Opinión

Jorge Brugos

Periodista

En Manchester no hay playa pero hay dinero

El Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido aciertos. Negarlo respondería a una obsesión patológica tan vana como infructuosa. El problema radica en que sus victorias ya no alcanzan a maquillar sus estrepitosas derrotas.

Imagen recurso hombre en la playa

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Salía Pedro Sánchez sonriendo, flanqueado por Félix Bolaños, tras compartir una conversación en apariencia distendida. Bastó una primera palabra para adivinar el advenimiento de una nueva convocatoria electoral. Rezó el presidente su rosario particular con la monotonía de sus supuestos logros; invocó plegarias para seguir curando esos males que, según su fe soberbia, solo sus taumatúrgicos poderes son capaces de limpiar. Todo en él era autosuficiencia, ausencia absoluta de autocrítica y esa dialéctica maniquea y plebiscitaria que nos advierte de que, sin sus centinelas, el mal asolará nuestro mundo.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido aciertos. Negarlo respondería a una obsesión patológica tan vana como infructuosa. El problema radica en que sus victorias ya no alcanzan a maquillar sus estrepitosas derrotas. Y entre sus asignaturas pendientes sobresale, con la contundencia de un agravio histórico, una tierra olvidada: Alicante. Es cierto que los presidentes anteriores tampoco remediaron el presente, pero bajo el mandato de Sánchez la postergación no ha hecho sino agravarse. Ocurre tanto con Alicante como con tantas otras provincias que languidecen lejos de la órbita del poder central.

Escribo estas líneas desde Manchester y uno no puede evitar sentir —sea en el extranjero o en otras patrias chicas de la geografía nacional— que la capital alicantina padece una parálisis lacerante. Entre la humana envidia de codiciar lo ajeno y la aplastante realidad de los hechos, a uno le asalta la amarga sensación de que casi cualquier ciudad del mapa parece hoy mejor ciudad que Alicante. No es por falta de voluntad de su Ayuntamiento, sino por la estéril quimera de hacer prosperar a una provincia a la que se le niegan los recursos elementales.

Alicante y la Comunidad Valenciana continúan atrapadas en el pozo de la infrafinanciación estructural. Todo es, en fin, una cuestión de reparto. Y mientras la tajada principal se la lleven los de siempre, seguiremos mirando con celo ajeno las virtudes del vecino.

Cuando uno conversa con los alcaldes de la provincia, el diagnóstico es siempre el mismo: no hay dinero para más. Sea en materia de limpieza, de vertebración del transporte o de grandes infraestructuras, Alicante parte siempre con las cartas marcadas. El crupier de La Moncloa solo nos reparte descartes. Vivimos de migajas y de promesas pírricas, como ese eterno Parque Central de Alicante que ya no sabemos si es una fábula que nos narra el Gobierno para adormecernos o un sueño destinado a no cumplirse jamás.

El verdadero drama es que nuestra sociedad se ha acostumbrado a vivir anestesiada; a siestear en lugar de exigir. Y por eso mismo Pedro Sánchez puede permitirse el lujo de