territorio. La Comunidad Valenciana ya se está viendo perjudicada llenando depósitos de diésel que requieren los transportistas de cítricos, productos hortofrutícolas, y de pequeña y mediana industria complementaria, eso sin citar las macrocifras del turismo tan sensibles y decisivas a la hora de cerrar balances anuales.

Esperemos que no corra la llamarada guerrera desde los minaretes que van desde Irán a Marruecos y Mauritania. Aun siendo Argel y Marruecos respectivamente una República con parlamento controlado y una Monarquía semidemocrática, no menos cierto es que últimamente el movimiento islamista en su versión extrema yihadista, están creciendo como repulsión a lo occidental.

No me podía imaginar que con el hombre en la luna, los sanitarios predictores gracias al escáner, los hogares domóticos, las energías alternativas, y ese largo etcétera se podía volver a tiempos tan “Cruzados”, pero en la televisión-púlpito no se habla de otra cosa. El parte de guerra ha sustituido a la telenovela y los tertuliano/as a los predicadores, al punto de que cuando llegan los telediarios o informativos tras una tertulia, no cuentan nada nuevo.